La sagrada familia de Nazaret

En el Antiguo Testamento, Dios establece una alianza con el pueblo de Israel. En esta alianza, el pueblo debía cumplir unos mandatos, especificados en la ley, para mostrar a Dios su agradecimiento por haberlos liberado de la esclavitud de Egipto. En el capítulo 26 del libro del Deuteronomio se alude a la ofrenda a Dios de las primicias de los frutos de la cosecha.

En el Nuevo Testamento, en el relato que hoy comentamos, Jesús fue consagrado al Señor como primogénito de su casa. Primogénito y unigénito, la ofrenda cobra un sentido único por tratarse del Salvador de todo el género humano, del Mesías esperado como luz de los pueblos y gloria de Israel.

Su familia terrena, su padre y su madre, estaban admirados de las palabras de aquellos que frecuentaban el templo aguardando al Mesías, de Ana y Simeón, que reconocen en Jesús Niño al Salvador esperado por los judíos. El Mesías prometido por Dios nace en una familia humana y crece lleno de la sabiduría proveniente de su relación con Dios, su Padre, por medio del Espíritu Santo, que los une ontológicamente en su amor, por lo que tienen la misma esencia divina, en una familia de tres personas divinas: Padre, Hijo, Espíritu.

El ejemplo de la familia de Nazaret, María, José y Jesús, nos llena de esperanza, en una sociedad traspasada, como María, por espadas de dolor, por heridas en las relaciones familiares, donde el Niño Dios busca un sitio para nacer, aunque sea en la más indigente de las pobrezas.

Ojalá que nuestra actitud de vigilancia espiritual nos permita percatarnos de la presencia de Dios en nuestras vidas, en nuestras familias, en nuestra tierra.

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