40 AÑOS DEL 4D

4D y Caparrós: los días que cambiaron Andalucía

40 ANIVERSARIO

Una manifestación multitudinaria y festiva que acabó en luto y violencia. Se cumplen 40 años de aquel día en el que los malagueños salieron a la calle para reclamar la autonomía andaluza. Las represión de la Policía contra la multitud y la muerte, aún sin resolver, del joven Manuel José García Caparrós sumieron a Málaga en uno de los capítulos más convulsos de la Transición

Jon Sedano
JON SEDANO

No llegó vivo al hospital. Su muerte supuso el principio de una guerra de guerrillas que asoló Málaga durante tres días. Aquel 4 de diciembre de 1977 la historia de Andalucía cambió. La festividad se tornó en tragedia. 200.000 malagueños salían a la calle a celebrar lo que iba a ser el Día de Andalucía, pero una sencilla acción, colgar una bandera andaluza del edificio de la Diputación de Málaga, marcó el detonante del episodio más violento que ha vivido la capital desde la Guerra Civil. Padres con niños, ancianos y personas de toda clase corrían desesperados por salir de un campo de batalla donde las bombas de humo y las pelotas de goma eran lanzadas en todas las direcciones.

Entre el caos, sonaron disparos. Los más viejos, que habían vivido la crudeza de la guerra, los reconocieron. Un Seat 600 blanco salía a toda velocidad en dirección al Hospital Carlos Haya. En su interior, un joven de 18 años, Manuel José García Caparrós, se desangraba a causa de una bala que al parecer salió del arma de un miembro de la Policía Armada. Murió antes de llegar. Nadie pudo salvarle.

El camino hacia el Día de Andalucía Las elecciones y el sueño autonómico

En 1977, Andalucía deseaba su autonomía. No quería seguir relegada a un segundo o tercer plano como había ocurrido hasta la fecha. Las elecciones generales de junio de ese año, las primeras democráticas, dieron la presidencia a Adolfo Suárez (UCD) y alentaron los anhelos regionales. Las comunidades históricas (Galicia, País Vasco y Cataluña), que durante la Segunda República ya habían iniciado un proceso de constitución, tomaban la vía rápida para obtener su autonomía, algo que se plasmaría en el artículo 151 de la futura Constitución Española. Mientras tanto, el resto de comunidades, entre las que se encontraba Andalucía, tendrían que acogerse a otro proceso más lento, de cinco años, durante el que se reformarían estatutos y se ampliarían competencias.

El 24 de noviembre de 1977, Enrique Riverola, gobernador civil de Málaga, recibió una carta firmada por diez partidos políticos, algunos de ellos recién legalizados, como el PCE. En ella, acogiéndose a la posibilidad de reunión que desde 1976 ya era legal, se solicitaba permiso para manifestarse el 4 de diciembre y exigir la instauración de un régimen preautonómico para Andalucía.

En la petición estaba todo detallado: el lugar elegido para convocar a los manifestantes sería la Plaza de la Malagueta (junto al Hospital Noble) a las 11 horas; el itinerario, con nombres de calles diferentes a los actuales, recorrería el camino hasta el Puente de Las Américas, donde Rafael Ballesteros, diputado por el PSOE, leería una proclama escrita entre todos los partidos promotores.

«Hubo una reunión en la que se decidió no solamente el texto que se leyó allí sino el sentido de la manifestación. La cabecera estaba formada por los representantes de los partidos mayoritarios, ya reconocidos democráticamente. Como yo era el número uno de la lista más votada en Málaga, se decidió que fuera el que leyera el texto en nombre de todos», recuerda el socialista Ballesteros. También estaban ya definidas las pancartas y consignas que se utilizarían y que estarían ligadas al motivo de la convocatoria, es decir, primarían sobre todo las banderas andaluzas, que aún no eran oficiales. No haría falta la presencia de fuerzas de orden público, ya que la concentración contaría con su propio servicio.

Para el historiador de la Universidad de Málaga Fernando Arcas, que asistió a la manifestación como estudiante, la cita tenía una doble relevancia, de ahí su éxito: por un lado, la reclamación autonómica y, por otro, la recuperación de la calle por la gente en el inicio de un proceso democrático.

