Diario Sur

«Llevaba toda la vida siendo buena y quise ser mala por una vez. Me equivoqué»

En un gesto entre la vergüenza y la timidez, Rosa junta las manos cuando habla y parece ovillarse, una fragilidad que contrasta con la valentía de su historia. El divorcio de su marido tras 25 años de matrimonio cambió su vida. «Mis amigas estaban casadas, me sentía sola. Los niños ya eran grandes y también salían con sus parejas. Empecé a ir al bingo un rato por las tardes». Ese «rato» acabó convirtiéndose en un ritual diario de dos horas, con un desembolso medio de entre 50 y 100 euros cada vez. La cantidad apostada y el ritmo de juego fueron aumentando de forma paulatina. «Llegó un momento en el que ya jugaba 300 y 400 euros al día. Y no solo por las tardes. Si los niños no venían a comer también iba al bingo a mediodía. A veces ganaba, pero eran casos excepcionales».

Las deudas provocan en los jugadores un efecto devastador. Es la pescadilla que se muerde la cola: pierden dinero y quieren recuperarlo, pierden más dinero intentando recuperarlo y la historia se repite una y otra vez. Rosa constató que la adicción origina problemas psicosomáticos: «Me salió psoriasis nerviosa, tenía ronchas y perdí peso. Fue horrible». Verbalizar su situación «fue lo mejor que hice». Tras confesar a sus hijos que había acumulado deudas por valor de 12.000 euros, Rosa comenzó un tratamiento en Amalajer.

Ahora, pese a que la deuda continúa pesando como una losa, la percepción de Rosa es completamente diferente. «Trato de que no me produzca ansiedad. No sé qué hacía. Creo que llevaba toda la vida siendo buena y después de mi divorcio me rebelé. Quise ser mala por una vez. Me equivoqué y pedí disculpas un día, pero no más». Ya vislumbrando la luz al final del túnel, Rosa busca un empleo «que nos ayude a pagar la deuda» y sonríe: «Hasta he ganado un par de kilos».