«Ahora vivimos seguros, pero esto no es lo que yo imaginaba»

Marwan Abdulhamid, que llegó en abril con su mujer y sus seis hijos, posa en la calle Ollerías de la capital. /Ñito Salas
Marwan Abdulhamid, que llegó en abril con su mujer y sus seis hijos, posa en la calle Ollerías de la capital. / Ñito Salas

Marwan Abdulhamid llegó el pasado mes de abril a Málaga con su mujer y sus seis hijos, dos de ellos con graves discapacidades

Ana Pérez-Bryan
ANA PÉREZ-BRYAN

Antes de que ocurriera «todo aquello», Marwan Abdulhamid tenía todo lo necesario para llevar una vida digna e incluso «confortable» en su Alepo natal. Su pequeño negocio de electrodomésticos daba lo suficiente como para mantener a su esposa, Emine, y a sus cinco hijos, a pesar del gasto extra que representaba el que la mayor, Hiba, fuera gran dependiente y hubiera que estar «todo el día pendiente de ella porque tiene una discapacidad del cien por cien». Los días transcurrían felices y «seguros» en el barrio donde vivían los Abdulhamid, hasta que las primeras bombas se lo llevaron todo por delante. Entre aquella jornada negra de principios de 2012 hasta hoy, cuando recibe a SUR en el centro de la Cruz Roja tiene en calle Ollerías para compartir su historia, han pasado cinco años y muchas más cosas de las que un ser humano con una vida relativamente estable puede procesar.

El fin del clamor social

Marwan habla con entereza pero con la mirada perdida entre sus (malos) recuerdos, y hay que hacer un auténtico ejercicio de fe para creerse que acaba de soplar 49 velas. Pero lo físico no pesa tanto como el desgarro emocional: «Perdona, no te puedo decir las fechas de nacimiento de mis hijos. Las he olvidado...», admite mientras pone en esos puntos suspensivos toda la disculpa de la que un padre es capaz. Lo que no ha olvidado es que por Hiba, Jawd, Yasmin, Sidra, Mohammed y el pequeño Tarik (que ya nació en el campo de refugiados de Turquía) está dispuesto «a hacer lo que sea».

Ese «lo que sea» le llevó hace cinco años a poner tierra de por medio, a dejarlo todo atrás y a alquilar un pequeño microbús con su cuñado para escapar del horror de la guerra y proteger a su familia. Se dirigieron casi con lo puesto hasta el norte del país para entrar en Turquía, pero no lo consiguieron hasta el segundo intento, cuando un guardia turco los llevó a comisaría y de allí al primer campo de refugiados, distribuido en carpas en suelo y con unos servicios «que no era capaz de aguantar una persona sana, así que imagina mi hija enferma».

«Cuando cambiamos al segundo, a un contenedor sin ventanas, nos pareció un lujo porque al menos allí teníamos baño para Hiba, pero pronto la situación volvió a ser pésima», recuerda Marwan, que rápidamente incorpora a su relato a Tarik: «Nació en el campo de refugiados y con graves problemas en la vista. Ahora tiene cuatro años pero no habla. No ha tenido contacto con otros niños y creemos que también puede tener problemas neurológicos».

Aquella situación que venía a sumar aún más angustia en esta familia de clase media que de la noche a la mañana se vio hacinada en un contenedor de 6x3 metros se prolongó durante cuatro años: en aquellas circunstancias, y en un campo de refugiados donde las ayudas «no llegaban porque se las quedaban los responsables de gestionarlo», Marwan fue consciente de que sus posibilidades pasaban por solicitar a ACNUR que le asignaran un país en el que intentar empezar de nuevo. Pidió Estados Unidos o Canadá, pero se lo denegaron, así que volvió a intentarlo. La respuesta le llegó hace pocos meses: como refugiados del cupo europeo les habían asignado España, un destino que aceptó «pensando en que la situación sería mejor que en Turquía».

Su hijo pequeño nació en el campo de refugiados de Turquía, aún no habla y tiene problemas en la vista

Los ocho llegaron a finales del pasado mes de abril a uno de los centros de acogida que tiene Cruz Roja en la capital, y aunque sus hijos medianos «ya van al cole y han empezado a tener nuevos amigos», a Marwan y a Emine les queda la indescriptible preocupación por Hiba y Tarik, «que necesitan un especialista, pero hay que esperar mucho». Por delante también otros retos nada menores: aprender a hablar el idioma, intentar buscar un trabajo, (sobre)vivir con las ayudas que reciben y «aguantar» todo el periodo de acogida –con una duración media de dos años y medio– en un centro en el que no han elegido estar y con rutinas compartidas entre varias familias. Luego, la independencia, con todo lo que eso conlleva... Marwan no puede esconder su incertidumbre, y aunque lo intenta tampoco consigue ahogar ese pensamiento que le quita el sueño y le suma años: «Ahora vivimos seguros, pero esto no es lo que yo imaginaba».

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