Diario Sur

Una chica con su bebé, en la casa de acogida del Puerto de la Torre. :: Sur
Una chica con su bebé, en la casa de acogida del Puerto de la Torre. :: Sur

Lazos más grandes que la sangre

  • Visita a presos de Alhaurín, acompañamiento de enfermos y familias en las casas de acogidas forman parte de la labor diaria de feligreses y pastorales

  • Hoy se celebra el día de la Iglesia Diocesana que este año lleva por lema 'Somos una gran familia contigo'

Adelaida Ledesma va todas las semanas a la cárcel de Alhaurín de la Torre; Joaquina Donoso visita a varias personas mayores que están enfermas en el barrio de Arroyo de los Ángeles; Rosa Aguilar da cada viernes y sábado lo mejor de ella a niños de 9 y 10 años; Myrna Cantor ayuda a rehacer sus vidas a varias mujeres con hijos acogidas en una casa del Puerto de la Torre y Fernando es cura de Yunquera y el Burgo. «A primera vista parece que estas personas no tienen nada en común, que sus vidas son muy diferentes, pero hay algo que las une: todas se sienten parte de una gran familia, la de la Iglesia de Málaga» explica la portavoz del Obispado de Málaga, Ana Medina.

Hace 18 años que Adelaida Ledesma va al Centro Penitenciario de Alhaurín de la Torre. Cada martes por la tarde, al salir de su trabajo, y los sábados por la mañana dedica su tiempo a «charlar y escuchar a los internos. Soy secretaria y tesorera de la Pastoral Penitenciaria, ente otras labores. Nuestros hermanos y hermanas privados de libertad necesitan escuchar que, para Jesús, los pobres, los necesitados, los rechazados, son sus elegidos y si ellos no pueden ir a escuchar su buena noticia, nosotros se la llevamos con respeto y amor. No solo los que están entre barrotes se encuentran presos. Los voluntarios somos un puente entre el interno y su familia, que muchas veces, aunque sin rejas, viven una cárcel más dura que el interno».

Joaquina Donoso es auxiliar de enfermería y trabajó durante 25 años en un colegio de niños con necesidades especiales. Siempre ha estado muy unida a la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC). Ahora, ya jubilada, se dedica a visitar enfermos de la barriada de Arroyo de los Ángeles. «Mi relación con Pastoral de la Salud se debe a mi marido, que antes de fallecer, muy joven, tuvo una enfermedad muy dolorosa; y también a mis padres, a los que cuidé en mi casa durante muchos años. Tanto a mis padres como a mi marido les hacía mucho bien cuando venían a visitarlos gente de la parroquia. Por eso cuando me jubilé, pensé que quería dedicarme a esto».

Son 20 las personas en Pastoral de la Salud de la parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles que visitan a 30 enfermos. «Yo me encargo de visitar a cuatro enfermas que necesitan ayuda, la mayoría por su edad. Suelen ser personas, que por circunstancias de la vida, no tienen quién les acompañe o les cuide. La mayoría de las personas solo quieren que las escuches y un poco de compañía. Para mí, estas personas son parte de mi familia, porque mi parroquia es mi segunda familia y la Iglesia es como una madre, que nos quiere, nos acoge y nos enseña a seguir a Jesús».

Rosa Aguilar, es catequista de la parroquia de El Salvador desde hace muchos años y explica que, para ella, «el contacto con los niños, preparar la catequesis, el acompañamiento a los padres, te da mucho más de lo que aportas. Los niños tienen una sabiduría, una alegría y manera de ver las cosas increíbles». Esta parroquia situada en la zona del Martín Carpena, atiende a 585 niños de comunión, 165 adolescentes y jóvenes y 120 adultos que acuden a grupos de formación.

Falta de cariño

Myrna Cantor por su parte, compagina sus labores de ama de casa y el cuidado de sus cinco hijos, con el cuidado de otras familias que llegan a la casa de acogida que Cáritas tiene en el Puerto de la Torre para mujeres con niños a su cargo. «Nuestra misión no es darles solo un techo y comida, intentamos promocionarlas como personas, ayudarlas para que estudien y puedan tener una profesión, además de colaborar en el cuidado de los niños. El denominador común de todas estas mujeres suele ser la falta de cariño, de amor y la necesidad de ser tratadas como personas. La mayoría han dejado atrás historias de malos tratos, drogas o prostitución».

Mientras Adelaida, Joaquina, Rosa y Myrna desarrollan su labor, Fernando Luque se afana cada día en llevar el Evangelio a Yunquera y el Burgo, a donde fue destinado hace dos meses como párroco. A sus 26 años, recién ordenado, afirma «estar descubriendo lo que es ser cura de la mano de mi parroquia, que es como se aprende, al compartir con ellos los momentos buenos y los malos. Compartimos la misma fe, los mismos problemas, ilusiones e inquietudes. Es muy bonito cómo uno hace sentirse a la gente parte de la Iglesia Católica. Lo que nos une en esta gran familia es algo más grande que la sangre o los parentescos; nos une una fe, un bautismo, y eso hace que vayas al pueblo que vayas te encuentre con hermanos. Ni la lejanía, ni el idioma, ni las costumbres distancian a esta gran familia, la Iglesia es lo más grande que tenemos y esta familia tenemos que cuidarla entre todos».