Cuando la gente vivía en el Patio de Los Naranjos

La Casa del Cardenal, la 'Casa de las Siete Cabezas', el palacio de los Gálvez... El centro está plagado de edificios cuya historia merece ser rescatada El entorno de La Catedral fue habitado hasta la Guerra Civil. Y otra curiosidad: La Diputación estaba en el bar Liceo

ANA PÉREZ-BRYAN

málaga. Hubo un tiempo en el que el Patio de los Naranjos era más que un lugar para disfrutar del esplendor de la primavera o de las imponentes estaciones de penitencia de algunas cofradías. Un tiempo en el que el entorno era un pequeño conjunto de casas de particulares sin salida a las que se accedía por las mismas cadenas que hoy lucen en el templo principal de Málaga y entre las que también se escondía un pequeño cuartillo anexo a la sacristía donde los prelados tomaban café después de misa. «Estuvieron allí hasta la Guerra Civil». Lo cuenta haciendo memoria el periodista malagueño Antonio Márquez, 'cicerone' habitual de una ruta por las viviendas más emblemáticas del centro de la ciudad de la mano de la empresa cultural Cultopía (www.cultopia.es).

Bajo el sugerente título '¿Quién vivió ahí?', Márquez desentraña los secretos de lugares imprescindibles, desde el Sanatorio Gálvez al palacio Episcopal o la casa del Cardenal, en la (hoy) moderna calle Andrés Pérez. También desvela un dato desconocido por muchos: ¿Sabía que la Diputación ocupó durante más de 40 años el edificio de lo que hoy se conoce como el bar Liceo? En 1922 la institución se trasladó a la calle Beatas 21, y ocupó el edificio construido por Jerónimo Cuervo hasta 1966, cuando se trasladó a la plaza de la Marina.

También guarda una historia singular la propia Catedral, en cuyo campanario vivió hasta los años 60 el último eslabón viviente del oficio de campanero, Miguel García Navas. Él vivía, trabajaba y dormía en las alturas, rodeado de las 39 campanas con las que cuenta la catedral y que manejaba de forma manual antes de que la tecnología se quedara con su espacio: de las 39, hay 24 en el carrillón que da a la plaza del Obispo, 12 en el cuerpo de campanas y tres más en el carrillón.

El campanario de la Catedral fue la vivienda del maestro campanero hasta los años 60 Las Siete Cabezas fueron la 'venganza' de Sancha de Lara por la muerte de su sobrino

Apenas cruzando unos metros se descubren otro puñado de espacios fundamentales para conocer la historia de la ciudad: a principios de siglo la calle Císter era sumamente estrecha y allí lucía, en plena esquina frente al Patio de los Naranjos, el palacio de los Zea-Salvatierra. La residencia se convirtió en el hogar del doctor José Gálvez Ginachero y su familia, una referencia imprescindible en la Málaga de la época y además alcalde de la ciudad entre los años 1923 y 1926.

La clínica Gálvez no se llama así

El doctor Gálvez impulsó el sanatorio donde han nacido miles de malagueños a apenas unos pasos de su casa, y aunque todos se refieren a él como el 'sanatorio Gálvez' en realidad el nombre correcto es el de 'Hospital de María Auxiliadora' «porque era muy devoto», desvela Márquez, que no sale de la manzana para enlazar esta anécdota con otra: «¿Sabes por qué en el Antiguo Hospital de Santo Tomás -anexo a la clínica Gálvez- había sólo había quince camas?: Por los doce apóstoles, Jesús, la Virgen y Santa Catalina», desvela el periodista, quien añade que en ese lugar «sólo se atendía a los enfermos pasajeros, no a los crónicos». También llama la atención de ese espacio el arco de la entrada, que en realidad es una réplica del original, que sobrevivió al terremoto que asoló Málaga en 1884 y que hoy luce -al alcance de la vista de todos- en un patio de la vecina calle de San Agustín.