El 4 de diciembre iba a pasar a los calendarios como una nueva festividad andaluza. Iba a ser el Día de Andalucía. El acuerdo también se había establecido en las siete provincias restantes e incluso, tres días antes, ciudades como Ronda, Antequera o Marbella convocaban actos similares.

Los días previos al 4 de diciembre, emisoras y prensa local se centraban en alentar a los malagueños a concentrarse. «Nadie sabía qué era la autonomía, ni los partidos políticos, pero se planteaba como el deseo de romper con lo que habíamos vivido antes. Para todos era una ilusión conseguir la preautonomía y en Radio Juventud nos volcamos de lleno en el Día de Andalucía», comenta Rafael Rodríguez desde su despacho en la Asociación de la Prensa de Sevilla.

Para los más jóvenes era una cita ineludible. Ángel Escalera era un estudiante de casi 17 años en el instituto Nuestra Señora de la Victoria (Martiricos). El hoy redactor de SUR recuerda el sentir político de las nuevas generaciones: «Después de la dictadura franquista, se empezaban a atisbar los brotes verdes de la democracia incipiente. Era como una obligación para los alumnos del instituto participar activamente en la manifestación».

Pero una noticia trastocó los planes de una celebración idílica: el presidente de la Diputación, Francisco Cabeza, había decidido no poner ninguna bandera andaluza en el edificio. La decisión sorprendió a muchos organizadores de la convocatoria, que se enteraron dos días antes en directo en Radio Juventud. La tensión impregnaba el ambiente.

El 2 de diciembre, una avioneta sobrevolaba la capital lanzando miles de pasquines en los que se llamaba a los malagueños a acudir a la convocatoria. Ese mismo día, el delegado provincial de Fuerza Nueva de Málaga, Agustín Utrera, aseguraba que la ausencia de la bandera roja y gualda durante la manifestación era un «descarado atentado a la unidad de España» y que la enseña verde y blanca «solo representaba al partido socialista de Andalucía», dando a la concentración «un matiz puramente político y no de unidad regional». La llamada ‘guerra de banderas’ había comenzado.

La manifestación La festividad que se tornó en tragedia

La noche del 3 al 4 de diciembre, grupos de brigadas fascistas se dedicaron a romper carteles de la manifestación y a pintar banderas nacionales por el recorrido previsto, propiciando así un mayor ambiente de tensión. Por la mañana, el día se levantaba con oscuras nubes y fuertes lluvias. Se temía que la gente no saliera a la calle, pero nada más lejos de la realidad. 200.000 malagueños se congregaban ilusionados aquel domingo junto al Hospital Noble.

Autobuses con manifestantes de otras ciudades más lejanas llegaban a lo que ahora es la Plaza de la Marina para sumarse a la fiesta. Gente de todas las edades ataviada con banderas y bufandas verdes y blancas daban color a la inmensa marea humana. Desde las 10 de la mañana ya se habían empezado a congregar personas que celebraban con júbilo el día. Los 800 miembros que componían el servicio de orden organizado por los convocantes se distribuían a lo largo del recorrido, donde integrantes de Fuerza Nueva y FAE (Frente Anticomunista Español) ya daban gritos de '¡Viva Andalucía Española!'. Una exclamación que se contraponía con la de '¡Viva Andalucía libre!' que gritaban muchos manifestantes.

La cabeza de la marcha, formada principalmente por parlamentarios, iba tomando forma. En las primeras filas se encontraban, entre otros, los senadores Francisco Villodres (UCD) y Braulio Muriel (independiente); los diputados Rafael Ballesteros (PSOE), Francisco de la Torre (UCD) y Tomás García (PCE), y los secretarios Miguel Ángel Arredonda (PSA) y Godofredo Camacho (MCA). Alguno de ellos, como Florián Calvo (PTA), sonreía al escuchar las rimas que sonaban entre los congregados: 'Arribote, fascista el que no vote'. Era un día de fiesta, aunque pronto, se tornaría en desastre.

