Diario Sur

«Sólo pido un trabajo para no tener que dormir en una ambulancia abandonada»

Juan de Dios y José Manuel, en el interior de la ambulancia.
Juan de Dios y José Manuel, en el interior de la ambulancia. / FRANCIS SILVA
  • Juan de Dios Coalla y otros dos malagueños en paro han convertido en su casa un vehículo de emergencias estacionado en un polígono

«Ten cuidado, que es mi casa y no quiero perderla». Juan de Dios Coalla le pide al fotógrafo que sea prudente a la hora de tomar las imágenes para este reportaje. La luz del flash en plena noche o nuestra simple presencia pueden llamar la atención de los trabajadores que entran y salen de las naves del polígono que todavía están abiertas. Y un aviso a las autoridades podría dejarles a él y a otros dos malagueños sin lo que se ha convertido en su cobijo, donde estos tres desempleados pueden dormir cada día y resguardarse del frío y la lluvia: una ambulancia abandonada en una de las calles de un parque industrial de la capital.

En este vehículo, que lleva meses estacionado con dos de sus ruedas pinchadas, estos tres hombres se organizan cada noche para dormir a la espera de que cambie su suerte y encuentren un empleo. Sobre las nueve y media, observan que no haya nadie merodeando y rápidamente abren la puerta de la ambulancia y se meten dentro. Allí se quedan a oscuras y escuchando una pequeña radio hasta que se duermen acompañados del zumbido de la máquina de aire acondicionado de una nave que se cuela por una ventana rota cubierta por un plástico.

Juan de Dios, que tiene 44 años y lleva casi siete sin trabajo, ocupa los tres asientos delanteros –«porque soy el único que tiene carné de conducir», bromea–, sobre los que pone una sábana y se tapa con una manta. José Manuel F., carpintero de 43 años, se acopla en el suelo en la parte intermedia; mientras que su compañero, el ‘inquilino’ más antiguo y que prefiere mantenerse en el anonimato, se tumba en la camilla. «Él llegó el primero, hace unos siete meses, así que le corresponde el mejor sitio», explica Juan de Dios, vigilante de seguridad y presidente de la asociación de vecinos San Andrés y San Juan de Dios, que fundó para ayudar a encontrar un empleo a los parados del que era su barrio, donde el desempleo golpea fuertemente.

Caprichos del destino, después de haber conocido en primera persona verdaderos dramas, ahora es él quien se ve en una situación «que nunca hubiera imaginado». «Sólo pido un trabajo para poder pagar una habitación y no tener que dormir aquí», clama desesperado.

Desde hace tres semanas este malagueño, que en la época del boom de la construcción trabajó como peón en la obra, ha convertido una ambulancia en lo más parecido a una casa después de haber pasado una noche a la intemperie. «Tuve mucho frío, unos niños me tiraron piedras y pensé que no podía estar así», cuenta. Se acordó de que un amigo chatarrero del barrio le había comentado que se iba meter en un vehículo de emergencias que llevaba tiempo estacionado en un polígono. Habló con él y aceptó compartir el habitáculo, donde también duerme José Manuel F. desde hace unos tres meses.

Divorciado y padre de una joven veinteañera con la que no tiene relación, Juan de Dios cree que ha entrado en este «agujero negro» debido a la crisis económica. «Me quedé en el paro y no entraba dinero en casa y sólo había discusiones», argumenta. Tras la separación se fue a vivir con sus padres, de avanzada edad, «pero me dijeron que me fuera de su casa cuando fui diagnosticado de depresión e impulsividad –tiene reconocida una discapacidad del 39% y le retiraron la licencia de armas– porque decían que no estaba bien de la cabeza y supongo que tenían miedo». Le acogió su actual pareja en su vivienda, pero por problemas de convivencia con otras personas que residen en el inmueble se vio obligado a irse hace más de veinte días. Esa noche durmió en la calle.

Juan de Dios, vendiendo artículos usados en la calle.

Juan de Dios, vendiendo artículos usados en la calle. / F.S.

Vendiendo en la vía pública cosas de segunda mano que encuentra por la calle o que le dan sus vecinos de San Andrés, Juan de Dios, con suerte, consigue sacar unos pocos euros para pagarse el menú de tres euros en un bar de Huelin. «Podría ir a pedir comida a los Ángeles Malagueños de la Noche, pero prefiero ganar yo el dinero, sentirme útil», afirma al tiempo que insiste en que él no es «un vagabundo». «Yo soy una persona como tú, pero que está pasando por un mal momento», dice. Si le sobra algo lo ahorra para los 50 euros mensuales del alquiler del trastero en el que guarda sus pertenencias. Se asea en las duchas de la playa –«el alcalde ha dicho que van a cortar el agua en diciembre, menuda faena», se lamenta– y lava su ropa en una lavandería de la Carretera de Cádiz por 4,5 euros. Para desayunar cogen por la noche de un contenedor los dulces que tiran de una empresa de cátering cercana a la ambulancia «cuando no tienen mala fecha». Entre una cosa y otra, cada día recorre unos 12 kilómetros andando, de lo que dan fe sus heridas.

Hoy ha sido un buen día, ha sacado ocho euros con la venta ambulante, así que guardará cinco para el trastero. Además de buscarse la vida vendiendo juguetes, libros o ropa usada, sigue llevando a empresas los currículos de las personas que le piden ayuda y solicitando empleo para él. «Lo he intentado todo», insiste. Pero no sale nada. «Me veo en esta situación y me siento inútil, un desecho, con lo que yo valgo, que sé hacer de todo», dice, convencido en el fondo de que va a salir de este agujero, «pero no sé cuándo».

Su gesto de preocupación contrasta con el buen humor que desprende, al menos en apariencia, José Manuel F. Y eso que su situación no es mucho mejor. Después de dormir en la calle y en la playa, «y que me hayan intentado prender fuego», cuando se quedó sin ingresos tras fallecer su padre y cerrar su empresa, en la que trabajaba, pasa las noches desde hace tres meses en la ambulancia. Aunque, al igual que ocurre con Juan de Dios, su aspecto limpio y pulcro no delata esa situación. «Hay que estar aseado y bien vestido para buscar trabajo», dice convencido.

Hasta ahora saca dinero para comer «haciendo chapuzas» o vendiendo chatarra con su compañero de ambulancia. Lo de cenar ya es otra cosa. Se conforman con la merienda, un bocadillo que les dan en la asociación Corazones Malagueños. Después hay que engañar al estómago.