Victoria Fernández: «Las obras del metro me arruinaron la vida»

Victoria Fernández, ayer en las obras del metro en la avenida de Andalucía, frente a El Corte Inglés. /Fernando González
Victoria Fernández, ayer en las obras del metro en la avenida de Andalucía, frente a El Corte Inglés. / Fernando González

La antigua estanquera de Albert Camus es el símbolo de la lucha de los comerciantes y vecinos afectados por la parálisis en la avenida de Andalucía

Ignacio Lillo
IGNACIO LILLOMálaga

Victoria Fernández Gutiérrez, 34 años, es un símbolo para los comerciantes y los vecinos que denuncian la parálisis de las obras del metro en la avenida de Andalucía desde hace ocho años. De hecho, la semana pasada se reunió con Juanma Moreno, presidente del PP andaluz, quien pidió conocer su historia de primera mano. Su negocio acabó por sucumbir, arrastrado por los retrasos continuados en la ejecución del túnel, la nula ayuda institucional y los problemas financieros. Empezó a trabajar a los 17 años en el despacho de tabacos de la glorieta Albert Camus, frente a El Corte Inglés, y terminó por quedarse con el negocio.

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«Mi vida era el estanco, ese era mi plan de trabajo hasta que me jubilara», comienza. Las cosas iban muy bien. El último mes antes de cerrar la calle para las obras, cuando las vallas aparecieron a las mismas puertas de su local, había facturado 120.000 euros. Tenía una empleada y, aunque todavía era muy joven, se compró un piso y vivía con comodidad.

El mes siguiente al arranque de los trabajos, la facturación cayó a poco más de 5.000 euros. Pero confiaba en que los plazos más o menos se cumplirían y tenía margen para ir aguantando el bache. «Me decían que iban a seguir y que al final terminarían». Para mantener el negocio, despidió a la empleada, se embarcó en préstamos y acumuló una deuda con Hacienda. Lo que es peor: sus padres y hermanos también se endeudaron por ella. «Hipotequé a todo el mundo con la esperanza de que la pesadilla acabara, nos decían que iba a estar ya, ya, ya... ¡Pero mire cómo sigue!» Mantuvo la lucha durante cuatro años, en los que contrajo fuertes deudas, hasta que finalmente tuvo que vender la licencia del estanco. Lo que sacó no fue suficiente para quedarse a cero y poder empezar de nuevo, así que todavía le quedan facturas por pagar, hasta el punto de que, asegura, «cualquier nómina que tenga estará embargada de por vida». Por el camino, el banco también se quedó con su casa.

Han pasado cuatro años desde aquel momento y Victoria Fernández tiene ahora una hija de cinco años. Vive muy cerca de la zona del tajo de Albert Camus, que sigue abandonado, y se niega a pasar por delante, como una fobia. Está en el paro, vive en casa de sus padres y cada vez que consigue un contrato temporal, aunque sea de unas horas un fin de semana, le retienen parte del escaso sueldo que percibe para hacer frente a lo mucho que todavía debe. «Las obras del metro me arruinaron la vida, han sido una condena a cadena perpetua», denuncia, con una mezcla de tristeza y resignación. Una cosa sí tiene meridianamente clara, y puede hablar en nombre de todos los afectados: «A la Junta de Andalucía esto se le ha ido de las manos».

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La antigua estanquera reconoce que el panorama ha mejorado algo desde que ella se fue, puesto que el paso es ahora mucho más ancho. Es cierto que en ese lateral de Albert Camus se nota algo más de afluencia, pero la situación dista mucho de ser óptima. Una empleada del establecimiento, que actualmente sigue abierto en el mismo sitio, relata que el paso de potenciales clientes «sigue fatal». «La gente piensa que todo esto está cortado y siempre busca una alternativa para no cruzar por aquí, el que viene es porque ya sabe que se puede, es del barrio o trabaja por aquí». En cuanto al mantenimiento de las calles, relata que este se limita a que los ‘New Jersey’ (las barreras blancas y rojas) «se vuelan con el viento y las vuelven a colocar». Cree que la boca del metro les dará mucha vida. Pero, de momento, se lamenta de que no haya ningún movimiento en las obras.

Manuel Pérez-Piaya, farmacéutico de Callejones del Perchel, es otro de los históricos. «Hubo un momento en que sólo quedamos cuatro negocios abiertos, casi todos cayeron», recuerda. La veintena de locales de esta céntrica vía ahora vuelven a estar en su mayoría ocupados. Aunque admite que la afluencia de público ha empezado a repuntar tímidamente, todavía está muy lejos de la que había, y por eso reclama que mejoren los pasos peatonales en toda la zona.

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