CONTEMPLAR EL ROSTRO DE CRISTO

Mª ÁNGELES CABRERA

Pedro, Santiago y Juan contemplan en el Monte Tabor el rostro humano de Cristo y también su rostro divino. Jesús se revela tal cual es en la intimidad con sus amigos y discípulos. Se transfigura en su presencia y su rostro se ilumina mientras habla con Moisés y Elías.

Ellos, como nosotros, contemplan la escena y no desean que aquel momento se acabe, porque contemplar a Cristo es descubrir el amor, la belleza, la paz... Él refleja la vida que nos espera en la intimidad y cercanía de Dios, cuando le contemplemos cara a cara.

Pensar en ese momento de encuentro íntimo con Él nos ayuda a perder el miedo a la muerte. Si ya desde esta vida miramos a Cristo, lo contemplamos y meditamos sobre su vida, aprenderemos a tratarlo, a conocerlo y amarlo hasta el punto de desear unirnos plenamente a Él. Mirar, contemplar, admirar, meditar... son cualidades que se echan en falta en el mundo de hoy cuando caemos en el activismo, en la precipitación, cuando nos faltan la calma y la paciencia necesarias para mirar mejor a los demás, escuchar hasta el final, interesarnos realmente por sus cosas. Quien medita la vida de Jesús tiene una fuente de inspiración que no se agota, quien escucha su Palabra conoce la esperanza. Jesús se ha hecho hombre como nosotros para enseñarnos a ser felices, y para que aprendamos a vivir, sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte.

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