El rey Baltasar es un héroe

Benedite Akam, ayer, en el acto de entrega de regalos a hijos de agentes de la Policía Local. /Ñito Salas
Benedite Akam, ayer, en el acto de entrega de regalos a hijos de agentes de la Policía Local. / Ñito Salas

Benedite Akam, que encarnó ayer a una de Sus Majestades, auxilió a un portero que estaba siendo apuñalado por un grupo de jóvenes

Juan Cano
JUAN CANOMálaga

«Papá es paisano de Baltasar. Como son amigos y él tiene mucho trabajo estos días repartiendo regalos, le ha pedido ayuda a papá». Así le explicó Luz a su hijo que Benedite Akan iba a ser rey por un día. «Él está encantadísimo de que su padre vaya a trabajar para los Reyes Magos», añade la madre del pequeño Ifeanyi.

No llegaron de Oriente, ni lo hicieron a lomos de un camello. Sus Majestades entraron en la Jefatura de la Policía Local de la avenida de la Rosaleda a bordo de un furgón con las sirenas y las luces encendidas, despertando el nerviosismo de los niños –hijos de agentes de este Cuerpo– que aguardaban ansiosos para recibir sus regalos.

Melchor (José Fernando Cerezo, superintendente jefe del Cuerpo), Gaspar (Carlos Gómez-Cambronero, jefe de personal del Ayuntamiento) y Baltasar (Benedite Akam) descendieron del furgón y, de camino a sus tronos, saludaron a los críos que se agolpaban a su alrededor. Entre ellos, el pequeño Ifeanyi, que miraba a su padre como si fuera un héroe. Y realmente lo es.

Seguramente no les suene su nombre, aunque ya protagonizó una noticia en las páginas de SUR a mediados de diciembre de 2016, cuando salvó a un portero de la sala Picasso, en el Camino de San Rafael, que estaba siendo apuñalado por unos jóvenes. «Yo salí a fumar y me encontré con aquello», recuerda Benedite Akam (39 años), más conocido como Peter, un nigeriano de metro noventa que llegó en 2004 a España y que lleva 11 años casado con una mijeña, Luz Sena.

Los porteros habían expulsado a unos chavales y éstos empezaron a increparles; uno de ellos lanzó una botella contra la fachada. Uno de los vigilantes salió tras el grupo, pero se cayó por el camino. En el suelo, fue abordado por varios de estos jóvenes, que comenzaron a agredirle. «Los demás porteros habían cerrado la puerta de la discoteca. Nadie iba a ayudar a ese hombre», recuerda Akam, que no se paró a mirar si llevaban armas. «Yo crucé la carretera y llegué hasta ellos. Aparté a las siete u ocho personas que había sobre él, peleé con ellos y lo saqué de allí».

El portero, un hombre argentino, de 42 años, había recibido dos puñaladas y varias pedradras. Como la discoteca estaba cerrada y no podía pedir ayuda, Akam no dudó en montarlo en su propio coche y llevarlo al hospital. Él resta mérito a su actuación. «Fue Dios, no yo. Dios necesitaba usar a alguien para salvar a ese hombre y me utilizó a mí». Su mujer estaba de viaje ese fin de semana y, cuando regresó, Benedite le contó lo sucedido como quien va al bar a tomar una caña. «Me quedé muerta. Le pregunté si él había pensado en que tenía mujer y un hijo. Y él le quitaba hierro al asunto. Decía que esa persona necesitaba ayuda y él no pensó en nada más», recuerda Luz, que asegura, convencida de ello, que Benedite volvería hacer lo mismo «una y mil veces más», porque «él es así, estoy acostumbrada».

Benedite no volvió a saber nada del portero herido, pese a que intentó contactar con él en varias ocasiones. «Le dijo a unos agentes que me iba a dar trabajo», confiesa Akam, que está pasando difícil situación económica. «Él ha trabajado de ayudante de cocina, como personal de seguridad, operario de limpieza... Pero no encuentra nada. Lo estamos pasando bastante mal. Hemos pedido algunas ayudas, pero en la mayoría no entramos. Si todo sigue así, hemos pensado irnos a Noruega o Suecia y empezar de nuevo, aunque la familia y el arraigo lo tenemos aquí», se lamenta Luz.

Aquella heroica actuación le valió una distinción ‘Ángel de la Guarda’ –que se concede a civiles– durante la celebración del día del patrón de la Policía Local, que ha vuelto a acordarse de él para convertirlo en Rey Baltasar en la entrega de regalos para los hijos del Cuerpo. Un día que ni él, ni seguro tampoco el pequeño Ifeanyi, podrán olvidar.

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