La cabecera de la manifestación, con los representantes de las principales fuerzas parlamentarias.
La cabecera de la manifestación, con los representantes de las principales fuerzas parlamentarias. / Archivo Foto UMA Bienvenido Arenas

Entre los manifestantes empiezan a escucharse comentarios que generan tensión: «Hay miembros del FAE frente a la Diputación y Enrique del Pino está entre ellos con una gran bandera de España en la mano». Pero lo que realmente altera a todos es algo que ya se sabía y que ahora se confirmaba. Francisco Cabeza no había colocado la bandera andaluza en el Palacio Provincial. «La Diputación de Málaga no quiso ponerla, lo que creó una tensión previa a la manifestación», explica en la actualidad De la Torre. En aquel momento, Arredonda exclamaba: «No haber puesto la bandera en la Diputación es un acto provocativo». Opinión a la que se unía Calvo: «La Diputación que no representa al pueblo se enfrenta al sentir del pueblo».

Archivo Foto UMA Bienvenido Arenas

Pasadas las 12 horas, la cabeza de la manifestación, con 19 personas al frente, iniciaba el recorrido bajo el gran aplauso de las miles de personas congregadas. 'Andalucía está en la autonomía' fue uno de los gritos que más se repitieron. Al pasar por delante del Palacio Provincial y ver que solo ondeaba la bandera nacional, el grupo inicial se detuvo como símbolo de disconformidad, pero al poco, inició de nuevo su camino sin saber que tras ellos se desataría la tragedia.

Al entrar a lo que ahora es la Alameda principal, el falangista Enrique del Pino y varios miembros del FAE se acercaron con banderas nacionales hacia los manifestantes en señal de provocación. Hubo insultos y la Policía Armada decidió llevarse a los ultraderechistas lejos de la zona, por seguridad.

La cabeza de la manifestación llegaba al Puente de Las Américas, donde el socialista Rafael Ballesteros, representante de la lista más votada, leía una proclama rodeado del resto de parlamentarios.

Miles de malagueños escuchaban sus palabras bajo el puente, a lo largo de la gran avenida, sin tener idea de lo que estaba ocurriendo en el Centro de la capital.

La multitud agolpada en la Avenida de Andalucía.
La multitud agolpada en la Avenida de Andalucía. / Fondo UMA Bienvenido Arenas

El reloj ya había marcado las 14.00 horas y la manifestación concluía. La gente se dirigía hacia sus casas y muchos regresaban hacia la Alameda. Cuando se estaban acercando al Puente de Tetuán, a la altura de donde hoy se encuentra El Corte Inglés, comenzaron a ver humo, a escuchar gritos y a ver gente corriendo. El caos y la incertidumbre se adueñaron de Málaga.

El detonante de la violencia El joven que escala la Diputación

Minutos antes, mientras en el Puente de las Américas Ballesteros leía el manifiesto, miles de personas se quejaban frente al Palacio Provincial por no haber colocado la bandera andaluza. Gritos de 'Dimisión, Cabezón', 'Cabeza, fascista' o 'Cabeza, dimite, el pueblo no te admite' iban generando una indignación que se acrecentó con las naranjas y piedras que tiraban los manifestantes. En su interior, los policías que había congregados empezaban a ponerse nerviosos. A la espalda del edificio, los furgones policiales o ‘lecheras’ llenas de agentes esperaban órdenes.

La situación estalló con la acción menos agresiva: un adolescente escalaba, literalmente, el edificio y trataba de colocar una pequeña bandera andaluza junto a la nacional. Las puertas del balcón se abrieron y el joven Juan Manuel Trinidad Berlanga, de 18 años, fue arrastrado hacia el interior. Unos dicen que por evitar que se cayera, otros, que por ser hijo de un policía. Fuera como fuera, para los ojos de los miles de concentrados, el chico había sido apresado. Fue la chispa definitiva que hizo explotar la tensión acumulada. «Sabíamos que algo iba a pasar y la policía también. Por eso nos pusimos a cubrir la manifestación desde un edificio cercano al Palacio Provincial», explica el periodista Rafael Rodríguez.

Las puertas del Palacio Provincial se abrieron de par en par y de él salieron decenas de policías armados. Las pelotas de goma, hechas de caucho macizo, atravesaban el humo que salía de los botes que la Policía Armada disparaba. La gente empezó a correr sin saber qué dirección tomar. Los jeeps que se encontraban en la calle Sancha de Lara aparecían frente a los manifestantes.

