Vidas con huella

Una obra que hace historia

María Elvira Roca, durante la entrevista./SUR
María Elvira Roca, durante la entrevista. / SUR

La autora de 'Imperiofobia y leyenda negra' era hasta 2016 una anónima profesora de instituto que soñaba con jubilarse entre mangos

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

Le gusta mucho el campo, El Borge, la tierra de sus padres: «Antes de toda esta sorpresa del libro, mi ilusión era plantar unos cuatrocientos mangos al año y crear poco a poco una finca con vistas a la jubilación. Ahora tengo todo eso abandonado», se contraría sin aparcar la sonrisa. El éxito de 'Imperiofobia y leyenda negra' le ha cambiado la vida, y de sus clases de lengua en el instituto Huerta Alta en Alhaurín saltó al centro del ruedo ibérico, un viaje que le obligó a esta madre de dos hijos a pedir excedencia desde enero. En mayo publicará '6 relatos ejemplares 6', un ejercicio de ficción histórica con invitados como Shakespeare. El silencio de los especialistas sobre su redonda faena intelectual suena a 'cum laude' para una advenediza en el gremio -es lingüista, además de especialista en latín y griego- y que además marca camino en un terreno de investigación poco explorado. «No podía arriesgarme sin tener todos los cimientos bien seguros», se limita a comentar el ingente trabajo previo a su ensayo, que necesitó de empujón externo y de «indignación» propia por la crisis de la prima de riesgo para convertirse en libro. «Desde que estaba en el bachiller ya sabía que quería hacer Clásicas», adelanta una vocación a la que siguió el doctorado en Hispánicas, que hizo «in artículo mortis», subraya, antes de que desaparecieran las materias relacionadas con la historia de la lengua que tantas herramientas le han dado a quien tiene a Ortega como maestro intelectual: «Me enseñó a pensar y no le digo que haya quien lo conozca igual que yo, pero no más», reivindica.

El antes y después en su vida a raíz del libro también lo ha sido para el mundo editorial. Un ensayo histórico, en ración larga de 485 páginas, no suele dar para alegrías. Su planteamiento -las raíces de la hispanofobia universal, esa leyenda negra aceptada sin réplica por políticos e intelectuales del país- venía de lejos. Lo rumió en sus estancias en Londres, donde limpió hoteles y luego explicando historia de la lengua en Harvard dos años tras su paso como investigadora en Edad Media en el CSIC. El empujón para convertir aquellas carpetas de notas y apuntes, trabajo de campo y de archivo en tierras protestantes en un gran ensayo histórico -«los imperios tienen la gran ventaja de su obsesión documental»- se lo dio ya en España, «después de muchas horas de cañas y tapas», Ignacio Gómez de Liaño, amigo y director de la colección de ensayo de Siruela. El desafío independentista en Cataluña ha añadido el apetito de lectores en plena recidiva de los flagelos domésticos. Su agenda es ya la de una profesora recién ingresada en la nómina de las españolas más influyentes. Sin necesidad de otros padrinos de los 60.000 libros vendidos -veinte ediciones ya- , a Elvira Roca la reclaman ahora de todas partes para escucharla -su español escrito y hablado es igual de preciso y solvente- o, como estos días, para que arranque en Madrid una exposición inédita que desmonta a Lutero, «un agustino que no hubiera pasado de cura de aldea sin su apoyo a los príncipes alemanes frente a Carlos V. La religión fue sólo el pretexto».

La flamante medalla de Andalucía pisa ya alfombra roja que le tienden patronatos y fundaciones, con presencia virtual en la Academia de la Historia, donde la conexión fluida con su presidenta le va a costar a Carmen Iglesias dar una conferencia en Alhaurín el próximo 13 de junio. Desmontar la leyenda negra es una tarea de titanes a la que Roca ha aplicado océanos de datos, pero también sabiduría lingüística y su valiosa experiencia en primera persona entre anglosajones: «Protestantes y católicos son agua y aceite, también en su relación con el lenguaje. El mundo protestante ha perfeccionado el eufemismo desde hace siglos. Acuñó el término libertad religiosa aunque consistiera en matar al que no pensara igual, y con una Inquisición mucho más brutal que la española. Ellos viven en la realidad de las palabras, la crean con ellas, y si las dominas, dominas la realidad, pero en el mundo católico, tan aristotélico, lenguaje y realidad deben coincidir, así que parte fundamental de lo que ha pasado en torno a la leyenda negra es un fenómeno de lenguaje, y yo me propuse atravesar el muro de las palabras». Y abunda: «España pierde esa guerra del lenguaje al llamar reforma a lo que era un cisma, ya ni le cuento cuando acuñó contrarreforma. Ahí empezamos a estar en el furgón de cola de la historia».

Hija y nieta de republicanos y masones que se cuidaron -su padre el primero- con altas dosis de lectura, Roca se proclama espíritu independiente, y machadiano en busca de la verdad, y avisa en el libro a navegantes de su escepticismo político y religioso con la misma claridad que defiende -y documenta- el papel de los imperios en el avance neto de la historia humana. «Si no pudiera ser española, me gustaría ser estadounidense», ilustra el aprecio a un país «que con sus defectos se ha partido la cara dos veces por Europa». Allí quería quedarse y hacer carrera académica en Boston y sus contornos, pero a la maternidad adoptiva -en diciembre de 2007 fue a China a recoger a su pequeña Victoria-, se le adelantó el embarazo inesperado de Ramón. La cara feliz de las dos pequeñas vidas, que apenas se llevan medio año, coincidió con la cruz del cáncer de su madre y Roca se quedó para siempre en España. En junio de 2008 sacó las oposiciones como profesora de Lengua quien no ha dejado de ser una 'outsider' desde que se independizó con 17 años y que «no iba a clase si aprendía más fuera de ella». «Menos física nuclear, he dado clase de todo desde COU», bromea esta profesora de altas capacidades aquejada, dice, de «un exceso de responsabilidad del que tengo que cuidarme». «En la Universidad quise entrar, pero no les debí interesar. Con 26 años hubiera sido lo peor que me podría haber pasado, y por supuesto no habría escrito el libro», telegrafía satisfecha sobre esa otra vida que le dio de lado.

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