Diario Sur

"Mi hijo ha desaparecido cuatro horas y me he puesto en lo peor"

El niño apareció en el Parque Huelin.
El niño apareció en el Parque Huelin. / SUR
  • La madre del menor de Tiro de Pichón extraviado la mañana del viernes relata las horas de angustia vividas hasta que apareció el niño

Es él. Lo hemos encontrado». Con esas palabras, una agente de la Policía Nacional ponía fin a cuatro horas de angustia para la familia de Salomón, el niño de 10 años que ayer por la mañana desapareció en Málaga capital tras sacar a pasear a su perro Kiko. «Ha sido el mayor susto de mi vida», confiesa su madre, Flavia, que se había puesto «en lo peor».

Salomón, al que su familia llama cariñosamente Salo, es un niño «tímido y muy obediente» que cursa cuarto de Primaria en el colegio Ave María y que vive con su familia en un piso de la calle Río Sorbe –en la barriada de Las Gardenias, junto a Camino de San Rafael– en el que anoche, después de la cena, jugaba con sus hermanos menores. Sano y salvo.

Como cada mañana, Salo bajó sobre las 8.20 horas a pasear al perro. Siempre hacía el mismo recorrido. Rodeaba un par de veces la jardinera, a un par de metros de su portal, –sus vecinos bromeaban con él y le decían que le daba la vuelta al ruedo– y volvía a subir a casa para ayudar a Alberto a cambiar a su hermana pequeña para llevarla a la guardería. «Nunca tarda más de cinco minutos», aseguraba su padrastro.

Pero ayer no volvió. Alberto, pareja de Flavia y padre de la menor de sus tres hijos, se asomó nervioso a la ventana, pero no veía a Salo por ningún lado. Bajó con la niña, recorrió la manzana, preguntó a los vecinos, en los bares, en las tiendas, en el grupo de WhatsApp de sus compañeros de pádel... Nada. Las cámaras de seguridad de la empresa Eulen, situada en un costado del edificio, lo grabaron caminando solo con su perro, y la dueña de la peluquería lo vio en la esquina del bloque con la calle Alcalde Díaz Zafra. Y ahí se perdía su pista.

El paso de los minutos convirtió la angustia en desesperación. «Se te pasan muchas cosas por la cabeza, y más viendo las cosas que pasan hoy en día», recuerda Flavia, que recibió en el trabajo –en una empresa tecnológica del PTA– la llamada de Alberto, cada vez más preocupado por la ausencia del menor. «No sabes dónde está –añade ella–, con quién, lo que le pueden hacer... ».

Dos euros para el teatro

Mientras la pareja denunciaba en comisaría, en el piso permanecía Carmen, la madre de Alberto, que quiere a Salo como una abuela, su hijo Antonio y la pareja de éste, Lorena, los «tíos» del pequeño. «Ni siquiera se ha llevado los dos euros que su madre le dejó en el taquillón de la entrada para pagar una actividad escolar (un teatro) con motivo del día de la violencia de género», se lamentaba Carmen.

El desfile de vecinos fue constante. «¿Podemos hacer algo?», preguntaban una y otra vez a los familiares. «Te das cuenta también de cuánto te quiere la gente. Se ha movilizado todo el mundo. Hemos tenido a muchas personas maravillosas a nuestro lado», se congratula Flavia, que insiste una y otra vez en dar las gracias a todos los que se volcaron en la búsqueda. La Policía Local y la Nacional, que la consideraron desde el principio una «desaparición inquietante», movilizaron todas sus unidades.

A las 12.44 horas, sonó el teléfono de Antonio. Era su hermano Alberto. «¡Ha aparecido!», gritó, llevándose las manos a la cabeza y, después, a las mejillas, humedecidas por la emoción. A Salo lo encontró Patricia, una chica que vio la foto del pequeño, que circulaba por WhatsApp y redes sociales. «¿Estás perdido?», le preguntó al verlo solo caminando con su perro por el parque de Huelin. «Sí, lo estoy», respondió el niño.

Un coche patrulla devolvió a Salo con su madre. «No me lo hagas más», le dijo ella al abrazarlo, sin fuerzas para regañarle, «como si volviera a ser un bebé y acabara de nacer otra vez». Al verla llorar, el pequeño le dijo que lo sentía, que había dado «un paseíto enorme» y que había pasado «mucho miedo» porque no era capaz de encontrar el camino de vuelta a casa.

Según le contó a su madre, cuando sacó a pasear a Kiko quiso «investigar una calle más», esa le llevó a otra, y aquella a otra más lejana, y se desorientó. «He visto el ‘edificio negro’, que ahora es blanco, mamá, y también el de Correos», le contó a Flavia, que aún no entiende que nadie se parara a preguntarle si estaba perdido al verlo deambulando solo y vestido con el uniforme escolar.

Salo trató de encontrar su colegio y para ello buscó la playa. «Desde ahí, sabía cómo volver a casa», relató a su madre el menor, que no se cruzó con ningún policía y que, por su timidez, no pidió ayuda. Hasta que se topó con Patricia y, por primera vez en su aventura de cuatro horas, que su familia vivió como un calvario, alguien se dirigió a él por la calle.