Aquel verano de la campeona Carolina Navarro

Carolina, primera por la izquierda, con sus padres Elsa y Carlos, y sus hermanos Belén, Elsita y Carlos en Almuñécar en los años 80.
Carolina, primera por la izquierda, con sus padres Elsa y Carlos, y sus hermanos Belén, Elsita y Carlos en Almuñécar en los años 80. / SUR

El apartamento de sus tíos en Almuñécar era el refugio familiar en los fines de semana, mientras que el club El Candado era su segunda casa en Málaga

Enrique Miranda
ENRIQUE MIRANDAMálaga

El primer recuerdo que cita Carolina Navarro cuando se le pregunta por sus veranos de infancia es el de un Ford Fiesta, cargado hasta arriba, con dos adultos, cuatro niños, el equipaje pertinente y unas tablas de windsurf en la baca del vehículo. El destino no era especialmente exótico, pero Carolina Navarro iba a encontrar allí todo lo que necesitaba para pasarlo en grande. «Mis tíos tenían un apartamento en Almuñécar y allí pasábamos prácticamente todos los fines de semana en verano», asegura la jugadora de pádel malagueña, con un palmarés plagado de números 1 del mundo, campeonatos de España y campeonatos del mundo por selecciones. «En esa época no había aire acondicionado en los coches y tardábamos como dos horas en llegar a Almuñécar desde Málaga. Se hacían un poco pesados los viajes, pero merecían la pena», relata. Eran los años 80 y la casa de sus tíos era el punto de reunión perfecto para una familia que siempre ha tenido vínculos muy fuertes. Allí se encontraban los fines de semana tíos y primos, todos juntos en la misma casa y para los niños era un auténtico disfrute. «Estábamos todo el día en la playa, en La Herradura. Yo de niña era inquieta, como ahora, y no podía estar en la toalla. Buceábamos, hacíamos ‘windsurf’, jugábamos a las paletas... No estábamos quietos», dice. «Después volvíamos a la casa de mis tíos, nos duchábamos y por las tardes nos íbamos a dar un paseo al pueblo o nos quedábamos por la urbanización haciendo un poco el ‘cafre’. Lo pasábamos muy bien», explica la malagueña.

Un Ford Fiesta, un apartamento en la costa, tres hermanos y muchos primos. Los veranos de infancia de Carolina Navarro, la jugadora de pádel más laureada de la historia, están marcados por sus vacaciones en familia, pero también por su temprano contacto con el tenis, práctica en la que destacó de niña

Navarro ya apuntaba maneras de deportista desde muy pequeña y no sólo con una raqueta en la mano. «Nos gustaba mucho hacer ‘windsurf’. Recuerdo que una vez estábamos con la tabla y mis hermanas estaban buceando y empezaron a decir que habían visto un tiburón merodeando. Yo no me lo creía y me lo tomé a broma. Pero a las dos horas sacaron del agua un tiburón martillo enorme, de unos cuatro metros. Imagínate cómo nos quedamos los niños», afirma.

Carolina Navarro. / SUR

En esos verano de infancia de los años 80 muy pronto empezó a tener protagonismo el deporte, pero ya de forma más seria. Carolina Navarro, antes que jugadora de pádel, fue una de las mayores promesas del tenis surgidas de Andalucía. En categorías inferiores fue una de las mejores de su generación, aunque no llegó a dar el salto a profesional, algo que sí hizo como jugadora de pádel, disciplina que empezó a practicar con 19 años junto a sus hermanas Elsa y Belén.

Pero en sus inicios en el tenis, y en sus veranos, tuvo mucha presencia el club El Candado. «Empecé a jugar al tenis a los siete años y si los fines de semana íbamos a Almuñécar, los días de diario los pasaba en El Candado», afirma. «Allí me formé, era como mi segunda casa y pasaba muchas horas. Ahora está genial, pero antes era un club social más grande y de niña lo recuerdo como un sitio genial. Yo entrenaba en las pistas de tenis y después me iba a la piscina a bañarme. Podía echar el día entero allí con la familia, nos quedábamos a cenar... Además antes incluso había actuaciones en el club. Recuerdo una de Los Morancos... Mis veranos eran entre Almuñécar y El Candado». Tan bien le fue con sus clases de tenis en El Candado –tiempo después empezaría a entrenar en el Cerrado de Calderón– que Carolina Navarro se lo fue tomando cada vez más en serio. «Creo que con 12 años ya empecé a competir en torneos más importantes, empecé a salir a jugar campeonatos de España. Pegué un salto, empecé a ganar en Málaga y en Andalucía, jugué algún torneo WTA (principal organización del tenis femenino a nivel mundial)», afirma. Sus veranos entonces cambiaron, ya que el tenis cada vez tenía más presencia e incluso vivió sus primeras experiencias lejos de su familia. « Ahí se me acabó el rollo, en vez de a Almuñécar me tenía que ir a los torneos», explica. «Aunque mis padres casi siempre me acompañaban, recuerdo lo que lloré en el primer torneo que tuvo que ir sola, con mi entrenador. Lo pasé muy mal, porque era el primer fin de semana que me iba a separar de mis padres y me daba mucha pena», comenta.

«Entre semana, el club de tenis era mi segunda cada, podíamos pasar el día entero allí»

Hace ya algunos años ya de aquello y los veranos de esta deportista han cambiado mucho, aunque el componente familiar sigue teniendo un peso muy importante en su vida. «Ahora los veranos dependen de los calendarios deportivos y son un poco como el resto del año, de torneo en torneo», dice la malagueña, una auténtica leyenda del circuito World Padel Tour. «Nuestras vacaciones suelen en diciembre y enero, aunque ahora hemos podido tener un mes y medio libres», asegura. «Tenemos poca playa y poco descanso, porque todos son entrenamientos y competiciones, ya que en verano hay bastantes torneos». Incluso cuando no hay competición, Navarro sigue vinculada al pádel, realizando clínics junto a su compañera Ceci Reiter por España e incluso alguno por el extranjero –en julio estuvo en Suecia, país de procedencia de su madre en el que el pádel se está desarrollando poco a poco–. «Eso sí, siempre que puedo me escapo para Málaga, la familia tira mucho y también la calidad de vida que hay allí, que quizás no la tengo en Madrid, donde todo es algo más acelerado», argumenta la jugadora.

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