Los veranos de hamaquero y buzo de Juan Jesús Martín

Martín siempre tuvo claro que su vida iría ligada al medio marino.

Un tiburón que resultó ser un delfín, coquinas en el rebalaje, herreras en los bancos de arena y un primer acuario en el merendero familiar Los Álamos. Así nació el Aula del Mar

FRANCISCO JIMÉNEZMálaga

Cuando uno echa la vista atrás y observa el camino recorrido desde la infancia, las huellas que surcan el trayecto desde el origen al destino pueden estar repletas de idas y venidas. Pero ése no es el caso del Juan Jesús Martín de hoy, que no sería el que es si no fuera por las pisadas de ese niño en la playa de Los Álamos que se entretenía buscando coquinas en la orilla ni por las de ese adolescente que además de echar una mano en el merendero que regentaban sus padres siempre andaba con su particular ‘kit’ de buceo para descubrir por sí mismo la enorme biodiversidad que esconde el mar de Alborán. «De estar todo el día en la playa con las gafas y el tubo me acabé enamorando del mar», comenta este biólogo y doctor en Pedagogía que junto a sus amigos Cristina Moreno, Juan Antonio López, José Luis Mons y Francisco López –con quienes comparte la misma pasión por el medio marino– se embarcaron recién salidos de la facultad en un sueño llamado Aula del Mar que acaba de cumplir 28 años.

Primero fue la antigua sede de la Cofradía de Pescadores del Muelle de Heredia y desde finales de 2012 el imponente edificio de cristal del Museo Alborania que preside el Palmeral de las Sorpresas, pero para encontrar el verdadero origen de este sueño hay que bucear en la memoria hasta el merendero Los Álamos, donde además de echar una mano como hamaquero y camarero, Juanje siempre encontraba hueco para asomarse a ese gran escaparate que tenía en la orilla junto a su primo Juan Antonio. Luego, junto a José Luis, montaron su primer acuario en el merendero. El recipiente era de apenas 80 litros de capacidad, nada que ver con el estanque de Alborania en el que se recupera una tortuga boba encontrada en las costas malagueñas.

En detalle

Nacido en Málaga en 1964, casado y con tres hijos, Juan Jesús Martín es uno de los cinco amigos que hace 28 años fundaron el Aula del Mar. Primero se ubicaron en la antigua cofradía de pescadores y desde finales de 2012 en el Museo Alborania, en el Palmeral de las Sorpresas, que cada año recibe 30.000 visitas

Pero ahí fue donde a estos tres estudiantes de Biología se les despertó la inquietud de «compartir con los malagueños toda la riqueza que tienen nuestras aguas porque son las únicas en la que conviven especies del Atlántico y del Mediterráneo y que son paso obligado en las migraciones de atunes, peces espada, ballenas, tortugas, delfines o tiburones». Sí, tiburones, como aquél que desató la alarma en Los Álamos un caluroso día del verano de 1976 al asomar la aleta cuando todos tenían en la retina el taquillazo de Steven Spielberg, pero que finalmente resultó ser un delfín malherido que acabó en el rebalaje. Lo que hicieron los bañistas fue devolverlo al mar, «pero hoy te das cuentas de que eso es como si vas a urgencias y te mandan a tu casa». Efectivamente, unos metros más adelante volvió a aparecer en la orilla.

Quién le iba a decir a ese niño que presenciaba la escena atónito que años después sería uno de los impulsores del primer hospital marino de Andalucía: el Centro de Recuperación de Especies Marinas Amenazadas, por el que han pasado cientos de tortugas marinas y cetáceos desde su puesta en marcha en 1996, primero de la mano de la Junta para cubrir todo el litoral andaluz y ahora con la colaboración de la Diputación y el Ayuntamiento de Málaga.

Conexión con la ciudad

Tampoco se imaginaría que aquel espacio en desuso que el Puerto les cedió –«sin mucha idea de lo que esos cinco jóvenes pretendían hacer y con la duda de si iban a utilizarlo para fiestas»– sería la ventana inédita al mar por la que cada año se asoman unas 30.000 personas. «Hemos tenido la suerte de conectar con la ciudad. Por aquí ha pasado casi toda Málaga. De hecho, nos damos cuenta de que nos estamos haciendo mayores cuando niños que nos visitaron son ahora adultos que traen a sus hijos», resalta Juanje, que insiste una y otra vez en agradecer los tesoros que en sus manos han dejado no pocos coleccionistas, como las maquetas de barcos elaboradas a mano y con mucha paciencia por Ramón Ruiz, la colección de invertebrados o el espacio dedicado a aparejos de pesca.

«De estar todo el día en la playa con las gafas y el tubo me acabé enamorando del mar»

No se olvida de dar las gracias, como tampoco lo hace de «los muchos temporales aguantados». «El camino no ha sido fácil, pero sabíamos que merecía la pena luchar por algo en lo que creíamos», afirma mientras rememora aquellos inicios. «No teníamos dinero ni conocíamos a nadie, pero sí mucha ilusión por lo que hacíamos. A los jóvenes les digo ahora que lo intenten y si después de unos meses no le ven color, que lo dejen, pero que primero lo intenten porque, como en el Mago de Oz, cuando das un paso se enciende una baldosa», relata.

Un mensaje que también remarca una y otra vez a sus tres hijos, que pese a compartir su pasión por el mar van dirigiendo su vida hacia otras facetas profesionales. El mayor, Juan Jesús, hizo Turismo; la mediana, Virtu, primero Criminología y ahora anda con Derecho; y la pequeña Irene empieza este año en Periodismo. «Lo importante es que hagan lo que les guste. Yo me decidí por la Biología en el último momento porque pensaba que trabajar como biólogo sería imposible. Por ello, pensé en hacer Veterinaria, pero luego me dije: ‘voy a hacer lo que me gusta, porque eso me dará más fuerzas para luchar por lo que quiero’». Y así fue cómo el pequeño Juanje, ése que pasaba todos los veranos descubriendo a su manera la fauna que vive más allá de la orilla, siguió buceando hasta encontrar un tesoro llamado Museo Alborania.

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