Emergencias sociales: 24 horas al pie del cañón

Juan Vicent le echa la mano por el hombro a Ángela a las puertas del salón de la que será su nueva vivienda durante dos semanas./Salvador Salas
Juan Vicent le echa la mano por el hombro a Ángela a las puertas del salón de la que será su nueva vivienda durante dos semanas. / Salvador Salas

A Ángela acaban de echarla de su piso; Francisco y Ana necesitan un traslado urgente a una residencia y a Joaquín hay que sacarlo de su casa, insalubre y peligrosa. Así funciona este servicio municipal pionero en España

Ana Pérez-Bryan
ANA PÉREZ-BRYAN

«Esta noche voy a dormir tranquila. Y mi hijo también».

Ángela da un apretón en el brazo de Rosa mientras celebra ese pequeño espacio para la calma y cruza el umbral de la vivienda que se convertirá en su hogar durante al menos dos semanas. Esta joven nigeriana de 36 años con un niño de 4 a su cargo y un bebé en camino se aferra a un carrito, un triciclo y una bombona de butano que acaba de sacar de la que hasta ahora ha sido su vivienda en el barrio de La Luz: ha sido desalojada por impago y Rosa Martín y su equipo la trasladan a otra de Tiro de Pichón hasta que encuentre otro alquiler.

El caso de Ángela abre el lunes de buena mañana la frenética agenda con la que cumple la Unidad de Emergencia Social (UME), dependiente del Área de Derechos Sociales del Ayuntamiento y en coordinación permanente con el Área de Seguridad y el Instituto Municipal de la Vivienda (IMV). También trabajan codo con codo con otras administraciones para que este tipo de emergencias sociales y sanitarias en una ciudad como Málaga, que no descansa ni de día ni de noche, sean resueltas lo más rápidamente posible. De hecho, el proyecto que dirige Rosa Martín con sus compañeros Juan Vicent (coordinador y enfermero), José Almagro (enfermero), Andrés Guerrero (trabajador social), Mariola Sánchez (psicóloga) y Loli Márquez (auxiliar de domicilio) se ha convertido en apenas año y medio en una de las unidades de referencia en España. Por sus manos y por sus teléfonos ha pasado de todo hasta sumar más de 1.600 intervenciones.

El equipo de profesionales, entre trabajadores sociales y sanitarios, acude allí donde haya una persona vulnerable. Y avisan: «Esto nos puede pasar a todos»

«Todos podemos estar en una situación de vulnerabilidad y es ahí donde entramos nosotros», confirma Rosa mientras da las últimas instrucciones para cumplir con todas las actuaciones previstas en la jornada. Y eso sin contar con las urgencias, porque en la UME no se para ni un momento. Caídas de ancianos que viven solos, un desalojo o un desahucio, ingresos urgentes en centros residenciales, traslados no voluntarios o detección y actuación sobre los casos de intentos de suicidio son sólo una parte de la labor extensa que desempeña este grupo y que, al contrario de lo que pueda pensarse, no es exclusivo de las personas en riesgo de exclusión social. De hecho, todos podemos ser Ángela. Que se lo pregunten si no a una de las últimas parejas de turistas finlandeses que tuvieron que ser atendidos por este equipo cuando a la hora de embarcar de vuelta a casa se toparon con el ‘no’ rotundo de la compañía aérea porque su hija estaba enferma de varicela y suponía un riesgo para el pasaje. «Tuvimos que buscarles un hostal en el que quedarse hasta que pudieron regresar», explica Rosa, que enlaza un ejemplo con otro para demostrar que todos podemos ser «vulnerables» si se dan las condiciones adecuadas. «Imagina que estás llevando a tu hija al cole y de repente te da un infarto en plena calle. ¿Qué hacen con ella mientras te llevan al hospital y avisan a tu familia? No la van a meter en un coche de policía, para eso estamos nosotros, para llevarla al cole a intentar normalizar la situación mientras te recuperas o a otro sitio a darle un vaso de colacao calentito», añade con el tono maternal de quien se toma su trabajo como algo más.

En los peores escenarios

Ese ‘algo más’ de Rosa, pero también de su equipo, es lo que termina de aportar la imprescindible dosis de tranquilidad y sentido común en situaciones que pueden llegar a ser límite para la persona. Ángela, la chica nigeriana, les espera en el rellano de la escalera aferrada a sus cuatro cosas: la que ya no es su casa está, casualmente, a un puñado de metros de la vivienda donde fueron asesinados en 2013 Estefanía y su hijo Aarón a manos de su pareja y cuyo caso dejó a la ciudad sumida en una conmoción profunda. «Allí estuvimos nosotros con la familia», recuerda la directora de la UME mientras la furgoneta pasa por la fachada gris. También en el atropello mortal del pequeño de seis años en la cabalgata de Málaga –«quizás lo más duro de todo este tiempo», admite–, en el tornado que asoló San Andrés o en el accidente de moto de un chaval de 17 años que murió al chocar con un camión de Limasa en la calle Pacífico. La madre del joven aún mantiene el contacto ocasional con Rosa en una especie de cordón umbilical que resulta difícil cortar en algunos casos. El de Estefanía y Aarón es otro de ellos: «La abuela de la chica entró en shock. Hubo que sacarla de aquel entorno», recuerda Rosa, al pie del cañón como trabajadora social del Ayuntamiento desde el año 1989 a pesar de que ahora toda esa labor se haya canalizado en una unidad específica.

