El poli que hace cantar a los malos

Pepe Páez ha hecho de su empatía una cualidad policial que le ha convertido en el mejor interrogador de la Comisaría de Málaga. Cuando todo está perdido y el criminal se enroca, su teléfono suena

Pepe Páez (64 años forma parte del grupo de Homicidios de la Policía Nacional en Málaga. / Fernando González
JUAN CANO y ALVARO FRÍASMálaga

Juan llevaba dos días sin dormir y se pasó por su casa para asearse y dar una cabezada. Mientras se lavaba los dientes, recordó. «Es el alemán, el tío aquel al que denunció su compañero de piso por robo. ¿Te acuerdas?», le dijo al jefe de Homicidios nada más descolgar el teléfono. «Era gibraltareño –continuó–, igual que el cliente con el que había quedado el abogado...».

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El letrado era Salvador Reina, de 50 años, casado y con dos hijos, que había desaparecido sin dejar rastro tras una cita con un cliente en su despacho en el centro de Málaga. Los agentes estaban convencidos de que había sido secuestrado y que el autor era el hombre corpulento al que había captado la cámara de seguridad de un ‘parking’ cercano al bufete. Y Juan, uno de los sabuesos del grupo, acababa de ponerle nombre al sospechoso.

David López. Fue arrestado por matar a puñaladas a su excompañera sentimental Verónica Frías en julio de 2014 en el portal de los padres de ella, situado en el distrito malagueño de Ciudad Jardín. Peter R. Berndl. La Policía Nacional lo detuvo como autor del crimen del abogado Salvador Reina, cuyo cadáver fue hallado en marzo de 2012 en el maletero de un coche aparcado junto a la estación de autobuses de Málaga.

Peter R. Berndl fue arrestado días después –el 7 de marzo de 2012– en su casa de Torrox, pero los investigadores seguían sin saber dónde estaba el abogado. El detenido guardaba silencio, con la cabeza permanentemente agachada. «Hay que llamar a Pepe Páez», dijo en voz alta el inspector Eusebio en una de las reuniones de trabajo de aquellos días frenéticos.

Pepe es un hombre tranquilo que habla despacio y mira de frente para escudriñar en los ojos del delincuente lo que no le dicen los papeles ni las diligencias. Tiene el ADN de la policía, pero bajo el uniforme sigue estando aquel joven humilde que se ganaba la vida en una fábrica de vidrio en Sevilla, soportando temperaturas de más de 50 grados en verano. Es quizá por todo eso, por una vida difícil que no le ha regalado ni un centímetro de lo que ha conseguido, por lo que ha cultivado una empatía que lo convierte en un agente distinto. «Los policías que hemos trabajado a su lado sabemos que si hay alguien capaz de hacer cantar a un malo, es él», apostilla Eusebio, que ha sido su jefe durante los últimos cuatro años.

El año pasado recibió la medalla con distintivo rojo, la máxima distinción para un agente en activo

Pepe estaba destinado entonces en la comisaría del distrito Centro y se incorporó al caso a petición del responsable de la investigación. Ese mismo día, se entrevistó con el sospechoso. Peter Rudolf, una mole a la que costó trabajo ponerle los grilletes porque «no le cerraban», continuó sin levantar la cabeza. «¿Sabes cómo quedó anoche el partido?», le preguntó al ver que lucía en un brazo un tatuaje del Real Madrid. Por primera vez, el delincuente le mostró su rostro y lo miró a los ojos. «No, estaba aquí».

Acababa de encontrar la rendija. «¿Y cómo es que eres del Madrid, siendo alemán?». Empezó a darle carrete con temas banales «para que crea que no va a hablar de lo que va a hablar». Incluso le ofreció un pitillo. «Es como la prueba del polígrafo. Relajas al entrevistado para después ir a lo que te interesa. El tabaco es muy importante», dice Pepe, fumador ocasional en su vida diaria y empedernido cuando tiene a un sospechoso enfrente.

«Me han dicho que mi mujer se encuentra detenida. ¿Está bien?».

Al escuchar aquellas palabras, el policía supo que Peter tenía un talón de Aquiles, y él un as bajo la manga. «Ella lo había cuidado durante una enfermedad y estaba muy agradecido. La quería de verdad».

Una vez ganada su confianza, Pepe le explicó los motivos por los que estaba allí. «Si tú no quieres que hablemos, no hay problema», le advirtió. «Si eres inocente, yo estoy dispuesto a ayudarte. Y si no, también. ¿Quieres hablar conmigo?». Peter sintió esa necesidad de catarsis que a veces sufren los criminales al verse en el espejo de su conciencia, y asintió con la cabeza. «Eusebio, prepara un coche», le dijo al jefe de Homicidios. Los asientos delanteros los ocupaban dos agentes de paisano que conocían a Pepe de oídas, pero que nunca habían trabajado con él. «Sin grilletes, ponle unas bridas», pidió el interrogador.

«Vamos a Torrox», dijo Peter.

–«¿A qué?», preguntó Pepe.

«A coger las llaves del coche».

«¿Y qué nos vamos a encontrar allí?», insistió.

–«Al abogado», zanjó el alemán.

