Más de mil familias en Málaga recurren a servicios sociales para pagar la luz

Más de mil familias en Málaga recurren a servicios sociales para pagar la luz

El Ayuntamiento, Cáritas y Cruz Roja canalizan las ayudas para evitar el corte del suministro

Ana Pérez-Bryan
ANA PÉREZ-BRYAN

Las bajas temperaturas registradas en los últimos días, con mínimas bajo cero en el interior de la provincia y unas cotas más bajas de lo habitual en el litoral, han dejado cientos de estampas de malagueños disfrutando de la nieve y celebrando este escenario poco habitual en pleno mes de enero. La alerta por frío en la última semana ha regalado esa cara amable de puertas para fuera, pero también una realidad que aún hoy, cuando todos los indicadores parecen confirmar que lo peor del temporal económico ha pasado, pone sobre la mesa otras cifras que dejan helado. ¿Qué ocurre con los que aún no disponen de los recursos suficientes como para afrontar en sus casas estos días de frío intenso? ¿Cómo se apaña una familia con las facturas de la luz cuando sus cuentas apenas dan para lo imprescindible? ¿Y calentarse: dónde está esa línea que separa el derecho básico del lujo?

El Área de Derechos Sociales, Cáritas y Cruz Roja canalizan las ayudas para que no haya cortes de suministro, sobre todo en fechas clave

Contestar a todas estas preguntas implica hablar de pobreza energética, que los expertos definen como la situación que sufren los hogares que son incapaces de pagar los servicios mínimos de energía para sufragar sus necesidades domésticas básicas. Esta realidad tiene nombres y apellidos en la capital, donde más de mil familias se ven obligadas a recurrir a los servicios sociales para no caer en esa forma de pobreza. El pago de los suministros básicos como el agua y la luz –sobre todo en este último caso y en meses con temperaturas extremas por frío o calor– representa aún un reto inasumible para miles de malagueños si se tiene en cuenta que las familias que recurren a estas ayudas tienen una media de cuatro miembros.

1.039 prestaciones para pago de suministros aprobó el Área de Derechos Sociales en 2017. La cantidad asciende a 202.488,20 euros.

Las cifras dejan constancia de esta realidad: el Área de Derechos Sociales del Ayuntamiento de Málaga, Cruz Roja y Cáritas, las tres entidades que acaparan la mayoría de demandas de este tipo de ayudas, siguen recibiendo a diario peticiones de ciudadanos que necesitan ese pago extra para que no les corten la luz. En concreto, las oficinas municipales dieron el visto bueno durante 2017 a 1.039 prestaciones sobre suministros eléctricos y de gas (994 con Endesa y 45 con Iberdrola) por una cuantía de 202.488,20 euros. Por distritos, las zonas más castigadas fueron Cruz del Humilladero (271), Palma Palmilla (125) y Puerto de la Torre (111).

Bases de datos cruzadas

La «buena noticia», en palabras de la directora general de Derechos Sociales y Participación Ciudadana del Ayuntamiento de Málaga, Ruth Sarabia, «es que desde el año pasado puede decirse que en Málaga no se le corta la luz ni el gas a nadie que no pueda pagarlos». El acuerdo suscrito entre el consistorio y los suministradores de energía en 2017, explica, «nos permite que tengamos las bases de datos cruzadas y el momento en que se registra un impago y un aviso de corte de luz o gas se adelanta esa cantidad para que no se dé de baja el suministro». La situación es similar en el capítulo del agua, ya que desde hace tres años existe un fondo social de 500.000 euros para hacer frente a los impagos de Emasa y en 2017 se concedieron 813 prestaciones por valor de 214.896,65 euros (también en este caso los distritos más necesitados son Palma Palmilla –153–, Cruz del Humilladero –151– y Puerto de la Torre –105–). Este tipo de medidas, sumadas a la recuperación económica, dejan atrás datos dantescos como el de 2010, cuando casi 44.000 familias se quedaron si luz en la provincia por no pagar las facturas y más de 5.700 en la capital sufrieron cortes de agua.

813 expedientes recibidos del Fondo Social de Emasa en 2017 por un importe total de 214.486,65 euros.