Esa labor es precisamente la que permite que Ángela no se quede tirada en la calle con un niño y otro en camino cuando la comisión judicial ejecuta el desalojo de su vivienda. «La dueña me dijo que ya no me alquilaba más la casa», cuenta Ángela desde la parte trasera del vehículo que la lleva a un piso del IMV compartido con otra compatriota y sus tres hijos, que se encuentra con una situación similar. Admite que su trabajo como peluquera a domicilio no da «para pagar más de 450 euros» y que en su búsqueda de un nuevo alquiler se ha dado de bruces con la tremenda escasez de pisos a precios razonables por la proliferación de un fenómeno que se alimenta al margen de la necesidad de una parte importante de la población: el de las viviendas turísticas. «Nosotros también lo hemos notado: antes contábamos con plazas fijas de las que podíamos tirar en hoteles y hostales y ahora sin embargo todo va a lo mismo», confirma Rosa, que desde hace unos meses se las ve y se las desea para estirar la capacidad de los tres pisos que ha comprado el IMV para dar respuesta a estas necesidades y que en breve se ampliarán con varios más.

Arriba, el equipo de la UME. De izqda. a dcha., Juan Vicent, Loli Márquez, Rosa Martín, Mariola Sánchez y José Almagro. Abajo, a la izquierda, los hermanos Francisco y Ana se dirigen al vehículo que los llevará a Cottolengo acompañados por Juan y José, ambos enfermeros. A la derecha, Juan ayuda a Ángela con sus pertenencias tras el desalojo. / Salvador Salas

Los desalojos son una parte importante de este trabajo, pero también los traslados –consentidos o no voluntarios– a residencias y centros de internamiento. Cuando Juan, enfermero y coordinador de la UME, llama a la puerta de la casa de Francisco y Ana ya sabe casi con toda seguridad que estos hermanos con problemas mentales que van a ser trasladados a Cottolengo van a poner las cosas fáciles. «En estos casos resulta vital el informe y las visitas previas que hacemos para conocer en profundidad la situación y proponer la solución más adecuada; y también para que nos conozcan», observa el enfermero mientras llama al timbre de la vivienda que ocupan Francisco y Ana. La puerta se abre casi de inmediato: «¿Nos vamos ya a la residencia?», pregunta Francisco, un hombretón que en su DNI suma varias décadas pero cuyo comportamiento dista de estar a la altura de su edad. En su mirada no hay desconfianza porque ya conoce a Juan, a Andrés y a Rosa, que avanzan por el pasillo mientras le animan a coger «rápido» sus cosas. «Cariño, con las medicinas y la documentación es suficiente. El resto de las cosas os las organiza ahora la auxiliar para llevarlas a la residencia», le explica Rosa mientras lo lleva cuidadosamente del brazo al salón y añade entre susurros, girando hacia el otro lado, que «este tipo de traslados es mejor hacerlos cuanto antes, para que no se eternice la salida de la casa y la hagan tranquilos».

Allí también espera Ana, su hermana, que se empeña en dejar «algo de comida preparada» para su otro hermano mayor «porque él solo se apaña muy mal». En realidad, son ellos –Francisco y Ana– los que se apañan regular con él, más preocupado por dar cobertura a sus adicciones que por atenderlos a ellos. «No tienen el cuidado necesario», lamenta Juan poco antes de supervisar la bolsita de medicinas que aparece en un cajón casi tapado por una enorme montaña de pañales para adultos sin utilizar. Las tutelas de Francisco y Ana acaban de ser asumidas por la administración, que ha dictaminado el ingreso en una institución para garantizar que reciben la atención necesaria. En la misma situación está Rosi, la tercera hermana en este grupo de cuatro, aunque su caso se resolverá en unos días hasta que le encuentren una plaza. En cualquier caso, aunque quisiera Rosi tampoco podría coger su documentación y sus medicinas, porque en el momento en el que los hermanos se despiden ella duerme semidesnuda y tirada en el colchón de la habitación que da al pasillo; también rodeada de papeles y pañales.