Fondo UMA Bienvenido Arenas

«Aquello fue sorpresivo, jamás pensamos que podrían actuar así. Ellos tenían que saberlo. Iban personas con los niños a cuestas, otros con carritos… Iban a pedir nuestra autonomía», recuerda Carmela García, secretaria general de CC.OO. en Vélez entonces, quien en los momentos de incertidumbre perdió a sus dos hermanos, uno de 13 y otro de 16 años.

Muchos manifestantes, que aún no habían salido de la zona del Hospital Noble debido a la gran cantidad de gente que acudió a la cita, como el alcalde de Málaga Luis Merino, comenzaron a correr ante la avalancha de personas. La gigantesca marea humana se deshacía entre las calles del centro mientras policías cargaban brutalmente contra los reunidos. ¿El motivo? «La policía transmitió una información alarmista al gobernador sobre lo que ocurría en la Diputación y este ordenó actuar disolviendo la manifestación», explica De la Torre.

Poco faltaba para que el día viviera el momento de mayor crudeza. A 500 metros del Palacio Provincial, en el Puente de Tetuán, un grupo de la Policía Armada que se quedaba sin munición antidisturbios se puso nervioso al verse acorralado. Unos 300 manifestantes se acercaban hacia ellos desde el Puente de las Américas y otros 40, armados con las astas de las banderas, se dirigían en su dirección desde la Avenida del Comandante Benítez. Lo que no sabían es que los primeros vivían ajenos a lo que estaba ocurriendo, ya que regresaban hacia sus casas tras concluir la manifestación. Los segundos, en cambio, tenían la intención de atacarles por la brutalidad con la que habían actuado contra familias y personas mayores. En el Puente de Tetuán, el periodista Vicente Almenara, que por aquella época era becario de 'Sol de España', vivía con sorpresa lo que sucedía: «En el puente nos tiramos al suelo varias personas porque estaban disparando».

De regreso del Puente de las Américas tras la lectura de la proclama, el parlamentario de UCD Francisco de la Torre no daba crédito a lo que ocurría a medida que se acercaba a la Alameda: botes de humo, gente huyendo de la policía y grupos de manifestantes tirando piedras a los agentes.

Los disparos La muerte de García Caparrós

Un joven de 18 años, trabajador de Cerveza Victoria y afiliado a CC.OO., Manuel José García Caparrós, trataba de salir de la zona en esos momentos. Tomó la dirección equivocada. Iba junto a un amigo, ya que el resto de sus compañeros se había desperdigado entre el caos.

El joven García Caparrós se marchaba de la manifestación cuando fue alcanzado por una bala.
El joven García Caparrós se marchaba de la manifestación cuando fue alcanzado por una bala.

Los policías, nerviosos, dispararon contra el grupo de manifestantes que iba hacia ellos con palos. «Caparrós pasó junto a mí y entonces vi al policía disparar. Le recuerdo perfectamente agarrándose el brazo con el que sujetaba la pistola. Fueron al menos cinco tiros. Escuché los cristales caer a mi lado y, al mirar hacia el suelo, él estaba allí, con un agujero de bala en la chaqueta del tamaño de una peseta. Le pregunté: '¿Compañero, estás bien?’ Pero él solo se preocupó por su amigo. ‘Mi amigo, ¿dónde está mi amigo?’, me dijo. Al amigo le estaba golpeando la policía. En ese momento, tres compañeros vinieron hacia nosotros, lo cogieron y se lo llevaron en un coche hacia el hospital». Con estas palabras, Francisco Quiñones, que en 1977 era delegado de CC.OO. en Málaga, explica cómo fueron los últimos momentos del joven.

«Mi hermano era un trabajador de Cerveza Victoria que había ido a esa manifestación como muchos andaluces», explica Loli, hermana de García Caparrós, que era entonces una adolescente. Nunca le vio regresar a casa. Manuel José murió desangrado de camino hacia Carlos Haya en el Seat 600 blanco que le recogió. La causa de su muerte había sido una herida de bala en su espalda, a la altura del omóplato izquierdo.

