Jorge Ordóñez, el catador de tesoros

Jorge Ordóñez, en un viñedo de Almáchar./SUR
Jorge Ordóñez, en un viñedo de Almáchar. / SUR
Vidas con huella

Hijo del primer distribuidor de vinos nobles en la Costa del Sol, probó suerte en Boston, adonde se fue por amor. Ordóñez dio nombre al vino español en EEUU. mucho antes de convertirse en bodeguero con vendimias para minorías, amante de cepas viejas y capataz en jefe en la tormenta de ideas con su 'dream team' de enólogos.

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

El año pasado fue uno pero este año serán cinco grupos de norteamericanos. Ser anfitrión del enoturismo de élite es parte clave de su agenda viajera entre Boston y Málaga desde hace treinta años, los que lleva atento al negocio, primero como importador desde su Fine Estates from Spain y más tarde también como bodeguero para minorías. Cien mil cajas al año, casi un millón de litros, el 90 por ciento para la exportación, certifican su acierto. «Y viajo en primera, ¿eh? Porque tengo la espalda machacada», se justifica este empresario que cruza «seis o siete veces» el Atlántico, con una cita clave cada año: «Dos meses antes de la vendimia, veo con los enólogos dónde la cagamos el año anterior. Es como un 'brainstorming', pero eso sí, en la vendimia no meto las narices. Sería como entrar a opinar en un quirófano», sentencia.

Ordóñez emigró camino de los 30 a Boston, la tierra de su novia Kathleen, la estudiante de filología de intercambio a la que conoció en Córdoba, donde él estudiaba para ingeniero agrónomo. «A mi lo que me gustaba era ingeniero de Montes porque en mi familia no había nada relacionado con olivos ni cereales, ni grandes fincas, que es el plan que veía allí», explica la razón extrasentimental por la que abandonó en tercer curso. «Lo mío es educación empírica total», resume un curriculum con unos comienzos duros como importador, sin apenas saber inglés. «Aprendí a vender a cabezazos», resume el pionero en introducir el transporte del vino nacional en contenedores refrigerados, como hacían franceses e italianos, la primera clave después de pegar oído a las críticas de Parker. «Además de evitar que los vinos llegaran cocidos, busqué lo que no había, vinos exóticos. En Nueva York podías comprar rioja en 1991 a cinco dólares, más barato que en Logroño, pero yo empecé a vender albariño a 12», describe su hueco en aquel mercado. «Empezaron a sonar las flautas y al final conecté con Parker, el referente en aquella época», habla sobre el gurú que pondría el gran foco al resultado de su trabajo.

Primera tierra

Muchos norteamericanos siguen sin situar España en el mapa, pero si son distribuidores de alguno de sus vinos –a elegir entre una docena de denominaciones de origen y 25 bodegas con las que trabaja –, tienen bastantes papeletas para empezar por la Axarquía, la zona donde el pionero del vino español en EE.UU. tiene las cepas más cómplices además de la sede de Grupo Jorge Ordóñez&Co. Fue la primera tierra que pisó nada más bajar del avión Alois Kracher, padre del Botani. El enólogo austriaco era el 'Messi' en la liga de los dulces y se convirtió en socio entusiasta. Falleció antes de que el primer moscatel seco abriera un camino nuevo que su hijo Gerhard continuó en 2008 y al que ha sumado nuevas creaciones desde Málaga. Aún faltaba un lustro para que el moscatel Victoria 2 fuera elegido en una cata ciega entre cien dulces del mundo para los postres en la cena de los Nobel de 2012. La apuesta malagueña crecía, mientras el avance de las casas de aperos y de los subtropicales, dos plagas inviables a 700 metros de altura, se frenaban también gracias a aquella ventolera suya y de su hermana Victoria –desde 2015 al frente de un proyecto propio– que hace justicia enológica con su tierra desde 2003. No sólo se dejaron de arrancar vides sino que hasta vuelven a plantarse. «El tío que introdujo en EE UU los primeros albariños, los prioratos, los godellos... no tenía sentido que no lo intentara con la moscatel de su tierra», dice este hijo de familia de distribuidores de vinos nacido en la Granja de Suárez y que después de una década como importador en Boston decidió debutar como bodeguero en Toro, Galicia y el Priorato. «En Toro, cuando llegué había ocho bodegas, y cuando vendimos Numanthia, había 84», presume de catador de tesoros a base de calidad frente a la cantidad, de viñedos rescatados del olvido frente a vides en espaldera con goteo, de enólogos de primera de cualquier país a capataces solventes pero atentos siempre a la misma vendimia. «La tradición es fundamental sobre todo en el cultivo del viñedo y no tanto en los procesos. El referente de la calidad es la uva. No se puede hacer botani con uva en espaldera recogida a máquina, como no puedes comparar el sabor de un salmón salvaje con uno de piscifactoría», hace profesión de sibarita y cocinilla alérgico, en lo tocante a caldos, tanto a la bodega industrial como a las tendencias ecológicas extremas. «No creo en las bodegas de 10 o 12 vinos. Eso es crear confusión. Bastan tres tintos o cuatro para ir seleccionando calidades. El vino no se puede hacer en laboratorios ni tampoco como hace doscientos años, que se picaban, ni con contaminación bacteriana, como algunos buscan ahora», analiza un tiempo de cambios que le inquieta. Quien se lanzó a bodeguero después de sentir «complejo de hamster que desarrolla un mercado y va cada vez a más, pero que te lo hundía el bodeguero subiendo precios» pronostica un panorama de concentración e industrialización crecientes que puede venir del otro lado del océano que tan bien conoce. «Ninguna zona en España está a salvo de que llegue un fondo y a golpe de cheque se haga con viñedos y bodegas», asegura.

«Ninguna zona está a salvo de que un fondo a golpe de cheque se haga con viñedos y bodegas»

En la Axarquía se le ve exultante. Habla sobre las pendientes casi tibetanas, que aportan relato sin palabras a vinos exclusivos –los primeros que se volvían a hacer sin alcohol añadido– pero sobre todo animan a seguir a los pequeños propietarios, a los que convence el precio por kilo y también la aureola de Ordóñez. «Al principio no nos querían vender la uva, porque querían seguir con la pasa», cuenta sobre los primeros años sin dejar de recordar algún episodio avinagrado: «Un bodeguero importante del norte iba a ser socio, pero la aventura salió rana y se adelantó con un vino, pero encabezado. La gente piensa que el marketing lo es todo, y es un error. Nosotros lo que tenemos es imagen de seriedad. Damos un marchamo de calidad. Vender vino mediocre con buenos vendedores es fácil, pero eso no tiene recorrido», describe una forma de actuar que avanza: «Todas las marcas nobles de gran volumen han bajado después de la crisis un 25 por ciento, aquí y fuera, y hay una avalancha de señores bajándose los pantalones con los precios».

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