Curiosa también resulta la visita a la Casa del Cardenal, que en el siglo XIX fue propiedad de José Moreno Mazón, patriarca de Indias, obispo de Cuenca y arzobispo de Granada y que hoy pertenece a Manuel Ponce Atencia y Antonio Millán Molina, un sobrino del cantaor Antonio Molina y dueño, además, de uno de los anticuarios con más solera de la zona, en la calle Andrés Pérez.

El gerente del establecimiento, Francisco Cano, deja incluso que los curiosos que participan en la ruta contemplen el patio, donde Márquez les cuenta un curioso descubrimiento que comenzó con la necesidad de cambiar una de las puertas de la entrada: «La puerta la trajeron directamente del Palacio de la Aduana, pero como era más alta de la cuenta tuvieron que levantar la solería: allí apareció un mosaico del siglo XV que se conserva hoy en día», explica este profesional fascinado por la historia, quien vincula su estado de conservación con el hecho de que las solerías de la época eran muy duras porque en las entradas de las casas «se guardaban las bestias» y, por lo tanto, el suelo tenía que ser resistente.

El fascinante recorrido por estas viviendas que esconden mil historias y que hoy forman parte cotidiana del paseo por el centro histórico incluye la 'Casa de las Siete Cabezas'. ¿Pero por qué ese nombre? El edificio se alza justo sobre la hilera de negocios de hostelería que se reparten en la plaza del Obispo (en la fachada que da frente a la Catedral) y era propiedad de la aristócrata Sancha de Lara -muy conocida por la calle que la recuerda en el centro.

Los malagueños terminaron por bautizar la vivienda con el nombre de la 'Casa de las Siete Cabezas', pero hay que remontarse a 1640 para saber por qué: aquel año, el sobrino de Sancha, Álvaro Torres de Sandoval, fue condenado a muerte de forma injusta. El delito que le costaría la vida fue quedarse sentado en el corral de comedias cuando llegó el alcalde mayor de Málaga, Pedro Olavarría, cuando la costumbre y la ley obligaban al ciudadano a levantarse y a descubrirse hasta que la autoridad tomara asiento. Álvaro no lo hizo, y eso le costó la vida. Murió decapitado y su tía, que había ejercido de madre del chaval, partió a la corte de Felipe IV para pedir justicia. Cuenta la tradición que en aquel momento el rey nombró otro alcalde y que los que participaron en aquella muerte corrieron la misma suerte: rodaron las cabezas del escribano, el oficial, el alcaide de la cárcel, el verdugo, el ayudante y el propio Pedro Olavarría junto a un cartel que rezaba: «Esta es la justicia que el rey Felipe IV manda hacer contra los que abusen de su autoridad». Para recordar aquel episodio, Sancha de Lara mandó construir siete bustos en la fachada de su casa: seis por los verdugos y el séptimo en homenaje a su amado sobrino.

Existen curiosidades más recientes en el calendario, y además en escenarios que han vuelto a recuperar su feliz esplendor. Es el caso de la Aduana de Málaga, hoy Museo de Bellas Artes y Arqueológico pero antes sede de la autoridad local. Allí se produjo una curiosa anécdota que tuvo como protagonista al mismísimo Frank Sinatra.

Seguro que alguna vez la ha escuchado por el revuelo que se montó en la época no sólo con la visita del astro de la canción, sino con lo que ocurrió durante su estancia. Imagine la escena: el cantante estaba en la terraza del Hotel Pez Espada cuando se dio cuenta de que querían hacerle una foto comprometida. El escándalo fue tal que la estrella terminó en el despacho del director del hotel, donde en lugar de tranquilizarse se enervó aún más: el cantante advirtió que en la oficina había un retrato de Franco y comenzó a insultarlo, un hecho grave para la época y que se castigaba con una fuerte multa.

Sinatra fue llamado a declarar en el céntrico Palacio de la Aduana y allí le impusieron el castigo a sus 'injurias': 25.000 pesetas de la época que tuvo que pagar al instante y una advertencia clara: tenía que abandonar el país en 48 horas si no quería más problema. Y así lo hizo. Por fortuna, quedan sus fotos...

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