La Cuaresma según los santos malagueños

Beato Marcelo Spínola. :: sur/
Beato Marcelo Spínola. :: sur

ANTONIO MORENO MÁLAGA.

La Iglesia Católica recomienda intensificar durante la Cuaresma tres prácticas penitenciales: la oración, el ayuno y la limosna. Los tres pilares del tiempo cuaresmal han sido vividos de forma excepcional por los santos y testigos de la fe que practicaron sus virtudes en la Diócesis malagueña. Especialistas en las vidas de tres de ellos, San Manuel González, el beato Marcelo Spínola y la seglar cuyo proceso de beatificación está próximo a ser abierto, 'la Señorita Laura', explican cómo entendieron y vivieron ellos esta praxis que la tradición cristiana aconseja para preparar la llegada de la Pascua.

Un maestro de la oración fue San Manuel González, obispo de Málaga de 1920 a 1935, donde fundó las Misioneras Eucarísticas de Nazaret. Para la hermana Mª Antonia Moreno, superiora de la comunidad de esta congregación presente en Málaga, «la oración es, para san Manuel, y en sus propias palabras, «¡la llave de oro que abre de par en par el Corazón de Jesús! ¡La luz divina que disipa todas las tinieblas y aclara todos los misterios! ¡El bálsamo que cura las heridas del alma, sana los cuerpos y perfuma la vida! ¡El secreto de la paz y de la dicha en medio de las penas acerbas, y receta de la más excelsa santidad!».

Para la religiosa, este Obispo de Málaga «supo dejarse encontrar por la presencia de un Dios vivo y cercano, hecho Eucaristía. Cuando comparte su experiencia, dice: 'Yo no sé que nuestra religión tenga un estímulo más poderoso de gratitud, un principio más eficaz de amor, un móvil más fuerte de acción, que un rato de oración ante un Sagrario'».

El ejercicio de la limosna

Para profundizar en el ejercicio de la limosna, podemos indagar en la experiencia de otro Santo Obispo de Málaga, el beato Marcelo Spínola, que ejerció su pontificado en nuestra ciudad de 1895 a 1906. Como afirma Mª José Fernández, Esclava del Divino Corazón (congregación por él fundada y que sigue teniendo presencia en Málaga), el cardenal Spínola «vive pobre en medio de sus pobres. Cuenta su ayuda de cámara que cuando le comentaba sus temores porque se gastaba demasiado en limosnas, siempre le respondía: 'No se preocupe, tendremos para todo». Cuando se encontraba con gastos que consideraba innecesarios, decidía suprimirlos «porque aquel dinero debía destinarse para los más pobres». Será en Sevilla, en 1905, cuando el hambre arrasaba la capital y los pueblos, a consecuencia de una pertinaz sequía, y viendo que del gobierno de Madrid no llegaban más ayudas, decide salir personalmente a pedir limosna por las calles. Su decisión llenó de asombro a Sevilla. Su imagen de arzobispo mendigo llenó de admiración al mundo entero. Llegaron donativos de París, Londres, Filadelfia, Viena, Nueva York... que fueron distribuidas con arreglo a un mapa de necesidades apremiantes».

Antonio Eloy Madueño es rector del Seminario de Málaga y director del Departamento para la Causa de los Santos. En su opinión, una testigo ejemplar de la vivencia del ayuno como práctica cristiana puede considerarse a Laura Aguirre Hilla, nacida en Málaga en 1901 y cuyo proceso de beatificación está próximo a ser abierto. «Hija de notario, recibió una excelente educación. Fue alumna de Romero de Torres, estudió en la Academia de Bellas Artes de Madrid, y en la de Bélgica. Hablaba perfectamente francés, tocaba el piano y con su preparación le esperaba un brillante porvenir, que abandona para entregarse totalmente a los pobres y necesitados. Y es que «El ayuno que Dios quiere -nos dice el profeta Isaías- ¿no será partir tu pan, y recibir en tu casa a los pobres sin hogar?. El ayuno que Dios nos pide es vaciarnos de nosotros para que Él derrame su amor y misericordia en sus hijos más pequeños y débiles a través de nosotros», afirma Madueño. Laura Aguirre, 'la señorita Laura' como se le conoce popularmente, llegó como misionera del Padre Arnáiz hasta Álora, en 1950. Llena del amor de Dios que la desborda, se entrega a las tareas de la catequesis, pero el encuentro con varias niñas en precarias condiciones, zarandea todo su ser. Se le conmueve el corazón de tal forma que ya no podrá vivir más que entregándose totalmente a ellas, compartiendo con ellas su vida, su miseria, su pobreza, su amor, su fe y su esperanza en la amorosa Providencia de Dios».

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