SE RUEGA BRILLAR

ANA MEDINA

Ante este evangelio nacen en mí muchas preguntas. ¿Cómo respondo a la invitación constante de Dios a formar parte de su plan para el mundo? En el texto encontramos la respuesta de los primeros, los invitados de postín, que ya no tienen que ganarse nada. Están saciados de sí mismos y ser tratados por Dios como hijos les parece un derecho adquirido, indigno del menor esfuerzo. ¿Soy yo uno de ellos?

Los que finalmente acuden a la fiesta son hombres y mujeres «del montón». Muchos han sido llamados. Se han dejado sorprender por una invitación irresistible y aceptan de buena gana, viéndose revestidos de una dignidad desconocida. Algunos, además, descubren, al sentarse a la mesa, que es su Padre quien les convoca, y que pueden confiar en que todo lo que provenga de Él tiene el dulce sabor de la felicidad auténtica. Estos han sido escogidos para ser testigos de que la mano de Dios se encuentra oculta en cada uno de los 'tragos' de la vida.

Vivir eso sin que se note es simplemente imposible. La certeza de sabernos amados y cuidados por Dios nos hace brillar más que cualquier vestido de gala, y si somos transparentes y lo permitimos, esa luz de Dios que nos desborda se irradia a los que nos acompañan, iluminándoles. El banquete del Reino está dispuesto. Sentémonos a la mesa, los buenos junto a los malos. Y permitámonos ser esa luz que, a través de todo nuestro ser, expresa que hemos sido bendecidos con la dicha de ser llamados hijos de Dios.

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