Vidas con huella

La tarea interminable del proyecto fin de carrera de Luis Machuca

Luis Machuca./Ñito Salas
Luis Machuca. / Ñito Salas

El éxito de 'su' Caminito del Rey también abruma al exjefe de Arquitectura de la Diputación, un «ludópata» incorregible del oficio en el que los concursos de ideas y la caza le mantienen en forma

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

El niño que dibujaba sin parar y al que le gustaban las matemáticas dijo que quería ser piloto cuando su padre le preguntó aquel verano lo que iba a estudiar. «Eso, piloto de la Armada», afinó su aprobación. Pero él cuenta que al oírlo, su hermano mayor, «que mandaba más que mi padre», zanjó con su autoridad de futuro cirujano: «¡Qué piloto ni piloto! Tú vas a ser arquitecto. ¡Pero si no has hecho desde niño más que dibujar hasta en las paredes!». Pese a todo, Luis tuvo que preparar durante dos años dibujo: «Mancha, lavado, color y plumilla», enumera el viejo tributo para ingresar en la escuela de Arquitectura de Madrid, estrenando el 'plan yeyé' del 64. El viaje europeo de fin de carrera le lanzó desde el 71 al bucle del movimiento moderno, y desde aquel gran tour no ha parado de patear ciudades con deformación de arquitecto, de contagiar ese virus tridimensional a sus hijos Luis y María, y a Blanca, diseñadora gráfica, y de 'inventar' con osadía en su tierra, pero alejado de focos y autobombos.

Machuca es un hombre tímido, meticuloso y tenaz, «un cabezota que aprende a cabezazos», dice. También es prudente menos en agitar el gusto medio de sus conciudadanos y atraer así la mirada a su gremio hacia sus 'inventos', obras reales publicadas en revistas de referencia. El único profesional de Málaga dos veces finalista en las bienales de Arquitectura española y una en los Premios Nacionales se siente a sus 71 años un «ludópata» de los concursos de arquitectura, con un mínimo de uno al año. No le gusta perder «ni a las canicas», pero asegura que con tanta 'lotería' incierta lo que persigue es «mantener las meninges en forma». Su concepto del triunfo parece venirle más de un ensimismamiento casi tántrico en el oficio que de la búsqueda de resultados comerciales. «No conozco a nadie que no quisiera ser el mejor arquitecto del mundo, pero triunfar en una obra para mí es sobre todo que no me remuerda la conciencia sobre lo hecho, que mis hijos se sientan orgullosos». Su afán en busca del equilibrio le lleva a escrutar a fondo todo lo que le rodea, ya sea el periodista que le pregunta y luego se irá, o en su día el Desfiladero de los Gaitanes o la plaza del Obispo, donde el riesgo es mayor y su respuesta al encargo se debe quedar allí como si siempre hubiera estado.

Eligió para echar a andar su arquitectura de autor a finales de los 70 esta periferia española, patria chica de sus padres y de su infancia donde ha creado escuela antes incluso de que existiera la Escuela de Arquitectura, de la que ha sido profesor de Proyectos, como antes lo fue en la de Sevilla. Le gusta enseñar -lo ha hecho de forma no reglada con sus hijos- y tuvo que tirar de cabezonería hasta desenfundar su curriculum cuando el director de la nueva criatura académica malagueña se resistía a tener al lado gente de su misma edad. No consiente no salirse con la suya cuando tiene la ley de su parte.

Excedencia

Ha trabajado durante 43 años al frente del servicio de Arquitectura y Urbanismo de la Diputación, que creó por encargo de un entonces joven como él pero menos inconsciente, Francisco de la Torre. «Le dije que no veía aquello, que no había cosas que hacer, y al poco tiempo me trajo un listado enorme, en su estilo». Más que nómina alimenticia vio en aquel puesto la libertad de hacer proyectos. «Soy lo menos burócrata que se pueda imaginar. A mí me gusta meterle nervio a las cosas. Iba allí a hacer proyectos, no actuar como un intermediario. En ese caso, sí hubiera tenido muchos más amigos», resume su fidelidad a la trinchera pública, donde deja estela de arquitecto austero en los presupuestos. «El caminito lo presupuesté en 3,1 millones y al final fueron 2,69», deja caer este enemigo de los modificados. Al frente del equipo que fue creando ha dejado huella en casi todos los municipios de Málaga con edificios y equipamientos, y también, como urbanista, en planes como el de Ronda.

Una excedencia de nueve años para 'pensar' y hacer el edificio de la sede de la Diputación, inaugurado en 2005, fue la única desconexión larga de este funcionario puntilloso al que todos los alcaldes, concejales de Urbanismo y presidentes de la institución, desde la Transición hasta el año pasado, conocen y a veces han tenido que padecer. Para él no hay obra por pequeña que sea que no sea un reto, y el del Caminito del Rey era de los grandes, una idea para la ensoñación de los políticos de turno alimentada con proyectos y presupuestos imposibles de 9 a 18 millones. Aceptó el encargo del actual presidente de la Diputación, Elías Bendodo, e hizo tabla rasa -«con todos mis respetos»- de lo pensando hasta entonces. «Sobre todo me dediqué a escuchar al paisaje porque lo que hagas nunca puede ser más importante que lo que hay», explica. Le tocó dirigir una variopinta orquesta de especialistas, desde ingenieros a juristas y escaladores. El proyecto, que costó de 2,7 millones, no para de recibir premios -el último, el Archmaratón de Milán- y visitantes -unos 300.000 al año-, un éxito global que también a él le sorprende. «Nunca pensé algo así», admite el autor de la 'obra' más internacional de Málaga. No sólo está entre los malagueños que se conocen la provincia palmo a palmo. Además de muy viajado es un hombre muy andado, un cazador desde joven que se patea el campo en busca de jabalíes y también de ideas. «Desde jovencito, cuando un tío mío me llevaba y me aficionó, sigo cazando», se justifica quien usa también otra escopeta de pensar entre jaras y lentiscos. Se siente un «ludópata» de la arquitectura y prueba suerte en cuantos concursos se le ponen a tiro. «La mayoría de las veces me quedo con la miel en los labios, pero cada proyecto lo vivo como si fuera un proyecto fin de carrera», asegura alguien que se toma con deportividad 'fracasos' como quedar finalista entre 300 proyectos para el palacio de Congresos de Madrid. Este buscador incansable de una 'obra redonda' -«siempre eres dueño de los objetos que creas aunque nunca salgan como soñaste»-, sólo borraría algunas incursiones en un «regionalismo crítico». Siguen arrumbadas en el estudio, integradas en un rincón del paisaje.

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