Juanma Moreno no tiene sevillanía

Juanma Moreno, el lunes en el Miramar, donde proclamó su malagueñismo./Álvaro Cabrera
Juanma Moreno, el lunes en el Miramar, donde proclamó su malagueñismo. / Álvaro Cabrera

En un sector de la capital de Andalucía no se le perdona al líder del PP regional que tenga a Málaga como denominación de origen

JAVIER RECIO

La sevillanía es una divisa que reparten lo más rancios del lugar. De aquel lugar. Es el pasaporte que algunos consideran necesario para poder cruzar la frontera que da paso al Palacio de San Telmo. O al menos para aspirar a ello, ser presidente de la Junta de Andalucía. Y Juanma Moreno no la tiene. Al líder del PP nunca le van a conceder para lucirlo en la solapa un giraldillo de oro, esa especie de monigote que corona la magnífica catedral de Sevilla y que parecía el David de Miguel Ángel cuando fue restaurado a tenor de la que formaron. Para eso, para vender lo suyo, Sevilla siempre ha tenido una habilidad especial. Pero Juanma Moreno tiene Málaga como su denominación de origen. Y nada le valdría para obtener al menos un visado, ni aunque se disfrazara con el uniforme oficial para pasear la sevillanía, que no es otro que la tebana, que en estos días ya están saliendo de los armarios con ese fuerte aroma a naftalina que inunda determinadas calles sevillanas. No se sabe si era la intención de su diseñador, pero no hay prenda más alienante que esta para convertirse en un sevillano como Dios manda, de los de toda la vida. No hay que dejar de reconocer que este hábito es ideal para lucir la caspa. Todo esto viene a cuento porque Moreno ha osado a ir de lo que es, de malagueño. Y eso allí no se lo perdonan los guardianes de las esencias hispalenses, que no conciben que alguien que no sea de Sevilla dirija al partido de centroderecha andaluz. Se ha considerado un sacrilegio su apuesta de celebrar un consejo de gobierno al menos una vez al mes en Málaga y que prometiera unas cuantas cosas para la provincia si gobernara la Junta de Andalucía. Nada del otro mundo por otra parte. El Gobierno andaluz no ha perdido la oportunidad de contentar a su mayor granero de votos, la provincia sevillana, al criticar esta idea. Dice que eso no resulta operativo y que lo que genera es un agravio entre provincias (sic). Es cierto que celebrar un consejo de Gobierno en Málaga, o en Jaén o en Granada, o en Sevilla no supone per se nada positivo. Lo interesante de estas reuniones es qué se decide y no dónde se decide. Dicho esto, tampoco pasa nada si se celebra un día al mes en Málaga, más que nada porque habría que tomarlo como un gesto para la provincia que está tirando de la recuperación económica de Andalucía. No sería esto ningún drama. Lo ideal sería que vinieran unas cuantas consejerías a Málaga, no el Consejo de Gobierno. Eso sí que tendría un efecto real en la población, cientos o miles de funcionarios trabajando y viviendo aquí con la de euros que supone eso. Pero eso no es lo que se ha pedido. Por desgracia. Que se queden tranquilos esos sevillanos que se espantan cada vez que escuchan el nombre de Málaga y se relaciona como centro de poder andaluz. Por fortuna no todos son iguales. Ni mucho menos. Entre otras cosas, porque la alta sociedad sevillita es muy clasista y ahí no puede entrar cualquiera. No ya los de fuera, por muy reconocidos y honorables que sean, sino los de algunos barrios hispalenses. De hecho hay sevillanos que están señalados por tener buenas relaciones con Málaga. El primero, su alcalde, al que no le perdonan el eje que ha formado con la capital de la Costa del Sol. Y eso que lo ha hecho por salvar su ciudad. Me comentaba hace unos días un alto directivo sevillano, del que no digo su nombre para evitar que lo tachen como colaboracionista boquerón, que Sevilla se abrazó en Málaga como esos boxeadores que se enganchan al cuello del contrario para evitar caer KO en la lona. Si la bonanza económica hubiera estado en la orilla del Guadalquivir en vez de la del Mediterráneo este acto de hermanamiento no se hubiera producido jamás. Muchas décadas anteriores dan fe de ello. Pero aún así se consideran los nobles. Los que tienen en su linaje el ADN necesario para gobernar. Esa sevillanía que los supremacistas no le concederán nunca a Juanma Moreno. Que no la tiene. Ni falta que le hace.

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