«Vivíamos en la calle La Unión. Aquel día vino un celador a mi casa sobre las cinco y media de la tarde. Yo estaba allí con mis padres cuando nos dijo que mi hermano había tenido un accidente de tráfico. Mi padre se fue al hospital y al llegar le dieron la noticia de que había fallecido. Cuando dijo que quería ver el cuerpo, se lo impidieron. Él se puso nervioso y al final le dejaron ver el cadáver. Entonces le dijeron que había muerto de un tiro», recuerda Loli García Caparrós.

La bala, como el crimen, se convirtió en un misterio que ha perdurado hasta nuestros días. El proyectil desapareció, los policías implicados fueron destinados a otros lugares o estuvieron de baja durante las fechas siguientes. Hay un testigo que situaba a Caparrós en una zona cercana, en lugar de en el punto en el que otros le vieron recibir el disparo. El sindicalista Francisco Mergal explica que siempre ha querido contar lo que vio, pero que el miedo a las represalias de la época o a que se tergiversara su declaración, se lo impidieron. «Estaba harto de escuchar una versión que no era la real».

Agujeros de bala en las inmediaciones del Puente de Tetuán y dos extractos del sumario de García Caparrós. / Fuente propia y Fondo UMA Bienvenido Arenas

La guerra de guerrillas Málaga, campo de batalla

«Tras la muerte de Caparrós, hay una enorme tensión y el conflicto se dispara con episodios de guerrilla urbana». Con estas palabras, Fernando Arcas define la situación que Málaga vivió durante los siguientes dos días. La tarde del domingo 4 de diciembre, los parlamentarios se dirigieron a hablar con el gobernador civil para exigirle explicaciones de lo que estaba ocurriendo en las calles. Según explican, Riverola no daba crédito a lo que escuchaba. No entendía cómo había podido morir un joven y cómo había dos personas más en el hospital con heridas de bala, una de ellas, un muchacho de 14 años. Después de contactar con el Hospital Carlos Haya para confirmar los datos, llamó al comisario de policía para pedir explicaciones. Poco después, sonaba de nuevo el teléfono. Era Rodolfo Martín Villa, ministro de Interior, que quería saber de primera mano qué estaba ocurriendo en la capital. Días después, el político viajaría a Málaga para interesarse en persona por los acontecimientos.

Periodistas y parlamentarios esperaban en el Gobierno Civil mientras veían atónitos cómo la policía seguía cargando con brutalidad contra cualquier grupo de personas que se encontrara en las inmediaciones. El mero hecho de estar en la vía pública ya era condicionante para ser golpeado o detenido.

Sobre las 16.00 horas, la calma se adueñó momentáneamente de la ciudad, aunque corría el rumor de una nueva manifestación, motivada ahora por los recientes sucesos. Rafael Ballesteros grababa un comunicado en el que pedía «calma en momentos tristes y graves». El parlamentario, en representación de todas las fuerzas democráticas, mostraba su repulsa por lo ocurrido y convocaba una huelga general para el 6 de diciembre. El mensaje se emitió por las tres emisoras locales, pero el llamamiento a la tranquilidad no surtió efecto. A las 18.00 horas, estallaba el caos.

Los comercios y bancos de las principales calles del centro sufrían la ira de una población enfurecida. «La gente ponía coches y contenedores cruzados en las calles a modo de barricadas y la Policía Armada pedía ayuda a los bomberos y a otros operativos para poder hacer frente a todo, ya que no daban abasto», explica el periodista Rafael Salas. Desde Radio Juventud, que tenían acceso a la emisora de la policía, iban narrando lo que sucedía en cada momento y hacia dónde se dirigían los antidisturbios. «Nos debíamos a los ciudadanos y nuestra labor era informar», relata Rafael Rodríguez.

Hasta las 22 horas, las calles Larios, Martínez y la Plaza de la Marina, llamada entonces Queipo de Llano, se convirtieron en campos de batalla. Tres cócteles molotov se estampaban contra un grupo de antidisturbios en la Plaza Uncibay. Según recoge el libro ‘Morir por Andalucía’, un hombre, armado con una escopeta de aire comprimido, corría por el centro detrás de un grupo de manifestantes gritando «¡Rojos, vais a saber lo que es bueno! ¡La derecha nunca será vencida!».

