Un visionario hijo de la primera crisis del petróleo y del amor por la física

Un visionario hijo de la primera crisis del petróleo y del amor por la física
Vidas con huella

Retos difíciles como el primer laboratorio europeo de energía solar o la cátedra a los 29 retratan a Antonio Luque, el pionero fotovoltaico en España. Creó Isofotón, un logro que brilló 30 años pero que se apagó bajo los precios chinos y gestores diversos

JOSÉ VICENTE ASTORGA

Si quieres algo, no digas qué mal está España. Tú, pídelo». Aquel joven ingeniero siguió siempre el consejo de su director de tesis y su solicitud para un laboratorio de microelectrónica a finales de los 70 se hizo realidad al poco de acabar la carrera. De allí saldría el primer láser 'made in Spain', que le proyectó como joven promesa hasta el punto de que al poco lo nombran -«Yo nunca he sido cortesano», se defiende- asesor del IV Plan de Desarrollo, que también moriría con Franco. Al escribir ahora sus memorias dice que ha descubierto cómo se convirtió sin saberlo en catalizador de dinero para la investigación, pero mejor invita a leerlas.

Luque, doctor honoris causa por la UMA y al que las academias rusas de ingeniería y ciencias tienen entre sus ilustres, se jubiló hace dos años, pero no pierde de vista la investigación y el mundo real, una doble cara como una de esas células bifaciales que están entre sus patentes de largo recorrido industrial. Luque mira atrás y se reconoce un niño «más reflexivo que manitas» que derivó en joven científico en unos tiempos en que en España los cerebros aislados como el suyo eran casi el único sistema de I+D y había empresarios incansables como su padre que iban del fracaso al éxito sin saberse emprendedores. «Montó alguna empresa de abonos que le fue bien, pero en la vida hay que probar bastante para un buen resultado», ensalza una tenacidad que heredó.

Sacar de los misterios de la naturaleza investigación aplicada y llevarla al mundo de la empresa, incluso propia, ha movido su pasión científica. Laboratorio y empresa se darían la mano cuando la energía solar aún era una excentricidad tecnológica. «Sigo ahora muy de cerca a un colaborador joven que está trabajando en la tecnología del silicio fundido para la fabricación de acumuladores», explica la penúltima pantalla de su interés por las fronteras de ese conocimiento en el que es autoridad. Dice que «ha cerrado el quiosco» para justificar su inmersión impostada en el bricolaje, «que tenía abandonado». Reparte taladro y brocas entre Madrid y Málaga, donde conserva casa familiar y frecuenta a los amigos de infancia. Aquí nació y estuvo hasta su juventud -bachiller en Maristas y Los Olivos-, uno de esos malagueños que practica la militancia interior del poco ruido y la largueza en los proyectos. El pionero de la energía fotovoltaica en España siempre ha tenido a la ciudad presente, y el primer gran empeño fue en 1981 Isofotón, la fábrica de paneles solares pensada tres años antes en el Instituto de Energía Solar que él creó en la Politécnica, «el segundo centro de este tipo después del Instituto de Conversión de la Energía de la Universidad de Delaware», hace memoria.

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El manipulado del silicio que entraba en cilindros a la fábrica y se cortaba en obleas para hacer paneles era toda una prometedora rareza tecnológica bajo las chapas del polígono Santa Teresa. La empresa llegó a ser el octavo fabricante mundial del ramo al cabo de treinta años, pero acabó muriendo hace cuatro años, víctima del 'dumping' chino en plena burbuja fotovoltaica y ante el que los últimos dueños claudicaron. Aquella fábrica de 360 trabajadores es hoy chatarra industrial en un rincón del PTA. «La energía solar era algo nuevo, se hablaba, nadie pensó que llegaría a ser lo que fue, pero con el tiempo me he dado cuenta de que Isofotón como industria nació demasiado pronto», vuelve la vista a los 80, cuando el problema era que «fabricábamos pero no había mercado suficiente».

