Domingo de la alegría

El motivo para la alegría es la cercanía del Domingo de Resurrección. :: sur/
El motivo para la alegría es la cercanía del Domingo de Resurrección. :: sur

El sacerdote Alfonso Crespo reflexiona sobre el sentido del 'domingo laetare' de la mano del Magisterio del Papa Francisco y su documento 'La alegría del Evangelio'

ANTONIO MORENO MÁLAGA.

Hoy es el cuarto domingo de Cuaresma, una fecha conocida tradicionalmente como 'Domingo laetare' o 'Domingo de la alegría'. El origen de estos nombres remite a la antífona de Entrada de la Eucaristía tomada del profeta Isaías que comienza diciendo: «Laetare, Ierusalem...» («¡Alégrate Jerusalén!»). El color litúrgico, hoy, pasa del morado al rosa para representar la alegría por la proximidad de la Pascua.

Como explica el sacerdote Alfonso Crespo, párroco de San Pedro en Málaga, «la Cuaresma es un itinerario de conversión a Dios nuestro Padre. Todo itinerario tiene etapas. La sabiduría de la Liturgia nos acompaña en nuestra andadura penitencial, apoyada en el transcurrir del tiempo y deteniéndose en la celebración de los domingos de Cuaresma. La austeridad cuaresmal se atenúa en este domingo IV y se viste de una discreta alegría. ¿Y cuál es el motivo por el que debemos alegrarnos? Desde luego que es la cercanía de la Pascua de Resurrección: Cristo resucitado es la fuente de nuestra alegría. Pero hay otra razón profunda que nos señalan las lecturas de este domingo: a pesar de nuestra indignidad, somos los destinatarios de la misericordia infinita de Dios».

Como dice Benedicto XVI, «Dios nos ama de un modo que podríamos llamar obstinado, y nos envuelve con su inagotable ternura». Podríamos decir que ante el pecado de la humanidad, su continua infidelidad, de la que participamos nosotros, la ira y la misericordia de Dios se confrontan, pero al final triunfa el amor, porque «Dios es amor». Este cuarto domingo de Cuaresma es un «guiño de alegría» porque Dios nos ama, a pesar de todo, con un «amor obstinado» y porque pronto estallaremos de alegría, gritando «¡aleluya! el Señor ha Resucitado».

El Papa Francisco, en su documento programático La alegría del Evangelio, invita a los cristianos a una nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría: «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría. En esta Exhortación quiero dirigirme a los fieles cristianos para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por esa alegría...».

Señala el papa Francisco que: «El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo... Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida...» (EG 2).

Engendrar la alegría

Según Crespo, ya «Pablo VI había señalado que 'la sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy difícil engendrar la alegría'». Nietzsche, uno de los profetas de la «muerte de Dios», acusaba a los cristianos de «no ver en su rostro la alegría de la resurrección», Francisco dice que «la Iglesia no crece por proselitismo sino por atracción» (EG 14). Las personas que se acercan a la Iglesia, al ver la alegría de los católicos, se tienen que sentir removidos, hasta poder decir: «quiero ser parte de esto». La alegría del creyente, no es un optimismo simple que brota de las estadísticas o de las propias virtudes. La alegría nace de saber que formo parte de algo más grande que yo, soy un eslabón de un proyecto que me precede y que me continuará: el plan salvador de Dios.

El párroco de San Pedro recuerda, finalmente, que «Francisco ha resaltado la importancia de la alegría como clave evangelizadora. Y nos describe la Iglesia que debe promover la nueva evangelización como 'Una comunidad acogedora y alegre, que celebra su fe, que vive con austeridad, que practica la caridad, que se preocupa de los necesitados, que tiene un proyecto apasionante, una visión positiva del hombre y del mundo que nace de la fe y de la esperanza'».

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