«Vamos a un sitio mejor»

«Venga, que nos vamos a un sitio donde vais a estar mucho mejor», promete Juan enfilando la salida. Francisco se vuelve porque se le han olvidado sus «estampitas de santos» y Ana se despide con toda la ternura de la que es capaz de su hermana: «Adiós, Rosi, nos vamos a la residencia». Silencio. «¿Pero allí vamos a estar sólo unos meses, no? ¿Serán una especie de vacaciones?», pregunta Ana sin oponer resistencia pero con sus ojos verdes llenos de lágrimas: «Yo es que no soy de salir de mi casa. Nunca lo he hecho...». «Señorita, es que yo echo mucho de menos a mi madre», dice agachando la cabeza mientras que José, el otro enfermero, le echa la mano por el hombro para darle algo de calor y confianza. Ya en la calle, Francisco para en seco, se gira hacia la ventana de su casa y se despide con la mano esperando encontrar allí a su hermano mayor. Pero él no está. Tampoco es novedad en una persona que en los últimos años ha vivido de espaldas a las necesidades de los tres familiares que dependían de él.

En el último año y medio la UME ha realizado más de 1.600 actuaciones

Quienes sí están son los profesionales que esperan en Cottolengo. Francisco, que ha estado todo el camino repitiendo que va «con hambre y sequía (sed)», descubre inmediatamente la preciosa capilla que hay a la entrada de la casa y se tranquiliza. También cuando la subdirectora de la casa, Susana Lozano, se acerca a él, le estrecha la mano y le anuncia que «en nada comemos».

«¿Tengo compañero de habitación?», pregunta Francisco. «Sí, se llama José Luis y es muy apañado», le responde Susana. «¿Pero da malos tratos y pega?», añade él rápidamente y haciendo el gesto con la mano. «¡No por Dios, que no me entere yo de eso!», le tranquiliza Susana con una sonrisa.

Toca despedida, porque la UME se encarga de gestionar este tipo de urgencias y luego ya son los servicios sociales comunitarios los que asumen la solución del caso. Aún no han cruzado el umbral de Cottolengo cuando entra otra llamada en el móvil de Rosa. Es un asunto conocido, porque los bomberos ya asistieron a Joaquín, de 73 años, hace unos días por una caída en su domicilio y cuando vieron el estado en el que vivía dieron rápidamente la voz de alarma al equipo. «Vamos a llevarle una bolsa de comida a ver si conseguimos que nos abra la puerta y vemos cómo está la casa», resuelve Rosa. El anciano vive en pleno centro histórico, y aunque no responde al perfil específico del síndrome de Diógenes ya desde la calle se puede intuir por qué su casa está lejos de ser un espacio habitable. Todas las ventanas están abiertas y por la terraza se acumula el alimento que Joaquín pone a diario a las palomas, que han convertido la vivienda en un palomar insalubre y peligroso.

Una casa que es un palomar

La casualidad quiere que justo en ese momento Joaquín aparezca con movimientos torpes en el portal aferrado a un carrito de la compra que en sus tiempos tuvo que ser de color rojo. Rosa, Juan y José le acercan la bolsa con la comida y le convencen para dejarla en casa. «No te preocupes, Joaquín, ya te la subimos nosotros», dicen los dos enfermeros tratando de aprovechar la ocasión. La inspección dura apenas un par de minutos, justo el tiempo que han aguantado ahí arriba Juan y José sin respirar para no vomitar el desayuno. «Mira, yo creo que esta está en el ‘top’ de las peores», dice el primero tomando una enorme bocanada de aire ya en la calle y pasando con el dedo el puñado de fotos que ha conseguido hacer con su teléfono móvil y que servirán para hacer el informe: el suelo es un tapiz de excrementos de palomas y desperdicios de todo tipo, y las bolsas de basura ocupan todas las esquinas de las habitaciones.

Su labor incluye caídas o desalojos, pero también la asistencia a víctimas de tragedias repentinas

Al verlas, Rosa invita a Joaquín a irse con ellos «para darse una duchita y comer caliente» en el albergue municipal, la sede central de la UME aunque ambos servicios vayan dirigidos a un tipo de población completamente diferente. «Estamos a la espera de que nos asignen otro espacio para trabajar de forma independiente», explica Rosa, que también dirige el albergue y que negocia el traslado de este nuevo grupo a uno de los laterales del Hospital Noble, un espacio «que para nosotros sería ideal por sus conexiones». Joaquín, que no se ha separado de su carrito, sigue la conversación algo ausente en el asiento de detrás: por primera vez ha dicho que ‘sí’ al traslado al albergue y también él cuenta que tiene un hermano al que hay que llamar porque se ha quedado «sin dinero». «No te preocupes, que lo solucionaremos. Pero primero te vas a tomar un puchero calentito». Joaquín sonríe por primera vez. Y a Rosa le suena otra vez el teléfono. Aquí no hay tregua.

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