Los datos que maneja Cruz Roja van en la misma línea y constatan que a lo largo de 2017 cerca de 1.400 personas se beneficiaron de las ayudas contempladas en su proyecto ‘Atención urgente a necesidades básicas’, puesto en marcha en 2015 y cuya financiación el año pasado fue posible gracias a la aportación del IRPF (163.000 euros) y una ayuda de la Fundación La Caixa (24.000). La cifra de 1.400 personas atendidas es más abultada en este caso porque las subvenciones no sólo se destinan al pago de suministros básicos (60-70%), sino también a otros capítulos como alimentación o higiene. Los responsables del proyecto insisten, sin embargo, en que uno de sus objetivos básicos es huir del asistencialismo y, junto con la ayuda económica, ofrecen al usuario las herramientas necesarias para salir de la exclusión a través de talleres específicos. «La primera factura siempre se paga independientemente de las circunstancias, pero para seguir recibiendo la prestación hay que hacer estos talleres», sostiene la técnico responsable del programa, Mercedes Martín, quien también avanza un dato preocupante en cuanto al perfil del ‘pobre energético’ que llama a las puertas de Cruz Roja para recibir ayuda: «Casi todas son mujeres, con dos o tres niños a su cargo, y de familias desestructuradas».

Ése es también el desolador retrato sobre el que Cáritas ha alertado desde que la crisis comenzara a hacer estrados en la provincia. La institución diocesana tampoco discrimina en ayudas para paliar los efectos de la ‘pobreza energética’, y entre las 9.885 que concedió en 2016 se incluye tanto el pago de la vivienda como el de los recibos de luz y agua. La razón la aporta el director de Cáritas Diocesana en Málaga, Francisco José Sánchez Heras, poco partidario de la «parcelación» porque, a su juicio, «hablar de la pobreza energética es ocultar parte de una realidad más global que es la de la pobreza en una familia». «Lo importante es garantizar que un hogar tenga cubiertas todas las necesidades básicas», añade.

Cruz del Humilladero y Palma Palmilla son los distritos con más ayudas en el pago de suministros

Sea como fuere, el esfuerzo para que ningún hogar quede desprotegido en el capítulo energético se traduce en Málaga en un trabajo en red de estas tres entidades, de modo que el primer trabajo de campo lo hacen los servicios sociales del Ayuntamiento para determinar cuáles son las necesidades. En este sentido, no es extraño que las familias acogidas a estos programas compatibilicen las ayudas de unos y otros: ocurre por ejemplo, explica Sarabia, cuando a la oficina municipal llega el aviso de un corte de suministro inmediato. «En ese momento tramitamos la prestación urgente, pero esto tarda unos cinco días y si la baja va a ser en uno o dos días se adelanta el dinero a Cáritas o a Cruz Roja para que ellos hagan el pago. Lo más importante en estos casos es evitar el corte porque luego el reenganche es más caro», añade.

El bono social

La creciente dificultad a la hora de pagar los suministros, sobre todo en los años más duros de la crisis, ha cristalizado en medidas como el bono social eléctrico, es decir, el descuento del 25% en el recibo de la luz que pueden solicitar los hogares más desfavorecidos. El Gobierno aprobó el pasado mes de octubre el real decreto que regula las condiciones del nuevo modelo en sustitución del anterior: las familias con rentas bajas, en riesgo de exclusión social, los pensionistas de mínimos o las familias numerosas pueden acogerse a esta forma de pago reducida, que según los datos actualizados por Endesa beneficia en la provincia a un total de 117.464 clientes de los casi 900.000 con que cuenta. Para aproximarse a la cantidad exacta de personas en riesgo de pobreza energética, habría que detraer por ejemplo de esta cifra las 19.475 familias numerosas que hay registradas en la provincia, ya que muchas reciben la ayuda por su condición de numerosa y no por renta. Aún así, el dato de las personas que necesitan una ayuda extra para que sus cuentas y facturas no tiriten sigue dando que pensar.

Juan Ramos. 79 años. Jubilado, vive con su mujer «Nunca pensé que tendría que pedir ayuda para pagar recibos»

Este empresario jubilado volvió a su tierra después de medio siglo en Uruguay y de perderlo todo en apenas dos años: «Llegamos a vivir muy bien, pero ahora pasamos apuros»

Por Ana Pérez-Bryan

Si hace veinte años alguien le dice a Juan Ramos que la vuelta a su país natal y su jubilación se convertirían en una carrera de obstáculos para salir adelante le hubiera tachado de loco. Emigrante retornado de Uruguay, donde sus padres se fueron para darle un futuro mejor, este malagueño de 79 años logró acariciar ese sueño durante décadas hasta que el castillo de naipes se le vino abajo. En el medio siglo que vivió allí consiguió no sólo construir una familia con su mujer, Francisca (ella madrileña) y sus dos hijas; también una empresa de artículos artesanales de cuero que hacían las delicias de los turistas de la zona y que le permitió vivir holgadamente hasta que la crisis al otro lado del charco arrasó con todo.