Fondo UMA Bienvenido Arenas

Grupos de extrema derecha e izquierda se dedicaron a destrozar comercios y sedes de unos y de otros. Nadie estaba a salvo, ni siquiera los políticos. Carlos Sanjuán relata que durante esos días, creyendo que la Policía Armada tendría en cuenta su condición de diputado, salió a la calle para buscar a unos compañeros. Allí, vio cómo una pareja de agentes sacaba de un vehículo a varias personas, una de ellas embarazada, y las trataba con muy malas formas. «Así no», les recriminó poco antes de que uno de los guardias le asestara un puñetazo en el estómago. Indignado, se dirigió de nuevo hacia el Gobierno Civil para denunciar los hechos.

La noche del domingo, durante la rueda de prensa oficial, el gobernador civil asumía la responsabilidad de los hechos. Por la mañana, el presidente de la Diputación, Francisco Cabeza, había presentado, según algunos de forma obligada, su dimisión.

Pintada anunciando el funeral de García Caparrós. / Fondo UMA Bienvenido Arenas

Mientras la ciudad estallaba en revueltas, sobre todo en la zona centro, el cadáver de Manuel José García Caparrós era trasladado al Cementerio San Miguel. En el lugar en el que fue recogido situaron velas y pintaron la pared con frases de repulsa como «Crimen fascista». El funeral, que tuvo lugar el lunes 5 de diciembre a las 17.30 horas, se convirtió en un punto de peregrinación para los malagueños, impactados aún por la brutalidad ejercida contra una manifestación pacífica. Desde la misma madrugada, la gente fue acudiendo al cementerio para congregarse allí y transmitir su pésame a la familia.

Cerca de 30.000 personas acudieron al funeral. Se pidió expresamente que no se politizara la ceremonia y la gente lo cumplió. No había ninguna bandera ni pancarta. Por no haber, no había ni Policía Armada, que se había mantenido al margen por precaución.

«Era una tarde fría. Desde mucho antes, la plaza del Cementerio de San Miguel estaba abarrotada. En la capilla, el obispo de Málaga Ramón Buxarrais pronunció unas palabras. También asistió el secretario general de CC.OO., Marcelino Camacho», recuerda el periodista Ángel Escalera, que asistió al sepelio siendo adolescente y que también vivió un momento de gran tensión cuando se extendió un rumor entre los asistentes. «El miedo se produjo por algo que en realidad después no llegó a ocurrir. Yo estaba con un grupo de amigos y una marea humana me levantó del suelo y acabé contra las tapias del cementerio porque alguien había dado la voz de alarma de que venía un grupo de ultraderecha a reventar el entierro».

Fondo UMA Bienvenido Arenas

Al funeral acudieron algunos falangistas con el brazo en alto, pero nadie se exaltó. Al sellar el nicho, tras un minuto de silencio en el que los puños en alto de los sindicalistas suplieron a las pancartas, gran parte de los allí congregados decidieron ir a manifestarse frente al cuartel de la Policía Armada situado en la Alameda Colón.

Varios policías vigilaban la zona, sin saber muy bien cómo actuar debido a la inexperiencia que tenían ante situaciones de tal envergadura. Insultos y piedras eran lanzados contra el cuartel. Los nervios estaban a flor de piel y nadie sabía qué iba a ocurrir, aunque a ninguno hubiera sorprendido una nueva desgracia. En esos momentos, agentes antidisturbios venidos desde Linares aparcaban sus jeeps en la Alameda y arremetían contra todos los manifestantes allí congregados. Entre las tropas, varios testigos cuentan que había legionarios enviados para ayudar a controlar la situación.

