La necesidad que creó al agente

Nacido en una familia humilde, Pepe Páez llegó al Cuerpo en busca de un trabajo estable y encontró su vocación

ALVARO FRÍAS y JUAN CANOMálaga

A Pepe Páez nunca le había atraído mucho la policía. Nacido en Sevilla en el seno de una familia humilde, se sacó los estudios básicos y comenzó a trabajar con solo 14 años en una fábrica de cristales. Todo cambió cuando llegó su primer hijo. Entonces, la necesidad apretó y decidió entrar en el Cuerpo, ese mismo al que ahora, a punto de jubilarse, reconoce que le debe todo. «Con lo que ganaba no teníamos ni para comer», explica Pepe. Tenía 28 años. Un día, después de conocer un día a un policía en la puerta de la fábrica de vidrio, decidió probar suerte.

Lo consiguió y, tras su paso por la academia, acabó en el País Vasco, donde poco después nacería su segundo hijo. Allí el día a día no fue fácil, pero se cruzó en su camino una persona que cambiaría su vida: Txiki Benegas. Pasó 15 años junto al dirigente socialista. Muy cerca, ya que Pepe era su escolta, servicio que prestaba junto con otros compañeros. Pero Benegas tenía debilidad por él. Quizás fue la lectura lo que les unió: «He leído desde pequeño. Mi padre se quitaba de cosas para que pudiéramos tener un libro».

Pepe cuenta que con Benegas hizo cosas que nunca soñó y descubrió otras que no sabía ni que existían: «Visité con él por primera vez en mi vida el museo del Prado, me subí a un avión y comí en restaurantes que nunca imaginé, entre otras muchas cosas».

Pero, como vuelve a insistir, la vida en aquel País Vasco, azotado por el terrorismo de ETA, no fue nada fácil. «Una vez mi mujer iba por la calle y se cayó al suelo, se quedó tirada inconsciente y nadie la ayudó porque sabían que era la mujer de un policía», admite el agente, que cuenta que finalmente le destinaron a Málaga. Era su deseo, sobre todo por la seguridad de su familia, ya que él regresó unos años más al País Vasco, en comisión de servicio. No fue hasta el 2000 cuando Pepe llegó a la ciudad, en concreto, a la comisaría del Palo.

En esas dependencias empezó «a descubrir lo que es la policía en su quehacer más cotidiano». Su jefe le mandó a un grupo de investigación. Pepe dejaba atrás todo lo que tenía que ver con el terrorismo para involucrarse en un mundo en el que el día a día era combatir otro tipo de delincuencia, como los hurtos o el pequeño tráfico de droga.

Así se fue formando el policía que es ahora. Asegura que desarrolló cualidades «que no sabía que tenía». «Recuerdo una frase de mi jefe que me decía que para ser buen policía hay que ser buena persona», apunta Pepe.

En esos años, este policía nacional también pasó por la Brigada de Seguridad Ciudadana, integrándose en los efectivos que patrullan las calles, conocidos en el argot policial como zetas. «Ahí crecí mucho como agente, es de los trabajos más bonitos que hay dentro del Cuerpo porque te permite un contacto directo y cercano con la gente, aunque creo que es muy sacrificado», señala.

Un caso le despertó a Pepe la curiosidad por el Grupo de Homicidios, en el que acabó entrando. Para él, ha sido «la guinda del pastel» de su carrera policial, en el que actualmente trabaja «con un equipo de personas espectaculares».

Ahora, su tiempo en la policía se agota. Pronto cumplirá los 65 años que le harán tener que dejar la que se ha convertido en su pasión: «Este trabajo es adictivo». Asegura que intentará desconectar, aunque admite que siempre tendrá el teléfono encendido por si algún compañero necesita su ayuda. Y aunque no suene, nunca perderá del todo el vínculo, que ya está en su ADN. Sus dos hijos son policías.

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