Juan Ramos, al lado de la única estufa que tienen en casa.
Juan Ramos, al lado de la única estufa que tienen en casa. / Ñito Salas

«En el año 2000 empezaron a ir las cosas mal y dos años después decidimos volver a España. Lo vendí todo: por lo que valía diez me dieron dos, así que llegamos con una mano delante y otra detrás», cuenta Juan desde el salón de su piso en la avenida Sor Teresa Prat y cuyo alquiler de 420 euros afronta como puede todos los meses. Igual que el resto de los pagos: luz, comida, agua... llegar a fin de mes se ha convertido en un reto para este jubilado que sólo ingresa su renta y la de su mujer y que, sumadas, apenas superan los 800 euros. «Nunca pensé que tendría que pedir ayuda para pagar los recibos», confiesa Juan, que arrastra también la preocupación de que la hija que se vino con ellos a España –la segunda se quedó en Uruguay– tampoco tiene trabajo pero sí dos niñas a las que alimentar. «A veces tenemos que ayudarla a ella, pero la pensión ya no nos da para más», añade intentando no perder el ánimo.

Una vuelta «muy dura»

Su vuelta a España fue «muy dura y muy difícil», y aunque trata de no hurgar demasiado en el pasado porque prefiere «poner un muro» no deja de recordar que «allí llegamos a vivir muy bien y ahora pasamos apuros». El regreso a Málaga lo celebró al menos con la alegría de «estar de nuevo en casa y cerquita de mi playa», pero casi de inmediato se tuvo que poner a buscar ayudas aquí y allá para poder subsistir. Desde hace años recibe la del área municipal de Derechos Sociales y desde hace dos la de Cruz Roja, que le ha solucionado «mucho» con el transporte, la alimentación y los recibos de la luz: «El año pasado me pagaron unos cuantos, pero de los dos últimos se ha encargado el Ayuntamiento», explica Juan, convertido en el ejemplo de este trabajo ‘en red’ de las administraciones y entidades a la hora de atender las necesidades de los que se han ido quedando en la cuneta por la crisis.

«Lo vendí todo: por lo que valía diez me dieron dos, así que llegamos con una mano delante y otra detrás» El regreso a la tierra

«A veces tenemos que ayudarla a ella, pero la pensión ya no nos da para más» Su hija no trabaja

«He tenido que rebuscar las ayudas como he podido», admite Juan, que poco después de llegar se enteró de que la Junta de Andalucía daba «un dinerillo» a los emigrantes retornados y que le aportó un balón de oxígeno de 3.000 euros. El Ayuntamiento no sólo le ayuda con la luz; «también me paga tres meses de alquiler un año sí y otro no». Y en Cruz Roja le cubren otra parte de las carencias dentro del programa ‘Atención urgente a necesidades básicas’: «Allí se están portando muy bien con nosotros, y además voy a los talleres que organizan para poder recibir las ayudas. Ya he hecho uno de psicología, de fisioterapia y de manualidades», enumera Juan, que ha encontrado en este recurso no sólo una vía para pagar las facturas, sino también para distraerse.

Los últimos días de frío, sin embargo, no han hecho más que sumar una dificultad extra a la rutina de Juan y de su mujer, «porque en casa nos tenemos que calentar a ‘tortazos’», bromea. «Tenemos una estufa, pero intentamos no utilizarla mucho porque aunque me ayuden con los recibos yo cuido mucho de la luz», aclara este jubilado, quien ha reducido al máximo su factura –«ya no tenemos casi nada eléctrico para no gastar», dice– hasta dejarla «en 30 o 40 euros».

Dolores Santiago. 54 años. Vive con su marido, 6 hijos y 4 nietos «Lo estamos pasando muy mal; ¿cuándo acaba ya esto?»

Esta vecina de Carretera de Cádiz estira su pensión de «300 y pocos» euros para mantener marido, seis hijos y cuatro nietos. La quinta nace en marzo

Por Ana Pérez-Bryan

La historia de Dolores Santiago es la de otros muchos que sacuden la cabeza y se preguntan «a quién le habrá tocado» cuando escuchan en las noticias que la recuperación económica ha comenzado a mitigar las situaciones más duras de la crisis. Ella vive desde hace años en el pozo de la depresión y sólo sale de ahí para echar las cuentas de una responsabilidad abrumadora: tiene un marido que no cobra prestaciones «porque era autónomo y no tiene pensión», seis hijos adultos que «nunca se han llegado a ir de casa» y cuatro nietos. La quinta llegará en marzo y Dolores no quiere ni pensar cómo lo van a hacer para alimentar y atender esa boca extra: «Claro que eso es un motivo de alegría, pero es otro gasto porque los bebés necesitan comida y pañales».