A sus compañeros no les sentó bien que Pepe, que se subió detrás, ordenara quitarle las esposas al alemán. Pero lo que más les cabreó es que les mandara parar cuando, por el camino, al sospechoso le entraron ganas de orinar. «En ese momento, ellos no lo entendían porque no conocían esa faceta mía. Yo estaba jugando una partida de ajedrez. Y si me equivocaba en un movimiento, la perdía». Su obsesión era, recuerda, no dejarlo pensar para que siguiera hablando.

«Temía que nos engañara»

Al llegar a su casa, el alemán se agachó para levantar un trozo de césped y sacó unas llaves. «¿Y el coche?», preguntó Pepe. «Está en Málaga», respondió el delincuente. «Ahí me llevé una decepción y se me empezó a pasar de todo por la cabeza. Mis compañeros se quedaron callados. Temíamos que nos estuviera engañando».

Para colmo, al llegar a la ciudad, Peter tampoco recordaba la calle. Sólo sabía que estaba cerca de la estación de autobuses. Después de dar varias vueltas por la zona, les dijo: «Ese es el coche». Pepe pidió a sus compañeros que avisaran al jefe de grupo y al juez para que abrieran el maletero del Volvo que señalaba el detenido. «Me fui. Yo ya no pintaba nada allí...».

Por poco tiempo. Semanas después del crimen del abogado, Eusebio lo llamó por teléfono. «¿Te gustaría venir a Homicidios?», le preguntó. Dos días más tarde, Pepe Páez era agente del grupo «donde no se descansa mientras el caso está abierto». Aquel fichaje no sólo suponía incorporar al mejor interrogador, sino que, para Eusebio, era algo así como cerrar un círculo. «Yo soy policía por Pepe Páez», asegura el jefe de Homicidios de Málaga. «Nosotros nos conocimos hace muchos años porque coincidíamos en ‘Los Cafres’, un campo de tierra donde nos juntábamos 15 o 20 para jugar al fútbol. Yo estaba trabajando en un chiringuito para ganar un dinerillo y me quedaba una asignatura para terminar Económicas. Pepe me hablo de la policía. Me contó que el tema del blanqueo estaba en boga y que hacía falta gente con mi perfil. A la semana me apunté a la academia», recuerda el inspector.

«¿Has leído Crimen y Castigo (Fiódor Dostoievski, 1866)? Siempre pongo el ejemplo del personaje, Raskólnikov. Su mente trabaja contra sí mismo y a medida que avanza la novela siente una necesidad cada vez mayor de soltar lo que ha hecho. Es el peso de la conciencia», aclara Pepe.

Verónica Frías (24 años) había sido apuñalada hasta la muerte en el portal del domicilio de sus padres, en Ciudad Jardín. La noche del hallazgo, la del 28 de julio de 2014, Eusebio y sus agentes trabajaron sin descanso hasta localizar al autor, el excompañero sentimental de la víctima, David López (27), que se había escondido en una casa en el distrito de Puerto de la Torre. «Yo no he sido, ha sido mi amigo». La afirmación exasperó al jefe de Homicidios. «¿Cómo? ¿Que convenciste a tu amigo para que te llevara en su coche a ver a tu ex y ahora le echas la culpa?». Eusebio pidió que avisaran a Pepe. «Dejadlo solo con él», ordenó a sus policías y a los del Grupo de Operaciones Especiales (GOES) que tomaron al asalto la vivienda. «Ahí tienes dos sentimientos enfrentados. Para que el sospechoso hable, hay que escarbar en el fango y hacer de tripas, corazón», recuerda él.

Pepe le ofreció agua y le puso una mano en un hombro donde antes sólo había hostilidad. «Empecé a ganarme su confianza, pero también la enemistad de todos los policías que estaban alrededor», recuerda. Para el detenido, aquel policía delgado y de mirada franca era «el clavo ardiendo» al que agarrarse. «Se pegó a mí como una lapa y repetía todo el tiempo: ‘Sólo hablo si está Pepe’. Cuando su abogado le preguntaba algo, me decía: ‘¿Contesto o no contesto?’». Empatizó con él mientras no tuvo más remedio, pero nunca sintió pena ni ninguna clase de acercamiento emocional hacia él. «Un homicida es alguien que puntualmente comete un hecho muy grave. Pero hay algunos que son malos antes del crimen». David había maltratado y torturado psicológicamente a Verónica con todo lo que pudo. La castigaba encerrando a la hija que tenían en común en el baño. Ella le tenía «pánico» y trató de rehacer su vida y alejarse de él. No pudo.

«En este trabajo no hay ‘enhorabuenas’ ni grandes celebraciones. Siempre te queda un sabor agridulce. Un regusto amargo», sentencia al recordar las dos investigaciones.

Juntos, el vidriero que nació para ser policía y el chaval que pagaba sus estudios con lo que sacaba del chiringuito recorren el último tramo de la vida profesional de Pepe Páez, que se jubila en diciembre; y juntos también recibieron en 2016 la medalla al mérito policial con distintivo rojo, la máxima distinción que se concede a un agente en activo, y que es «bastante excepcional para un agente de la escala básica», precisa Eusebio. «No creo que haya habido una medalla con tanto consenso popular en comisaría como la suya. Era muy injusto que se retirara sin una roja».

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