La feria de Machín y del 'animal más bello'

CRISTÓBAL VILLALOBOS

Plaza de Uncibay. Una marabunta alcoholizada arropa a Soleá Morente, que intenta ponerle a la feria del centro algo más que charcos y botellones. Difícil tarea en 'La fiesta del sur de Europa', que ha hecho realidad el eslogan inventado por Aparicio, hace treinta años, a base de acumular grandes magnitudes.

Nada que ver con la feria de nuestros abuelos, que cabía entera en Martiricos, o en el Parque, casetas y carricoches incluidos. Donde las diversiones pasaban por verbenas, deportes, aeromodelismo, música clásica (un año tocó la Filarmónica de Berlín), guerras de flores o juegos de pelota con mangas de bomberos.

Una feria ordenadita, en la que sólo había cuatro o cinco casetas de importancia, y un beso mal dado a la novia te podía costar 3.000 pesetas de multa y el aparecer en el SUR al día siguiente, en un recuadro dedicado a los «infractores» que cometían «actos inmorales en la vía pública».

En la Peña Malaguista actuaba todas las noches Antonio Machín, con sus angelitos y esas cosas, y allí se agrupaban los más jóvenes por ver si podían arrimarse un poco. En la Gran Peña, más seria, se exigía el uso de chaqueta y corbata en pleno mes de agosto. Una orquesta 'de color' daba ambiente exótico al lugar, como un Tropicana de provincias junto al Guadalmedina.

Una noche, agosto del año cincuenta y cinco, el protocolo y la seriedad de la Gran Peña se fue al traste, pues entró por la puerta «el animal más bello del mundo», Ava Gadner, que arrastraba su belleza felina y su apodo por las fiestas de la geografía patria. Dicen que se bebió la feria entera, mientras los señores encorbatados la piropeaban y, cuando la caseta echó el cierre, se llevó a toda la orquesta a continuar la fiesta en Torremolinos.

Antes había estado en La Malagueta, que era realmente el centro de la feria de entonces, donde El Litri, en la plaza en la que su hermanastro encontró la muerte en 1925, no pudo alcanzar la gloria. Ava lo defendió ante la afición, que la había tomado con él, siendo el triunfo para Cesar Girón, al que la prensa entregó la Oreja de Oro en una cena de gala en el Miramar, con cantante melódico italiano incluido. Durante la corrida, dos espontáneos habían saltado al ruedo buscando una notoriedad efímera que los conduciría a los calabozos de la Aduana, entonces sede del Gobierno Civil.

Hoy, medio millón de almas, dicen las noticias, se arremolinan en cuatro calles mal contadas y en un Real que es una Andalucía folclórica de cartón piedra. «¿Así toda una semana?», preguntaba incrédula una joven italiana mientras intentaba agenciarse un sombrero fucsia de Cartojal. Claro, ¿por qué no?

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