«Me dio claustrofobia, vi una puerta con la palabra ‘Exit’ y salí del avión»

Romuald vive en un piso de acogida que le ha proporcionado Cáritas. / Galindo

El pasajero que intentó bajarse de un avión por un ala asegura sentirse «avergonzado» y pide perdón al resto de viajeros y a la compañía

Juan Cano
JUAN CANOMálaga

«Estoy... ¿cómo se dice?». Romuald saca del bolsillo de su inseparable mochila verde un móvil LG, antiguo pero bien conservado (se lo regaló hace un par de años una buena amiga, que fue además su «primer amor», confiesa con rubor), y entra en el traductor de Google. Teclea las palabras en polaco y muestra, con los ojos enrojecidos, la pantalla del teléfono con la expresión equivalente en español: «Estoy avergonzado».

Romuald es el pasajero que el pasado lunes salió de un avión por la puerta de emergencia con la intención de bajarse desde una de sus alas y que protagonizó un vídeo que Internet convirtió en viral. «No iba a saltar. Cuando llegué al borde vi que había demasiada altura, así que volví a la cabina», confiesa el polaco, «desbordado» por la repercusión que ha tenido la noticia. «Fue un error», repite varias veces en la entrevista.

La pregunta es: ¿por qué lo hizo? ¿Tenía prisa?

[Romuald, un tipo alto, de ojos claros, aspecto cuidado y apariencia tranquila, se encoge de hombros mientras busca en su cabeza la traducción...]

–No había quedado con nadie ni llegaba tarde a ninguna parte. No sé qué me pasó. Sentí un poco de claustrofobia. Me puse nervioso, no entendía que estuviéramos en Málaga y no pudiéramos bajar del avión, así que vi una puerta que ponía ‘Exit’ y salí. La gente empezó a aplaudir y a animarme (levanta el pulgar, emulando los gestos que le hacían los viajeros que contemplaban la escena).

Se expresa con dificultad, aunque consigue hacerse entender. Está dado clases de español dos veces por semana con ayuda de Cáritas, que le ha proporcionado techo y comida en un piso de acogida en Ciudad Jardín que comparte con otros dos hombres, ambos españoles. Él devuelve la ayuda colaborando con el coro y el teatro, o ayudando al personal a colocar la comida en las estanterías del Hogar de Pozos Dulces, la dirección que facilitó a la Guardia Civil cuando lo denunció por una infracción a la Ley 21/2003 de Seguridad Aérea. «A los cinco minutos del incidente, llegó un autobús y se bajó todo el mundo, pero a mí me ordenó el capitán que me quedara en la cabina hasta que llegara la policía. Poco después se presentaron dos agentes y, cuando la tripulación le contó lo sucedido, ambos sonrieron. Yo no sabía que me habían multado», recuerda. Romuald estaba «muy tranquilo» cuando llegaron los guardias civiles y les confesó que salió por la puerta de emergencia porque se había «agobiado» por los retrasos en la salida de Londres –«no recuerdo cuánto tiempo tardó, tengo mucha memoria, pero solo a corto plazo»– y después para desembarcar en Málaga.

Romuald llegó a España hace siete años para trabajar como pintor en una obra en Marbella. En la ciudad del norte de Polonia donde nació (prefiere omitir el nombre), en la que dejó a su madre octogenaria, su hermano marino (tres semanas fuera, una en casa) y algunos amigos, se ganaba la vida en unos astilleros.

Las cosas le fueron bien durante un tiempo, pero el trabajo terminó y su jefe le dio la opción de comprarle unos billetes de regreso a Polonia. «Le pedí que me diera el dinero y ya me buscaría yo la vida». Acabó en la calle. En Fuengirola, adonde llegó de la mano de un amigo, llegó a dormir al raso. Después vino a Málaga y estuvo en el albergue municipal, donde una trabajadora social, «una buena persona», lo derivó al Hogar de Pozos Dulces, en el que lleva cuatro años. Romuald ha tenido problemas con el alcohol, «y todavía necesito un poquito de ayuda». Es la segunda vez que se emociona en la entrevista.

Las tres hijas de su hermano marino viven en Londres. Romuald cumplía 57 años el 26 de diciembre y una de sus sobrinas decidió pagarle los billetes para que celebrara su cumpleaños y pasara la Navidad en familia. Voló a la capital inglesa el día 23. «Cuando llegué a la casa de mi sobrina y me abrieron la puerta, allí estaban mi hermano y mi madre, a la que no veía desde hace siete años. Fue una bonita sorpresa». Hoy (por ayer) lleva una de las camisetas que le regalaron sus familiares. Con su mochila al hombro, paseando por las calles del Centro, bien pasa por uno de los muchos turistas que visitan la ciudad.

Sin recursos. Romuald se saca unos euros tocando la guitarra en la puerta de la Catedral y vive en un piso de acogida que le ha proporcionado Cáritas, organización con la que colabora en actividades como el coro o el teatro.
Sin recursos. Romuald se saca unos euros tocando la guitarra en la puerta de la Catedral y vive en un piso de acogida que le ha proporcionado Cáritas, organización con la que colabora en actividades como el coro o el teatro. / Galindo

Romuald aprovechó el viaje para visitar a dos buenos amigos que viven con sus mujeres en Birmingham y con los que antaño formó un grupo de música. «Yo era el guitarrista. Cantar... mejor no». Sus amigos le regalaron una guitarra, pero para no encarecer el viaje se la van a mandar por correo. «A veces voy a tocar la guitarra o el acordeón en la puerta de la Catedral», explica Romuald, que se saca de ese modo unos euros con los que ir tirando. «El dinero no es lo importante. Es necesario, pero nada más».

«No entendía que estuviéramos en Málaga y los pasajeros no pudiéramos bajar del avión» El motivo

«No iba a saltar; cuando llegué al borde, vi que había demasiada altura, así que volví a la cabina» El ala del avión

«Mi familia se ha enterado de la noticia y está asustada por la multa. ¿Cómo voy a pagar eso?» La multa

Romuald se echa las manos a la cabeza al escuchar la cifra de la posible sanción por el incidente, que podría ascender a 45.000 euros, cuando él pensaba que ni había sido denunciado. «¿Cómo voy a poder pagar yo algo así?», se lamenta el ciudadano polaco mientras abre el cierre de velcro de una vieja cartera azul. La billetera está vacía. En el monedero hay cinco monedas; total, 18 céntimos. «En casa tengo algo más...». Unos 50 peniques (media libra) que no le dio tiempo a cambiar tras el viaje. «Mi familia se ha enterado de la noticia y está asustada por la multa. Mis sobrinas me piden que las llame cada día para saber que estoy bien. Siete años en España sin tener un problema y fíjate... Y el primer día de 2018». En Polonia, recuerda Romuald, se dice que, como empiezas el 1, «así es el resto del año».

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