«No había sitio para ellos en la posada»

La vida en Cottolengo, arriba una de la residentes haciendo punto; a la izquierda, el comedor. :: p. ortega/
La vida en Cottolengo, arriba una de la residentes haciendo punto; a la izquierda, el comedor. :: p. ortega

Hoy, a las 11.30, tiene lugar en la Catedral la celebración del Día de la Sagrada Familia, presidida por el obispo y organizada por Pastoral Familiar

BEATRIZ LAFUENTE MÁLAGA.

Durante estos días de Navidad los cristianos celebran que ha nacido el Salvador, un niño que según cuenta Lucas en su evangelio nació en su pesebre porque cuando sus padres iban camino de Belén a empadronarse «le llegó a ella el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada». Hoy 31 de diciembre, a las 11.30 horas, tiene lugar, en la Catedral, la celebración del Día de la Sagrada Familia, presidida por el obispo, Jesús Catalá, y organizada por Pastoral Familiar.

Son muchas las personas que, como la Sagrada Familia de Nazaret, no encuentran sitio en la posada, pero para todas ellas hay un lugar en Málaga llamado Casa del Sagrado Corazón y al que todos conocen como Cottolengo. Al igual que se sintió ese niño cobijado por un pesebre, se sienten hoy los más de 40 acogidos que se encuentran en esta casa. Entre ellos, hay tres familias con niños, otros muchos son muy mayores, y entre todos reúnen ocho nacionalidades diferentes.

«Todos los años celebramos que ha nacido el Salvador, un nacimiento que se hace presente cada día en esta casa a la que acuden y son bienvenidos todos aquellos que no tienen nada ni a nadie. Ellos son los elegidos del Señor y este es su hogar», como afirma Susana Lozano, la subdirectora del Cottolengo.

El Cottolengo acoge a 40 personas, entre ellos tres familias, de ocho nacionalidades distintas

Entre ellos se encuentra Paquita, una señora de 91 años que salió recientemente de hospital tras partirse un tobillo y «al vivir sola no puede volver a casa hasta que no esté recuperada del todo. Ella había vivido siempre junto a su marido en la Plaza de la Merced y allí tenían un puesto de pescado en el mercado. Pero por circunstancias de la vida le ha quedado una pensión no contributiva y no puede pagar a alguien que la atienda en estos momentos».

El caso de Paquita no es el único. «En estos momentos, tenemos muchas personas mayores, son malagueñas pero viven solas, y no es que no tengan familiares, pero no se pueden hacer cargo de ellas. Algunas ni siquiera cuentan con una pensión no contributiva, bien porque han vivido acompañadas hasta que se han hecho muy mayores y no han visto la necesidad. Una de ellas no tenía ni carnet de identidad y recuerda que cuando era joven trabajó en la fábrica de tabaco», relata.

La situación de Paul es bien diferente, es de origen francés, tiene 50 años y era camionero. «Desconocemos el por qué, pero acabó viviendo en Málaga en su coche, donde sufrió un ictus y estuvo varios días dentro del vehículo con el ictus sin poder expresar lo que le pasaba. Tras una depresión y un tiempo en el albergue municipal nos preguntaron si podía venir aquí a recuperarse, y desde entonces está con nosotros. Aunque, tras su enfermedad, no se puede expresar bien, es muy colaborador y agradece mucho estar en esta casa rodeado de cariño».

Un vínculo para toda la vida

Y es que, como explica Lozano, en esta casa «se crean lazos para toda la vida como pone de manifiesto Ana, una maestra jubilada que venía a diario a dar clases a John, un niño nigeriano de 10 años que vivía aquí junto a su madre. El niño nunca le puso mucho interés, pero Ana no tiraba la toalla. Con el tiempo, la madre encontró un trabajo que le permite pagar un alquiler y dejaron la casa. Pero John sigue yendo algunas tardes a la semana a casa de Ana al salir del colegio, mientras su madre trabaja, y allí merienda y sigue aprendiendo como el que va a casa de una abuela. Se ha creado una relación más allá de la que hay entre voluntario y acogido o entre profesor y alumno. Se trata de ser parte de la familia. Y es aquí donde podemos ver ese amor tan incondicional».

Paquita, Paul y John, son solo un pequeño ejemplo de las personas que han encontrado su pesebre en la Casa del Sagrado Corazón. «Por estas y otras historias similares, Málaga necesita esta casa y esta casa necesita a Málaga» explica el director de la Casa del Sagrado Corazón, Patricio Fuentes. Algo de lo que se dieron cuenta, hace ahora medio siglo, el sacerdote Jacobo Real Palacio (padre Jacobo) y la fundadora de la Institución Benéfica del Sagrado Corazón, Rosario Vilallonga, cuando abrieron las puertas de este pequeño hogar en la barriada de El Bulto.

Y es que, como recuerda Fuentes, «esta Casa se define por la acogida inmediata y el sí rotundo ante situaciones de extrema urgencia. En estos casos no existe el «mándame el informe, ya veré si puedo...». Para nosotros, los más pobres de la sociedad, son los primeros». Ojalá esta noche, cuando todos los malagueños pidan deseos para el año nuevo, tengan un hueco para esta casa en su corazón.

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