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El chiringuito El Caleño cierra tras 29 años como referente en Pedregalejo

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Rafael Alcaide ‘Chico’ posa en la puerta del negocio. / Pedro J. Quero

  • El veterano negocio ha bajado la persiana asfixiado por el descenso de las ventas desde que comenzó la crisis y la reducción de la terraza

El Caleño, uno de los chiringuitos más afamados de Pedregalejo, ha cerrado sus puertas tras 29 años de historia arrastrado por la fuerte caída de la ventas que azota a toda la zona. Tras concluir la temporada de verano, el veterano negocio de playa ha bajado la persiana y ha colgado el cartel de ‘se vende’ junto a la entrada principal a la espera de algún comprador que quiera quedarse con todo el edificio. En su caso, la reducción de las terrazas –el Ayuntamiento prohibió que hubiera mesas y sillas en la playa– ha supuesto su particular condena a muerte.

Rafael Alcaide, ‘Chico’ para los amigos, lamenta haber cerrado un año antes de lo esperado. «Mi deseo era llegar a los 30, pero no va a poder ser», se queja el propietario del negocio, que trabajaba desde el primer día junto a su mujer. «Es inviable mantener un negocio abierto en las condiciones actuales», resume con cierta impotencia.

Este empresario, que lleva toda la vida trabajando en la hostelería, comenzó a ganarse la vida en el año 1980 junto a su novia –ahora mujer– en El Gaucho, un restaurante especializado en carnes en El Palo. Tras varios años ejerciendo de camarero «y lo que hiciera falta» le pidió al dueño del local que se lo alquilara «porque estaba malillo» y le dijo que sí. El Caleño abrió el 15 de octubre de 1987 y se ha mantenido hasta la fecha.

‘Chico’ recuerda que cuando abrieron el negocio no sabían ni cómo trabajar el pescado porque siempre se habían dedicado a la carne. «Mi mujer sólo lo había frito en casa y para nosotros», apunta. Ypor eso decidió pegarse a los grandes restauradores de aquellos años. «La primera vez que fui a pescadería no sabía ni lo que tenía que hacer, así que me arrimé a gente como a Frutos», confiesa.

No esconde que los inicios fueron especialmente duros, ya que se metieron en el negocio «sin un duro y con un préstamo de 400.000 pesetas que nos costaba pagar». El local les costaba 150.000 pesetas mensuales y aún no ha olvidado cómo fueron los inicios. «Los tres primeros días me fui a la cama llorando porque no entró nadie; todos los clientes se iban hacia la otra parte del paseo», explica. «El tercer día entró un vecino, se tomó una cerveza y le dije que era el primer cliente que entraba», afirma como si fuera ayer.

El problema, en la carta

Con el tiempo se dio cuenta de que el problema estaba en la carta, ya que ofrecía los mismos productos que el resto de restaurantes de la competencia y decidió apostar por los productos frescos, «que es más difícil de trabajar y que nadie tenía». Así introdujo mariscos y, posteriormente, pescados grandes, que le fueron creando un nombre en el barrio y en toda la ciudad. «No fue un crecimiento de golpe, fuimos dándonos a conocer muy poco a poco y a base de mucho trabajo», expone.

En todos esos años se hizo una importante clientela fija que le ha acompañado hasta los últimos días. «También venían cantantes, políticos, y turistas que nos visitaban cada vez que venían a Málaga», dice con alegría. De hecho ahora, cuando ya ha colocado los carteles de venta y ya ha desmontado todo el negocio, aún le preguntan e intentan convencer para que recapacite y dé marcha atrás.

Una de las fechas que guarda intacta en su memoria, y por tanto en la historia de El Caleño, es el 13 de agosto de 1993, fecha en la que su mujer fue agraciada con el premio gordo de la ONCE y les permitió abrir otro negocio en Echevarría del Palo. «Invitamos a todos los amigos y estuvimos tres días cerrados por fiesta». Unos años después negoció la compra del inmueble a sus antiguos propietarios.

Confiesa que todo empezó a ir mal desde que comenzó la crisis, cuando el gasto se recortó y los clientes fijos dejaron de ir con tanta asiduidad. ‘Chico’ dice que todos estos años se han mantenido gracias a las buenas ventas que permitían el verano, aunque la prohibición de poner más mesas les ha pasado factura.

La dramática decisión del cierre la tomó este mismo verano, al ver que las ventas no iban tal y como deberían y que no podía atender a todos sus clientes por falta de espacio en el interior del local. «Estaba tan nervioso y estresado que hasta tuve un susto y me tuvieron que ingresar». Entonces comprendió que no valía la pena seguir luchando. «La hostelería es un negocio muy sacrificado y es mejor retirarse en el momento adecuado», sostiene. En el momento del cierre tenía ocho trabajadores «que se los están rifando entre los negocios de la zona por la gran formación que tenían», se consuela.