El caos se hacía de nuevo con Málaga. «Había barrios en los que la gente tenía cócteles molotov preparados en fila en las ventanas para lanzarlos al ver pasar a algún coche de policía», recuerda el historiador Fernando Arcas. Los agentes que habían venido de fuera tenían miedo de entrar en barrios como La Trinidad. No conocían sus calles y temían ser presa de una emboscada. No era para menos. Grupos de personas esperaban escondidos a que pasaran los antidisturbios para lanzarles piedras. La represión era suprimida de forma brutal con porras y pelotas de goma, dejando 14 personas asistidas, entre ellas, varios menores, además de dos Policías lesionados. Esta cifra se sumaba a los 11 heridos con los que se había saldado la tarde del 4 de diciembre.

Carretería, Plaza Uncibay y Armengual de la Mota fueron el escenario habitual de los actos vandálicos, aunque no se produjeron daños de consideración. La sede de Fuerza Nueva ardió, como había sucedido la noche anterior con los Almacenes Mérida. La presencia de los bomberos fue requerida por la Policía Armada, quienes se veían desbordados ante la gran cantidad de incidentes que se iban dando en la capital.

Las barricadas y los coches cruzados fueron una constante durante toda la tarde y la noche del lunes. El Palacio Provincial, lugar del detonante de la catástrofe, lucía desde la mañana una gran bandera andaluza con un crespón negro, eso sí, comprada por los propios trabajadores de la Diputación, que estaban en huelga hasta que la dimisión de Cabeza se hiciera oficial.

Fondo UMA Bienvenido Arenas

Periodistas y reporteros de toda España llegaban a Malaga para contar la historia e inmortalizar la esquina donde cayó Caparrós. La Hoja del Lunes, único medio impreso que en aquella época se publicaba ese día, ya se había hecho eco de los sucesos, 'Graves incidentes en Málaga'. Por su parte, SUR y Sol de España decidieron no sacar ningún ejemplar el martes en señal de duelo, día en el que la huelga general paralizó Málaga. La mañana del miércoles la ciudad ya había vuelto a la rutina y SUR abría su portada con varias fotografías del entierro bajo el texto ‘Dolor en Málaga’.

La 'Hoja del Lunes', que se salió el día después de la manifestación. La portada de 'Sol de España' y SUR, que no publicaron hasta el 7 de diciembre porque secundaron la huelga general en repulsa a lo ocurrido.
La 'Hoja del Lunes', que se salió el día después de la manifestación. La portada de 'Sol de España' y SUR, que no publicaron hasta el 7 de diciembre porque secundaron la huelga general en repulsa a lo ocurrido.

Han pasado 40 años y el recuerdo de aquella manifestación quedará para siempre ligado en la memoria colectiva a la muerte del joven Manuel José García Caparrós. El sitio donde cayó su cuerpo es desde el 28 de noviembre de 2017 'Lugar de Memoria Democrática de Andalucía'.

Cuatro meses después de aquel 4D, el sueño de miles de malagueños y andaluces se hacía realidad. En abril de 1978, Andalucía contaría con su preautonomía, y el 28 de febrero de 1980 se celebraría el referéndum autonómico. Desde entonces, esa fecha pasó a ser el Día de Andalucía. El 4 de diciembre de 1977 quedó manchado en el recuerdo con la sangre de un joven que salió a la calle a reivindicar un derecho que deseaba: la autonomía para Andalucía.

Créditos

Coordinación y edición:
Elena de Miguel
Texto y documentación:
Jon Sedano
Entrevistas vídeo:
Jon Sedano, Rossel Aparicio y Pedro J. Quero
Edición vídeo:
Rossel Aparicio
Diseño y soporte técnico
Juan José Fernández
Redes sociales y narración online:
Ángel de los Ríos

Fuentes

Fotos
Archivo Foto UMA Bienvenido Arenas (CTI) y Centro de Ediciones de la Diputación de Málaga (CEDMA)
Medios consultados
Diario SUR, Sol de España, ABC, Hoja del Lunes, Radio Juventud
Bibliográficas
Morir por Andalucía (Equipo 4 de diciembre), Tesis doctoral sobre Radio Juventud (Juan Tomás Luengo), Los sucesos de Málaga (Carmen R. García Ruiz), García Caparrós: Memoria y libertad (CEDMA), Historia y memoria de la transición en Málaga (Área de Cultura y Educación Diputación Provincial de Málaga) y Tiempo de Cambio (Fernando Arcas Cubero, ed.)

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