La Cónsula: penúltimo hogar de Hemingway y sede de la burguesía del siglo XVIII

Bill Davis, propietario entonces, Rupert Belleville, el novelista estadounidense Ernest Hemingway, Mary Hemingway y Juan Quintana, durante un almuerzo en La Cónsula en 1959. /
Bill Davis, propietario entonces, Rupert Belleville, el novelista estadounidense Ernest Hemingway, Mary Hemingway y Juan Quintana, durante un almuerzo en La Cónsula en 1959.

Su nombre proviene de su primer propietario, el cónsul de Prusia D. Juan Roose Kupckovius, que construyó el palacio en 1807

Fernando Torres
FERNANDO TORRES

Nada más acceder a la Cónsula, el visitante sabe que está adentrándose en un lugar cargado de historia (y de historias). La actual sede de la escuela de hostelería de la Junta de Andalucía esconde numerosos recuerdos entre sus grandes jardines y las antiguas habitaciones. Por su posición geográfica y el estatus social de su constructor, el cónsul de Prusia Juan Roose Kupckovius, la mansión se convirtió en el epicentro de la vida burguesa del siglo XVIII. No obstante, hubo un visitante que se enamoró de su encanto y que, de hecho, contaba con una habitación reservada para sus estancias: el célebre escritor Ernest Hemingway.

Según cita el historiador José Antonio del Cañizo en su obra 'Jardines de Málaga' (1975), el entorno de la Cónsula tiene «muchas posibilidades» para ser un gran jardín histórico, pero siempre le ha faltado «algo» que lo redondee y haga que sea una gran atracción. Tal y como reseña Ramón Fernández Palmeral, «el responsable de la obra fue José Martín de Aldehuela, aunque también se sugiere que el Conde de Villalcázar, propietario de El Retiro, suministró a don Juan Roose 'el plan de un gracioso aunque pequeño jardín'».

La descripciones que se realizaron en la época detallan un lugar hermoso, de elegante arquitectura y adaptado a las necesidades de la burguesía. Desde el último tramo del siglo XVIII, el palacete fue cambiando de manos, siendo comprado y vendida en varias ocasiones. Tal y como explica José García Castillo, en su libro histórico 'La institución consular en Málaga', el viajero e hispanista Richard Ford pasó por la Cónsula a mediados de este siglo, aunque fue en el XIX cuando la finca alcanzó su máximo esplendor, como resalta Cristóbal Salazar en su título 'Personajes en Churriana': «Coches de las mejores marcas, caballos pura sangre y algunos perros tan grandes como pequeños elefantes que pasean entre gatos siameses».

Ernest Hemingway practica el tiro al plato en la Cónsula con sus amigos Antonio Ordóñez y Dominguín. Abajo, vista de la placa que conmemora la visita de Hemingway a la Cónsula y estado del palacete de la Cónsula en 1943, extraída del Archivo Temboury de la Diputación de Málaga. / SUR y Adolfo Fernández Casamayor

Hemingway encontró en esa pequeña finca su último segundo hogar. La vinculación del premio Nobel de literatura con la mansión de Churriana llegó en el ocaso de su vida, entre las carreteras secundarias de la España que vivió y relató. El autor emprendió su viaje para realizar una de tantas crónicas taurinas en el verano de 1959, un artículo que acabó convirtiéndose en su novela 'El verano peligroso'. Dos años después, se suicidó.

Su paso por la Cónsula quedó registrado tanto en los responsables del palacete como en la memoria de la sociedad malagueña. El motivo por el que Hemingway eligió aquél punto estratégico para su viaje difiere según el cronista que lo relate, aunque parece que, para Hemingway, estaba lo suficientemente cerca de Ronda como para que fuese un buen lugar para plantar la máquina de escribir. Otras versiones remarcan la amistad del escritor con el matrimonio inglés que regentaba el establecimiento en aquella década.

Los calurosos días transcurrían entre palabras, reflexiones y cafés con la alta sociedad. Amigos como los toreros Antonio Ordóñez y Dominguín le acompañaron en la parte del ocio. Juntos practicaron tiro al plato y otras actividades, tal y como relata Fernández. Otro de los compañeros de recreo del premio Nobel fue Gerald Brenan, el afamado escritor del Círculo de Bloomsbury. En su autobiografía 'Una vida propia, Memoria personal, Brenan relata varios encuentros con Hemingway, tanto en la Cónsula como en la casa del segundo, que vivía en Churriana tras haberse mudado de Alhaurín el Grande.

Salazar destaca que Hemingway celebró su sesenta cumpleaños en la Cónsula, dando una gran fiesta con fuegos artificiales y casetas de tiro para los invitados. La relación entre el escritor y el palacio se forjó pronto y aunque no duró mucho, los responsables mantenían una habitación disponible para sus estancias entre Cuba y Ketchum (Idaho), donde perfiló sus últimas obras.

Actualmente, la finca conserva varios elementos en recuerdo a su relación con el premio Nobel. Su máquina de escribir preside uno de los accesos, asi como varias placas recuerdan sus paso por el municipio.

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