Así atrapó la policía de Málaga al agresor sexual del destornillador

Los investigadores consideran al detenido un «depredador» que salía en su furgoneta en busca de víctimas tras dejar a su novia en casa

Juan Cano
JUAN CANOMálaga

Los investigadores lo consideraban un «depredador sexual». Al caer la madrugada, circulaba por Fuengirola en su furgoneta esperando el momento más oportuno asaltar a mujeres en portales, ascensores o incluso en sus propios coches poniéndoles un destornillador en el cuello para intimidarlas. «No sería la primera vez que mato a alguien», llegó a decirle a la última de sus víctimas, una británica de 19 años que acababa de salir de trabajar.

Las denuncias empezaban a acumularse y trazaban ya claramente el perfil de un delincuente serial. Los agentes de la Unidad de Familia y Atención a la Mujer (UFAM) y de Delincuencia Especializada y Violenta (UDEV) de la comisaría fuengiroleña habían encontrado varios denominadores comunes en las agresiones sexuales –una consumada y tres en grado de tentativa– sufridas por cuatro jóvenes de la localidad.

El primero de los casos sucedió a principios de junio en la avenida Ramón y Cajal de Fuengirola. Una joven española fue abordada por un individuo que la siguió hasta el portal y que se introdujo detrás de ella en el ascensor. El agresor empuñó un destornillador para intimidarla. Una vez dentro del elevador, y tras amenazar con matarla, el sujeto le ordenó que se bajara los pantalones. No le dio tiempo a consumar el ataque sexual, ya que escuchó ruido y, al parecer, creyó que iba a ser sorprendido por unos vecinos, por lo que huyó.

El perfil de la víctima se repitió en el segundo asalto sexual, que se produjo a las siete de la mañana del pasado domingo en la calle Coronel Ripollet, de nuevo en Fuengirola. La chica, también española, volvía a casa tras salir de marcha con unas amigas. Caminaba sola por la calle cuando fue abordada por un individuo que se bajó los pantalones y trató de que la joven le hiciera tocamientos mientras se frotaba contra su falda. A unos metros de distancia venía una de sus amigas, que se había quedado rezagada de camino a casa, y que al ver la situación comenzó a gritar. Al saberse descubierto, interrumpió el ataque y se marchó con total parsimonia en una furgoneta blanca.

Esa misma noche se perpetró otro intento de asalto sexual. Una joven veinteañera pasó junto a un hombre que fumaba un cigarro apoyado en un vehículo –de nuevo, una furgoneta blanca– y que, al verla, salió tras ella. La muchacha aceleró el paso y, al darse cuenta de que la seguía, corrió hasta un portal, donde se refugió del individuo, que llegó incluso a golpear los cristales para que le abriera.

Ataque consumado

El cuarto ataque data del día 6, sobre las cuatro de la madrugada. La víctima es la joven de origen británico. El sujeto la sorprendió cuando la chica acababa de subirse en su coche, que estaba estacionado en las inmediaciones de la calle Maestra Ángeles Azpiazu, de nuevo en el centro de Fuengirola. Él se montó en el asiento de atrás, le sacó un destornillador y la amenazó con matarla. La joven se quedó completamente bloqueada, en estado de ‘shock’. El hombre la obligó a realizar actos de naturaleza sexual y, tras ello, se marchó. La víctima también vio cómo se subía en una furgoneta de color blanco.

Además de la pista del vehículo, todas las víctimas coincidían en la descripción física del agresor, que actuaba siempre a cara descubierta. Joven, moreno, de ojos oscuros, pelo corto, bien parecido, de 1,75 de estatura y de complexión atlética, con un tatuaje hecho con tinta azul en un antebrazo. Los investigadores revisaron cientos de imágenes captadas por las cámaras de seguridad situadas en las zonas de cada uno de los ataques. Así fue como consiguieron averiguar la matrícula de un vehículo y, al investigar a su dueño, comprobaron que sus características se correspondían con las descritas por las chicas.

El propietario de aquella furgoneta era un joven fuengiroleño de 31 años que pertenecía a una familia conocida en la localidad y que se ganaba la vida como electricista. Aficionado al gimnasio, había llegado incluso a competir en el culturismo, lo que encajaba con la fisonomía atlética que indicaban las víctimas. Tenía novia –los investigadores están convencidos de que habría cometido los asaltos tras dejarla en casa– y un sospechoso antecedente en su expediente: fue denunciado en 2009 por una supuesta violación a una mujer que presentaba una discapacidad del 65%, según fuentes cercanas al caso.

Los agentes estrecharon el cerco sobre él y acabaron deteniéndolo como presunto autor de los asaltos sexuales, ya que temían que volviera a actuar y que intensificara aún más su nivel de agresividad. Al parecer, incluso habría intentado subir a la furgoneta a alguna de las chicas. Cuando los policías les mostraron su foto, las cuatro víctimas lo reconocieron sin género de dudas. Y el juez, al recibir las diligencias del caso, lo envió directamente a prisión.

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