«En la física hay misterios, y en las matemáticas no. Todo está en tu cabeza. Es un lenguaje que puedes dominar, pero en la física debes averiguar»

Isofotón

La buena reputación científica le allanó con 29 años el camino para lograr los más de cuarenta millones que su hermano Alberto reunió entre inversores locales para montar Isofotón. «Me pareció injusto que tuvieran que salir los que habían ayudado a crear el proyecto», se duele quien dejaría el barco apenas una década después. Isofotón también arrancó con apoyo público -un 25 por ciento del capital- , una sombra que se mantuvo hasta el final.

¿Cómo alguien que soñaba de joven con ser ingeniero naval acaba en la energía solar como investigador y empresario? Hay pocos caminos rectos y en el suyo se cruzó un amigo del padre, radioaficionado, que cambiaría a aquel niño el mundo de las olas por las ondas electromagnéticas. «Me dio el ataque por las comunicaciones», resume esa primera pulsión universitaria en la que primero le atrajeron las matemáticas en Teleco, una ingeniería entonces menor comparada con Caminos. Pero sería la física la que acabaría ganándole para siempre nada más terminar la carrera y ponerse a investigar. «En la física hay misterios, y en las matemáticas no. Todo está en tu cabeza, es un lenguaje que puedes dominar. En la física debes averiguar», resume quien hizo de las posibilidades de la luz solar y del silicio su norte investigador.

Científico e inventor

34
El inventor de la célula solar bifacial (1976) y de la de banda intermedia (1997) ha participado y dirigido 34 proyectos. Es doctor honoris causa por Málaga, Jaén y la Carlos III y tiene el Premio Nacional de Investigación Torres Quevedo, el Jaime I y el Alexandre-Edmond Becquerel. A su producción científica, sumará sus memorias tras publicar ‘Tras el Cerco del Peñon’, su primera novela.
Instituto de Energía Solar
Otro ingeniero malagueño, Carlos del Cañizo, dirige ahora el centro que Luque fundó en 1979 y que ahora investiga en líneas como la producción más barata de silicio y en la tecnología para acumuladores de silicio fundido.

La crisis del petróleo del 73 fue la motivación para que el laboratorio de microelectrónica que había creado en la Politécnica se especializara en células solares tras una investigación en EE UU. «En Madrid tenía un equipo y aunque yo era el catedrático, me retaban. La mitad de la gente no me seguía, decían que lo de la energía solar era una cosa para países tercermundistas. Un día me harté y empecé a ayudarles para que pudieran reubicarse. No les dejé solos. Fue cuando patenté la célula bifacial», cuenta el inicio de su exploración en España.

Al creador del primer láser nacional le ha movido siempre la curiosidad, aunque al poco de pisar los Baños del Carmen ya sabe que manda la del periodista, y los recuerdos infantiles cogen brillo de panel solar: «Por aquí jugábamos a las espadas. Nos atizábamos con las hojas de palmera, una fibra que no se partía como la madera», aplica hasta la física al relato de sus correrías cerca de la casa de verano junto a arroyo Jaboneros. Terminó el bachiller con 15 años, «dos antes de lo normal», y en sus años de colegio andaba entre los cinco primeros de la clase, «porque siempre puse mucho amor propio». Al primer revés escolar -las faltas de ortografía en un dictado-, su madre lo sumergió en el 'Miranda Podadera'. «Me lo aprendí de memoria y nunca más tuve faltas hasta que han vuelto con el ordenador», reconoce. El refuerzo de profesores particulares le sacó de los baches también en ciencias hasta descubrir en las matemáticas un placer oculto. «Mis padres estuvieron siempre muy vigilantes y con tanto profesor no volví a fallar», recomienda a progenitores preocupados que puedan pagarlos.

El inventor de la célula solar bifacial (1976) y de la de banda intermedia (1997) ha participado y dirigido 34 proyectos. Es doctor honoris causa por Málaga, Jaén y la Carlos III y tiene el Premio Nacional de Investigación Torres Quevedo, el Jaime I y el Alexandre-Edmond Becquerel. A su producción científica, sumará sus memorias tras publicar 'Tras el Cerco del Peñon', su primera novela.

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