Aquellas tardes en las que todos nos citábamos en el Banco Zaragozano

Aquellas tardes en las que todos nos citábamos en el Banco Zaragozano
Sur
Publicado el 26/07/2013

Entonces no había móviles, lo mismo que en el paseo marítimo no había playas. Todos nos citábamos en el Zaragozano y el recorrido era más o menos el mismo...

Pablo Aranda
PABLO ARANDAMálaga

Aquel verano de los 80, en una mesita de la sala de estar, con su porte de dios menor, de sapo enorme y divinizado, el teléfono parecía vigilarnos soporíferamente. De colores insulsos, beige, celeste baño (baño de los 70), verde apagado, con su cable de rabo de cerdo, su rueda para marcar, esperaba. De repente ring ring y nadie quería coger a no ser que esperase una llamada y -¡oh, no!- debiese compartir la alegría de la llamada, el alivio de que al fin se producía, con el resto de la familia que miraba la tele como si no le importase la conversación de la niña que ya es casi mujer, del niño al que -tiempos nuevos- una muchacha ha llamado, pero que estaba pendiente de cada monosílabo para tratar de reconstruir la parte oculta del diálogo, lo que se decía al otro lado del tubo acercado lo máximo posible al rincón, el cable estirado, tanto que a la madre se le escapaba el «como tires el teléfono te vas a enterar» justo antes de que el padre imitase una tijera con sus dedos queriendo decir, diciéndolo, «corta ya».

Quedar era fácil. Sabíamos quedar. Si era Semana Santa -la única época del año en que el centro se incorporaba a nuestro callejero-, «a las siete en el Zaragozano». La hora de quedada era aproximada porque aproximada era la frecuencia «fija» de los autobuses, y uno llegaba más o menos tarde y el resto del grupo más o menos lo esperaba. Eso sí, si te pasabas de la raya (para pasarse había que llegar más de una hora tarde) sólo te quedaba reconstruir itinerarios anteriores por si se decidían a repetir, que claro que sí. No éramos más felices, pero tal vez sí menos complicados (en esto). Buscar un paso para cruzar calle Larios y callejear hasta la plaza de Las Flores, que tenía una fuente en medio y unos bancos donde no hacíamos botellón porque eso no se hacía (sí había litros de cerveza, aunque no se llamaban litronas), pero en una hamburguesería pedías bebidas de nombre sugerente y te las servían gustosos, mientras el retumbar de tambores lejanos situaba la acción. En la plaza de Félix Sáenz había una taberna La Campana, con los quintos de cerveza a setenta pesetas, y, muy cerca, la taberna Cinco bolas. Aunque había que hacer escala en La Antigua Casa de Guardia, donde el Pequeño Camarón era pequeño pero ya estaba. Todavía había tiempo de ir a algún encierro y de comprobar la realidad de la fauna malagueña, de la que formábamos parte.

Agotada la santa madrugada, había que aceptar los éxitos ambiguos, y los fracasos, e ir preparando la jornada siguiente: la playa. El Paseo Marítimo no es que no tuviera chiringuitos, es que no tenía ni playa. A un lado, la carretera; al otro, las rocas. Y un par de señores mayores en bañador aunque diluviase, y una mujer en bata echándole comida a los gatos. Pero teníamos un territorio: El Palo y Pedregalejo. Lo que no teníamos era eso, móvil, ni whatsapp ni sms, y encima en algunas casas habían colocado un candado en la rueda de marcar, claro que para combatir el atentado contra la libertad de expresión algunos adolescentes golfillos aprendieron a marcar sin usar la rueda, o a agujerear con una broca mínima una moneda de 25 pesetas, pasarle un sedal y bajar a la cabina de la esquina, donde enseguida pegaban en la puerta y te gritaban que era para hoy, niño, queda con ella y le dices lo que sea mañana, y uno salía cabizbajo de la cabina y encima le costaba abrir esa incómoda puerta plegable que reconcentraba el humo de alguien que había fumado mientras hablaba.

A las doce en la Playa Blanca (que por cierto aguantó blanca sólo un par de meses) si pretendíamos darnos un chapuzón con la música de fondo -y de superficie, llegaba a todos los niveles- del listo que llegaba luciendo músculos con el loro al hombro para distribuir los compases de Los Chichos por las playas de alrededor. El del radiocassette enorme al hombro llevaba la piel tatuada, y era el único en esa época con tatuajes, y sus tatuajes eran sosos: de un azul descolorido (azul baño) y con profundas sentencias del tipo «amor de madre». Sabíamos quedar. Uno llegaba sobre esa hora a la playa y no necesitaba de ninguna aplicación de móvil (que ahora se usan para todo menos casi para llamar) que nos diese la ubicación exacta. Un paseíto por la orilla y al final aparecía la panda. De chiringuitos estaban El Merlo y Miguelito el Cariñoso, junto al ancla, con su barca adornada con un viva el Betis manque pierda (alianza de civilizaciones). Junto a los astilleros Nereo había más, El Morata, El Lirio, El Cabra, y el sitio ideal para los cafés, el Rocamar, y otro para empezar de nuevo, con el mejor nombre, La Chancla.

Regresábamos a la casa, exhaustos y ansiosos, ilusos, y nos quedábamos mirando el teléfono, invocando inconscientemente que alguien inventase el contestador automático, preguntábamos si nos había llamado alguien, cogíamos una torrija de las de abajo, jugositas, nos duchábamos, y salíamos pitando para la parada del autobús, rumbo al Zaragozano. Donde nos estarían esperando desde hacía rato.

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