«Lo estamos pasando muy mal, ¿cuándo va a acabar esto?», se pregunta con la voz aún afectada por un resfriado mal curado que arrastra desde hace un mes y que no termina de darle tregua por el frío que pasan en su casa, una vivienda modesta de tres habitaciones en la avenida de la Paloma en la que ahora viven diez personas y dentro de poco once. «Lo único que entra en casa es mi pensión no contributiva, que es de ‘300 y pocos’ euros», explica Dolores, de 54 años, que nunca ha trabajado fuera de casa y que de vez en cuando celebra como agua de mayo el dinerillo extra que lleva a casa una de sus hijas si la llaman para fregar escaleras.

«Teníamos dinero para nuestras cosas y estábamos bien; vivíamos como todo el mundo» La vida antes de la crisis

«Algunas prestaciones se me han agotado. Me dicen que también hay que ayudar a los nuevos» Las ayudas

«Están hartos de echar curriculum por todos los sitios y no sale nada» Sus hijos, en paro

«Llega un momento en el que el cuerpo se te agota porque no sabes cuándo vas a salir de esta», añade esta mujer castigada por la crisis que aunque quisiera tampoco podría ‘echar horas’ como su hija porque tiene fibromialgia, problemas de tensión y una hernia. Su marido, de 63 años, también arrastra problemas de salud: «Acaban de operarlo y está regular», dice.

El «ratito» de la estufa

Los pocos momentos de alegría en casa de Dolores los regalan sus nietos, de 12, 9, 7 y 3 años, que aún así representan un gasto extra en una familia que desde 2008 vive en la permanente angustia de los números rojos. Pero en estos días «ha hecho un frío horroroso» y se han visto obligados a hacer una pequeña excepción a la hora de encender la estufa: la familia se apaña con mantas durante todo el día, pero por las noches antes de que se acuesten los niños la ponen «un ratito» para que conciliar el sueño sea más llevadero.

A pesar de que Dolores trata de mantener a raya el gasto en luz, no hay mes que no baje de los 70 u 80 euros. Pagar esa cantidad con una pensión estancada en los 300 de la que tiene que salir también el dinero para la hipoteca, la comida y todos los demás gastos es casi una misión imposible, por eso Dolores recibe desde hace años la ayuda del Ayuntamiento y de Cruz Roja. «Allí también me dan comida y así tiramos el día a día como podemos», admite esta vecina de Carretera de Cádiz que prefiere no salir en la foto pero que no tiene problemas en contar su historia con puntos y comas «porque esto es horroroso». A su desesperación se suma que otras ayudas sociales que recibía por parte de alguna asociación han ido prescribiendo, porque entran nuevas peticiones «y me dicen que también hay que ayudar a los nuevos».

Vivían de los mercadillos

A Dolores se le quiebra la voz cuando recuerda los días aquéllos en los que la familia se mantenía a flote gracias a los mercadillos. «Teníamos dinero para nuestras cosas y estábamos bien; vivíamos como todo el mundo, sin problemas». La crisis no sólo acabó con aquello, sino con las posibilidades de sus hijos de entrar en el mercado laboral y por supuesto de independizarse: «La pequeña todavía tiene 19 años, pero de los otros ninguno se ha podido ir. Están separados de sus parejas; los padres de mis nietos sólo los tienen reconocidos porque tal y como están las cosas no los podían mantener», lamenta esta madre-abuela coraje, quien aprovecha esta ventana para pedir trabajo para los suyos: «Están hartos de echar curriculum por todos los sitios y no sale nada. Mis hijos saben hacer de todo; lo que les pongan. Y son buenos niños», suplica.

Hasta que la situación se despeje, a la familia le queda al menos la tranquilidad de que la hipoteca de su casa está adherida al Código de Buenas Prácticas que pusieron en marcha algunas entidades bancarias y de crédito para proteger a los deudores hipotecarios sin recursos y la cantidad que paga por su casa es de 32,46 euros al mes. «Por ahora estoy tranquila porque lo tengo concedido por cinco años y voy sólo por el segundo», afirma Dolores, que suma a ese gasto fijo el del recibo del agua, de unos 20 euros, «que también tengo aplazado y que pago cuando puedo». El problema, añade, es que ese ‘cuando puedo’ lo es cada vez menos a pesar de que en las noticias ella escuche hablar de la recuperación económica: «Desde luego para mí no», zanja.

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