Malagueños que llevan esperanza al mundo entero

José María Galacho (con jersey blanco, a la derecha), durante su visita a la República del Chad. :: sur/
José María Galacho (con jersey blanco, a la derecha), durante su visita a la República del Chad. :: sur

La ONU celebra mañana, lunes, el Día Internacional del Migrante para concienciar sobre las personas desplazadas que han abandonado o huido de sus países La asociación fundada en Málaga Misioneros de la Esperanza desarrolla su actividad tanto con personas llegadas a nuestra provincia como en Latinoamérica y África

BEATRIZ LAFUENTE MÁLAGA.

El lunes 18 de diciembre, se celebra la festividad de Ntra. Sra. de la Esperanza y este mismo día ha sido proclamado por la Asamblea General de la ONU como Día Internacional del Migrante. Los Misioneros de la Esperanza (Mies), asociación fundada en Málaga por el sacerdote Diego Ernesto Wilson y con presencia en varias diócesis latinoamericanas y africanas, afirman que «no podemos quedarnos con los brazos cruzados ante esta realidad. Seguir a Jesucristo significa embarcarse en su proyecto de amor en el mundo e intentar transformarlo».

Además de en Málaga, los Misioneros de la Esperanza se encuentran en Ecuador, Argentina, Paraguay y el Chad. Uno de ellos es Francisco González, párroco de San Isidro Labrador y Santa María de la Cabeza en Estación de Cártama, y explica que «los Misioneros de la Esperanza siempre han tenido una sensibilidad especial por las personas que se ven obligadas a emigrar y dejar a sus familias. Pero concretamente en 2003 nos dimos cuenta de una realidad que teníamos muy cerca, estaban llegando muchas personas procedentes de Paraguay y se encontraban indefensas, especialmente las muchachas jóvenes. A veces hasta algunos compatriotas les decían que podían acogerlas en sus casas y que si no tenían dinero había «otras maneras de pagar». Entonces nos dimos cuenta de la necesidad de dar una respuesta desde el Evangelio a estas personas. Además, muchos de ellos, que vivían la fe en sus países de origen, al venir aquí se contagiaban del secularismo y la indiferencia religiosa y perdían la fe. Por ello, vimos la necesidad de empezar a reunirlos y acogerlos para que no se vinieran abajo en esa vivencia de fe y de seguimiento del Señor».

Francisco González, el que fuera rector del Seminario, afirma que «debemos partir de la dura experiencia por la que pasan estos hermanos nuestros al dejar a sus familias, su cultura, su vida, sus hijos... que eso es muy doloroso, dejarlo todo y venirse a nuestro país, con todas las dificultades que conlleva, como es no tener los papeles. Hace poco vino a visitarnos a la parroquia de la Estación de Cártama Alain Diabanza, inmigrante congolés que llegó a nado a nuestras costas. Es increíble cuando él cuenta todo lo que ha pasado hasta llegar a Málaga. Era profesor, vivía una vida normal, y tuvo que arriesgar la vida de esa manera para poder vivir... Es muy difícil tener que dejarlo todo, la gente no viene por gusto ni por capricho, pero cuando ven a sus hijos sufriendo y que no tienen un proyecto de vida se tienen que lanzar. Y llegan aquí para encontrarse sin nada, sin medios, sin papeles. Imagina lo que supone para ellos encontrar personas que los acogen, se preocupan e intentan prestarles ayuda. Hay que pensar que sus madres o sus hijos se pueden poner enfermos, estar en un hospital o incluso morir y ellos tienen que estar aquí y no pueden ir, eso es muy duro».

La Agencia de la ONU para los refugiados (ACNUR) cifraba en 65,6 millones las personas desplazadas a finales de 2016, es decir, fueron un promedio de 20 personas por minuto las que se vieron obligadas a huir de sus hogares y buscar protección en otro lugar, ya sea dentro de las fronteras de su país o en otros lugares. González explica que «sobre todo, intentamos sembrar esperanza, ayudarles y facilitarles herramientas para su vida. Y nunca debemos olvidar el agradecimiento. Son muchos los que cuidan a nuestros padres mayores e hijos pequeños, en matrimonios donde los dos trabajan. Muchos de los inmigrantes que vienen hacen un gran servicio a nuestra sociedad y eso es de agradecer. Para mí, es una experiencia preciosa. Debemos apoyarlos, ya que vienen con toda la ilusión y nosotros también tenemos que ser para ellos un signo de esperanza».

Merece la pena vivir

Diego Ernesto Wilson les contagió «el conocimiento de Jesucristo y la ilusión de trabajar en el proyecto del Reino de Dios, que hace que la gente pueda ser mucho más feliz y encuentre un sentido a la vida, sobre todo trabajamos con la infancia y la juventud. Por eso, los grupos de Mies están en los Asperones, en la Palma-Palmilla... porque seguir a Jesucristo significa embarcarse en su proyecto de amor en el mundo e intentar transformarlo, no podemos quedarnos con los brazos cruzados ante esta realidad. En el fondo es enamorarte de Jesús y darte cuenta de que merece la pena vivir».

El Responsable General Laico de Mies, José María Galacho, acaba de volver del Chad donde ha «estado visitando a un grupo de Misioneros de la Esperanza (Mies) que atiende el centro Charles Luanga en la localidad de Bayaka. Allí se acoge y se da formación escolar, profesional y agrícola a 51 niños y adolescentes que no tienen familia que los cuide (el Sida ha ocasionado mucho daño en toda África). Ni la dureza del clima, ni las deficientes infraestructuras, ni el reto de tener que aprender otro idioma, ni la presión de la sociedad islamista incluido el terrorismo de Boko Haram, ni las dificultades de la convivencia en grupo, son óbice para que estos hermanos vivan allí su fe y su compromiso».

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