«Tengo ganas de hacer las cosas bien y de salir adelante; olvidarme de la cárcel de Cuzco»

Lidia Capacete, en la sede de la asociación Arrabal, que considera su «segunda familia». /Álvaro Cabrera
Lidia Capacete, en la sede de la asociación Arrabal, que considera su «segunda familia». / Álvaro Cabrera

Lidia Capacete, nacida en Ronda, tenía 19 años cuando viajó con su novio a Perú a recoger cocaína y la detuvieron en el aeropuerto. Aún cumple la condena de 12 años

Ana Pérez-Bryan
ANA PÉREZ-BRYAN

Lidia tenía sólo 19 años cuando tomó la peor decisión de su vida. Contaba con el «apoyo» de sus padres para labrarse un futuro desde su Ronda natal, pero ese querer ‘algo más’ la llevó a embarcarse junto con su entonces pareja, varios años mayor y de nacionalidad chilena, a un viaje sin retorno a Perú «para recoger diez kilos de cocaína y traerlos para acá». La aventura terminó en el aeropuerto de Cuzco, donde la policía los detuvo y los llevó directos a la comisaría, donde estuvieron 15 días. Y de allí a la cárcel de Cuzco para cumplir una condena de 12 años por tráfico de drogas. «Mis padres ni siquiera sabían que me había ido a Perú, no les dije nada hasta el cabo de una semana, cuando los llamé y les conté lo que había ocurrido», recuerda Lidia, que no olvida que aquel día escuchó por primera vez a su padre romperse al otro lado del teléfono.

«En prisión me puse enferma de apendicitis y me dejaron muriéndome hasta que llegó de España el dinero para operarme»

De su experiencia en aquel agujero donde tenía que pagar hasta por el derecho a dormir en un colchón tirado en el suelo y compartir celda con 20 reclusas no ha olvidado ni un solo minuto: «Me puse enferma de apendicitis y como tenía que pagar yo misma la operación me dejaron muriéndome hasta que no recibieron el dinero que mandaron desde mi casa al día siguiente», cuenta esta joven que hoy suma 27 años y que se ha pasado los últimos ocho de su vida encerrada entre cuatro paredes.

Lidia mira al techo y se toma su tiempo para elegir, de entre todas las penurias de la cárcel peruana, la que más le ha marcado: «Puede que los baños. Allí hacías tus necesidades en un agujero del que salían hasta ratas, y muchos días no había agua o nos la racionaban por horas; si no llegabas a tiempo no podías ni siquiera asearte». El único respiro en aquel infierno, los 50 euros que recibía todos los meses por parte del Gobierno Español para hacerse con algún pequeño lujo o privilegio en un penal donde «todo esta prohibido pero donde todo eso se consigue si le pagas a una compañera».

Lidia ha pasado los últimos ocho meses entre la cárcel de Soto del Real (Madrid), donde la trasladaron gracias al convenio de extradición, y la prisión de Alhaurín el Grande, donde decidió (re)tomar las riendas de su vida y dejar atrás el pasado, incluida a su expareja, que sigue cumpliendo condena en Perú y de la que no quiere saber «nada». En este punto de su historia, la joven para en seco y se emociona: aún recuerda la primera vez que volvió a pisar la calle, una experiencia que define como «emocionante pero traumática». «Me asustaba todo: no podía con el ruido de la calle, me molestaba la gente que tenía alrededor... Imagina cómo fue la cosa que hasta recuerdo esa sensación en el reencuentro con mi propia familia el día que vinieron a verme a Alhaurín», dice Lidia arrastrando las palabras y con el único recuerdo (visible) que le queda de su paso por Perú: el marcado acento del país sudamericano.

Hoy, Lidia entra y sale del Centro de Inserción Social del Guadalhorce gracias al tercer grado y en febrero espera lograr la libertad condicional, aunque su condena no termina hasta 2021. Desde el pasado mes de abril está asistiendo a un curso de hostelería gracias a ‘InOut’, un programa pionero que impulsan Arrabal y la Obra Social de la Caixa que busca la reinserción laboral de los reclusos en varias fases y que la joven comenzó cuando aún estaba entre rejas. Al poco tiempo, y ya en el CIS, se incorporó incluso a unas prácticas en un hotel de la capital: «Ahora sé que estoy preparada para lo que me echen, porque lo que quiero es hacer las cosas bien y salir adelante; olvidarme de la cárcel de Cuzco», afirma la joven, que se aferra a la esperanza de encontrar un trabajo en Ronda para poder optar al recurso de la pulsera telemática y así ir recuperando, aunque sea poco a poco, su libertad y su vida.

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