El éxito empresarial de un malagueño en Londres con sus calcetines multicolores

Barkan Ersoy y Pablo Ávila, los dos copropietarios de la marca de complementos Moustard. /Sur
Barkan Ersoy y Pablo Ávila, los dos copropietarios de la marca de complementos Moustard. / Sur

Ha conseguido vender 30.000 packs de calcetines de su marca 'Moustard'. Pablo Ávila, de 27 años, es ingeniero de telecomunicaciones por la mañana y emprendedor por la tarde, con una firma textil que en apenas año y medio ha conseguido situarse en cuatro países

Nuria Triguero
NURIA TRIGUERO

Los comienzos de toda empresa son difíciles. Que se lo digan al excompañero de piso de Pablo Ávila, que tuvo que convivir con los nueve mil pares de calcetines que almacenaba este joven malagueño en la vivienda que compartían en Londres. «El pobre estaba tan desesperado que me sugirió una solución: comprar una furgoneta de segunda mano y usarla de almacén», rememora Ávila. Así lo hizo: un vetusto vehículo aparcado en su plaza del garaje comunitario fue la central logística de Moustard durante cuatro o cinco meses.

Ahora Pablo Ávila y su socio, Barkan Ersoy, de su misma edad (27) y nacionalidad turca, ya tienen un almacén propiamente dicho para guardar su ‘stock’. Un paso más en la trayectoria de Moustard, una marca de calcetines masculinos de estampados multicolores que empezó «de la forma más humilde»: sin financiación externa, personal ni sede física; sólo con la ambición y el ingenio de estos dos ingenieros emigrados a Londres. En apenas un año y medio su firma lleva ya treinta mil pares vendidos y se ha situado en 25 tiendas de Reino Unido y España, con un inminente desembarco en Austria y Alemania. «Este año estamos creciendo al 400% en relación a 2017 y nuestra previsión es superar los 100.000 euros de facturación», asegura Ávila. Sus fundadores han acabado compartiendo piso, por cierto. «Así nadie tiene que soportar nuestro caos», bromea el malagueño.

Un viaje a Japón

Ávila, criado entre Málaga y Marbella y formado en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Telecomunicaciones de Málaga, se mudó a Londres recién terminada la carrera para trabajar en una gran operadora de telefonía. Su pasión por el baloncesto –jugó durante su adolescencia en las categorías inferiores del Unicaja– le llevó a conocer a Ersoy: ambos representaban a su compañía en un torneo corporativo que se celebraba en Japón. «A los dos nos pasaba lo mismo: nos encanta nuestro trabajo, pero al trabajar en una multinacional sientes que eres una pequeña parte de una maquinaria enorme y que tus acciones no tienen un impacto visible. Queríamos crear algo que fuera sólo nuestro», reflexiona el joven malagueño.

El resultado de las incontables conversaciones que mantuvieron ambos emprendedores a partir de aquel viaje fue Moustard: una marca de complementos de moda masculinos que aspiraba a ser «el regalo perfecto: sencillo, original y personalizado». Empezaron vendiendo no sólo calcetines, sino corbatas, pañuelos y otros accesorios. «Los empaquetábamos en cajas de regalo con colores y estampados a juego», explica Ávila. Les fue bien, pero se dieron cuenta de que no les resultaba rentable en términos de tiempo lidiar con tantos proveedores. Por eso hace unos meses decidieron centrarse sólo en los calcetines, que son su producto estrella. Pablo Ávila explica así su filosofía: «En el mundo laboral los hombres tenemos muy poca libertad a la hora de vestir. Para quienes siempre van con traje y corbata los calcetines son un resquicio de libertad; una vía para mostrar su personalidad. Por eso la tendencia de llevar calcetines coloridos cada vez está más extendida».

En el catálogo de Moustard hay calcetines dedicados a fiestas como los sanfermines, el Oktoberfest o San Patricio; hay colecciones de animales, frutas y deportes; los hay también inspirados en ciudades como Londres o París... Con tanta variedad, afirma el emprendedor, es fácil que cualquiera encuentre ‘sus’ calcetines. La firma tiene tienda ‘online’ y está presente en mercados virtuales como Etsy, pero la mayoría de las ventas las consigue a través de tiendas físicas multimarca. A día de hoy cuenta con 25 puntos de venta entre el Reino Unido y España. «Hemos firmado con un distribuidor para empezar a vender también en Alemania y Austria», añade Ávila, que se encarga de diseñar las prendas –que se fabrican en Turquía– y de «toda la parte creativa» de la empresa; mientras que su socio dirige las operaciones.

Por ahora, los dos jóvenes compatibilizan su trabajo a tiempo completo como ingenieros con su faceta de emprendedores que, reconocen, cada vez les absorbe más. «Es como tener un hijo: si nos vamos de vacaciones, tenemos que ponernos de acuerdo para que uno siempre esté velando por la empresa. Pero lo estamos disfrutando a tope», asegura. Ávila confiesa que en el futuro se ve centrado exclusivamente en su propio negocio; sea éste u otro. «Mi familia no me inculcó la inquietud emprendedora; querían que estudiara una carrera y encontrara un buen trabajo. Y lo hice. Pero he descubierto que no es lo mío. La satisfacción que da tener tu propia empresa y crear un producto es brutal», afirma.

Y en ese futuro, ¿se ve en el Reino Unido, en España o en otro país? «Por ahora nos quedamos en Londres, pero si se nos da lo suficientemente bien y nos dedicamos exclusivamente a Moustard no descarto moverme». Londres tiene sus «pros y sus contras» a la hora de emprender un negocio, en su opinión: hay menos trabas burocráticas que En España y se facilita la actividad emprendedora, pero todo es más caro.

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