Aquel verano del pediatra Pedro Navarro

Pedro Navarro Merino, en el centro, con sus primos Fernando y Ramón, con los que compartía juegos en su Ojén natal./SUR
Pedro Navarro Merino, en el centro, con sus primos Fernando y Ramón, con los que compartía juegos en su Ojén natal. / SUR

Baños en el río Almadán, interminables partidos de fútbol, el olor de las calles recién regadas, charlas al caer la tarde y paseos por su Ojén natal marcaron la infancia de este pediatra

Ángel Escalera
ÁNGEL ESCALERAMálaga

En la vida de Pedro Navarro Merino están siempre presentes sus orígenes y su pueblo natal: Ojén. Cuando habla de la niñez, un periodo en que se fragua el carácter de las personas, se le ilumina la mirada y cuenta a boca llena de que tuvo una infancia feliz, pese al hecho triste de quedarse huérfano de padre cuando solo tenía 10 años. Era mayo de 1968. El fallecimiento de Martín Navarro, su progenitor, le hizo madurar y lo arropó con el cariño de los habitantes de Ojén, que por esas fechas de finales de la década de los sesenta se conocían todos y apenas sumaban 1.400 vecinos. «Nunca me sentí solo. Mi pueblo fue una especie de salvación para mí tras la tristeza por la muerte de mi padre. Siempre estaré agradecido a Ojén», dice este médico pediatra que ejerce su profesión tanto en el centro de salud Jesús Cautivo como en su consulta privada. Casado con la médica Carmen Guillamón, tiene dos hijos, Laura y Pedro, que también son médicos.

Cuando se le pregunta al doctor Navarro sobre cómo fueron los veranos de su niñez y qué hizo para divertirse en esos meses de canícula, en los que el calor y el canto de las chicharras formaban parte del paisaje de los campos agostados, responde que los vivió al aire libre, jugando con sus amigos en interminables jornadas que se sucedían unas a otras y que, pareciendo iguales, cada una era singular y le aportaba experiencias y conocimientos diferentes. Aunque el mar estaba solo a los nueve kilómetros que separan Ojén de Marbella, sus baños eran de agua dulce y no salada. La chiquillería del pueblo se echaba en brazos del río Almadán, donde se chapoteaba y se aprendía a nadar. El lugar preferido para pasar el día a remojo era la conocida como Charca de las Viñas, una poza del río en la que se ponían en práctica los juegos acuáticos para, al salir del agua, tumbarse al sol e imaginar que se estaba en una isla de los Mares del Sur.

Pedro Navarro.
Pedro Navarro. / SUR

En ausencia de piscinas de celestes aguas, con azulejos en los que espejeaban los rayos solares, Pedro Navarro y sus compañeros de correrías veraniegas acudían a darse un chapuzón a albercas de regadío que carecían del glamur de las piscinas de los hoteles de lujo, pero que servían para refrescarse cuando la temperatura que marcaban los termómetros se aproximaba a los cuarenta grados. «Fueron unos veranos maravillosos, que pasé en la calle, disfrutando del buen ambiente que desprendía Ojén», evoca con nostalgia este pediatra, que es vicepresidente de Cultura del Colegio de Médicos de Málaga.

El fútbol formaba parte inexcusable del orden del día que aplicaban a rajatabla los chavales ojenetos en el periodo veraniego. Un descampado terrizo emulaba el verde césped de los terrenos de juego. En ese espacio de tierra y chinos, Pedro Navarro golpeaba el balón con todas sus ganas en pos de marcar un gol por la imaginaria escuadra de una portería delimitada por dos pedruscos. Eran unos partidos que se alargaban sin tener en cuenta los 90 minutos que marca el reglamento del balompié. El pitido final se producía cuando la falta de luz impedía a los jugadores ver el marco rival.

La muerte de su padre, ocurrida en 1968, supuso un antes y un después para Pedro Navarro, que estudió interno en Málaga con beca el Bachillerato y COU. Durante las vacaciones trabajaba para ayudar a su familia. Fue camarero en la discoteca Mau Mau del Hotel Marbella Club. Se licenció en Medicina en 1980.

Una vez satisfecha la afición futbolera, tras reponer fuerzas con un bocadillo reconstituyente y llevar a cabo el pertinente aseo para desprenderse del polvo y el sudor, llegaba el momento de pasear por un Ojén cuyo centro neurálgico era la plaza del pueblo. Una imagen imborrable es la de las calles recién regadas por mujeres que echaban con la mano agua sacada de un cubo. La gente ponía sillas en la puerta de sus casas y, a la fresca, jóvenes y mayores conversaban sin prisas, saboreando cada frase de la charla. Igual sucedía en una caseta donde se vendían melones y en los bares. En uno de ellos, llamado El Portero, Pedro Navarro se aficionó al flamenco puro a través de los discos de Antonio Mairena y Juan Valderrama.

No todo fue diversión y ocio en sus veranos juveniles. Para ayudar económicamente a su familia, empezó a trabajar en Marbella en el sector de la hostelería, en el que comenzó de botones y acabó de camarero. Esa actividad laboral la desarrollaba al finalizar el curso escolar en el Colegio Menor Mediterráneo, en el que estudió interno desde Primero de Bachiller a COU. Su estancia en Málaga, alejado de la familia, lo curtió y le hizo ver el valor del sacrificio . Para mantener la beca que le habían concedido, Pedro Navarro superó todos los cursos con muy buenas notas.

En esa época estudiantil, solo regresaba a Ojén en Navidad, Semana Santa y verano. Eran los años setenta del siglo pasado, una etapa en que Marbella era el centro de la ‘jet-set’. El joven Navarro fue testigo de esa época dorada en su trabajo en los hoteles El Fuerte, Los Monteros y Marbella Club (discoteca Mau Mau). Fueron jornadas de mucha faena, que pasaba en los hoteles de la mañana a la noche y que se veían compensadas con generosas propinas dadas por clientes con la cartera repleta. Una vez matriculado en la Facultad de Medicina de Sevilla en 1974, Pedro Navarro siguió compatibilizando los estudios con el trabajo. Se licenció en 1980. «Estoy muy satisfecho del esfuerzo que hice. Mereció la pena; gracias a eso soy médico pediatra», afirma. Y añade: «Si no tenemos recuerdos ni vivencias que contar parece que vivimos de prestado».

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