«Como científico me remito a las evidencias, como cristiano veo cuánto sufrió por nosotros»

Juan José Fernández recoge el testigo de José Manuel Fernández-Fígares, miembro del Centro Español de Sindonología. :: santi panadero
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Juan José Fernández recoge el testigo de José Manuel Fernández-Fígares, miembro del Centro Español de Sindonología. :: santi panadero

El malagueño Juan José Fernández trabaja en el estudio y difusión de la Sábana Santa de Turín, que acerca la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo

BEATRIZ LAFUENTE

Juan José Fernández Valenzuela (Málaga, 1991) es licenciado en Biología y está inmerso en su tesis sobre Biología Celular. Es el encargado de recoger el testigo de José Manuel Fernández-Fígares, catedrático de Biología Celular de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Málaga y miembro del Centro Español de Sindonología, entidad dedicada al estudio y difusión de la Sábana Santa de Turín.

Como explica Fernández Valenzuela, «cuando hablamos de Síndone nos referimos a una tela de 4,42 metros de longitud por 1,13 de anchura, aproximadamente, y que se cree que se utilizó como mortaja de un cuerpo. Muchas de las señales que presenta la imagen que se quedó en esta tela coinciden con muchos de los detalles que cuentan los evangelios sobre la Pasión y Muerte de Jesús de Nazaret».

Este trozo de lino que se conserva actualmente en la Catedral de Turín «pasó a ser estudiado por la comunidad científica a raíz de la primera fotografía que se le hizo. Hasta entonces, había tenido un interés meramente religioso. Fue el abogado y fotógrafo italiano Secondo Pia el encargado de realizarla en 1898, con motivo de la boda de Víctor Manuel III. La sorpresa debió de ser mayúscula cuando, al revelarla, se dio cuenta de la imagen que tenía delante, porque la sábana se comporta como un negativo fotográfico y al hacerle una fotografía, el negativo de esa fotografía resulta ser el positivo de la imagen de la Síndone».

Uno de los interrogantes que «todavía no hemos descubierto es cómo se plasmó esa imagen en una tela de lino puro, propia de personas ricas. Lo que es curioso, porque fue un hombre condenado a morir en una cruz y sin embargo, lo entierran como si fuera un rey, cuando lo normal es que hubiera ido a una fosa común. Estamos seguros de que no es una pintura. Pero se desconoce qué la produjo. Se habla de que una energía muy alta, salida del cuerpo muerto y de manera instantánea, habría podido producir la imagen; sin embargo, a día de hoy no existe ningún aparato o método capaz de reproducirla».

Manchas intactas

Es difícil de entender. Se sabe que el cuerpo «no se sacó de la Síndone -continúa Fernández Valenzuela- porque las manchas de sangre están intactas. Cuando una persona se hace una herida y se la vendan, al quitar la gasa la costra se rompe un poco, se deforma, pero en la sábana las manchas de sangre están muy bien definidas, lo que quiere decir que el cuerpo no se movió de allí. Pero también sabemos que solo estuvo en la sábana entre 36 y 48 horas, porque no presenta ningún síntoma de descomposición».

Como explica Fernández Valenzuela, «lo que es seguro es que el hombre de la sábana fue condenado dos veces, lo que coincide igualmente con los evangelios. Tras flagelarlo y coronarlo de espinas, lo crucificaron y lo obligaron a cargar el patíbulum (la parte horizontal) que pesaba unos 35 o 40 kilogramos. Además, los reos solían ir atados unos a otros por el pie, para que no se escaparan. Se calcula, además, que este hombre había perdido unos dos litros de sangre por la flagelación, lo que provoca debilitamiento, fiebres, shock... Sabemos que seguramente se cayera varias veces por el camino, porque presenta heridas en las rodillas y restos de tierra de Palestina en la nariz, las rodillas y los pies. Lógico, porque al llevar las manos atadas al patíbulo es normal que cayera con las rodillas y la cara, ya que no tenía las manos libres para apoyarse. El sufrimiento físico del hombre de la sábana fue tremendo, el psicológico no lo podemos saber». Según afirma este científico, «se cree que lo clavaron por las muñecas, porque las manos no hubieran soportado el peso del cuerpo, por lo que los clavos tocarían el nervio mediano, lo que supone un dolor tremendo y provoca calambres en todo el cuerpo».

Pero Fernández Valenzuela, además de hombre de ciencias, es un hombre de fe, por eso explica que «como científico me remito a los estudios realizados, como cristiano, cada vez que me acerco al estudio de la Síndone veo cuánto sufrió por mí, y por cada uno de nosotros. Veo una imagen bien diferente a la que tenemos heredada del Renacimiento, de un Cristo limpio. Realmente este hombre estaba cubierto de llagas y de sangre de la cabeza a los pies, con tierra en el rostro hinchado, demacrado, y no podía respirar... a ello hay que sumar el sufrimiento psicológico que desconocemos. Yo intento quedarme con que «el cuerpo estaba y ya no está» y tuvo que ocurrir algo que los cristianos creemos que es la Resurrección».

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