Diario Sur

«Aunque haya tenido jueces y fiscales amigos, en una sala nadie conoce a nadie»

Fernando García Guerrero-Strachan, en una habitación de su bufete.
Fernando García Guerrero-Strachan, en una habitación de su bufete. / Salvador Salas
  • Los problemas de salud mantienen a Fernando García Guerrero-Strachan, el abogado más veterano de Málaga, alejado de los juicios, pero no del bufete. A sus 85 años no tiene planes de jubilarse

La arquitectura jurídica rige su cabeza y su trabajo desde los 23 años aunque su columna no esté a la altura. Su anatomía de hombre en apariencia despistado y frágil resulta incompleta sin la toga. Es de esos abogados a los que una sentencia bien armada le resulta «maravillosa» aunque le deje KO. 'Don Fernando' es el decano por partida doble de los letrados malagueños: apuntaló el Colegio de Abogados en la transición tras la matanza de compañeros en Atocha y es el profesional más veterano en activo.

¿Cómo está de salud?

Ahora estoy mejor, pero puedo salir poco, pero el dolor de espalda es tremendo. Tomo una medicación e inhalaciones. Hasta el 29 de septiembre de 2014 hacía vida normal, pero estando en la ducha un día sentí un dolor que me dejó inválido. Me dijeron que era hernia discal, pero a los cuatro días de operarme, igual. Los médicos llevan seis meses estudiándome y me dicen que lo único que tengo son 85 años. ¡Pero eso no es ninguna enfermedad! Tengo amigos de 90 años y estupendamente.

Pero lo que sí tiene diagnosticada es una gran pasión jurídica.

Eso sí. Yo he trabajado diariamente 14 y 15 horas. Desde las siete de la mañana. Juzgados, primero, y después de comer, de cuatro y media a ocho, los clientes. Y luego a estudiar, pero ese mérito de seguir a los 85 años no es mío sino del de arriba.

Con ese ritmo de trabajo en los jueces quizás no habría tantos atascos.

Bueno, no sé. A lo mejor tienen más capacidad que yo.

¿Nunca quiso ser juez?

Nunca. No me gusta. Ni fiscal. He llevado muchos arbitrajes y siempre me ha costado mucho ser árbitro. La conciencia me tiene preocupado. Si eres abogado, defiendes y te quedas tranquilo.

¿Tiene amigos jueces?

Sí. Don Manuel Rodríguez López, que tiene 91 años, entre otros. Siempre me he llevado bien con la magistratura.

¿Nunca se salió del tiesto ante un tribunal?

Siempre he procurado ser respetuoso. Aunque haya tenido jueces o fiscales amigos, en la sala nadie conoce a nadie. ¡Me han pegado cada palo íntimos amigos! Cuando fui decano siempre había muchos problemas, y tenía que acudir al presidente de la Audiencia, al juez decano... pero lo hacía con buenas formas. Las tardanzas en entrar en sala, algo que ahora lo sufro con los médicos incluso privados. Es lógico. El profesional no sabe qué se va a encontrar y media hora se convierten en cinco horas. He batallado mucho pero nada. Ya en el año 54 los abogados se quejaban de eso.

Por no hablar de los macrojuicios, como el del caso Intelhorce, en el que estuvo.

En Intelhorce, en Parcemasa, en el 'caso Arcos', pero en éste le he dado la venia a un compañero. No puedo afrontar un año.

¿Y que tal fue Orefici como cliente?

Estuve cuatro años, pero un día renuncié porque el juez, Ramírez Barroso, me dijo que iba a recibir a mi cliente porque yo lo había pedido. Y no era así. Le presentaron un escrito que decía que quería volver a declarar en presencia de un abogado italiano. Eso no lo toleré y rompimos.

¿Ha recusado alguna vez a un juez?

No, pero es curioso. A uno de los más amigos míos, le planteé que se abstuviera porque había instruido parte del sumario que se iba a juzgar. Con todo mi dolor, se lo expuse. Era mi obligación como abogado. Y el juicio se suspendió.

¿Cuál es su forma de trabajar?

Lo primero, y lo heredé de mi padre, es estudiar el asunto y ver las probabilidades de evitar el pleito. Trato de convencer a las partes, en lo civil, claro. Es muy difícil llevar toda la razón. Cuando he visto que el cliente no la lleva, se lo he dicho. Lo he hecho muchas veces. Yo voy a defender intereses defendibles no a ganar dinero. A mí me ha movido el dar asistencia letrada al ciudadano, no otra cosa. Sobre el abogado que se hace rico con su profesión, me reservo mi opinión. Hay pocos que yo conozca.

Bueno, ahí tiene a Rodríguez Menéndez. El que a buen narco se arrima...

Siempre se ha dicho que el civil para los ricos, el penal para los pobres y el mercantil para los hipotecarios. Me he negado siempre a defender a las mafias. Recuerdo que de oficio me tocó la defensa de una señora, que era un monumento, y se había dedicado a llenar Málaga de cheques falsos. La pusimos en libertad con fianza y al poco tiempo se presenta un señor bien vestido a darme las gracias. Decía que a pagarme. ¡Pero si era de oficio! Y me propuso que fuera su abogado. Tenemos problemas con el tabaco, la droga, ya sabe... Lo único que le dije entonces fue: por ahí se va a la calle.

Si pudiera colgar un cartel en la fachada, en plan americano: Casos defendidos, casos ganados. ¿Cuál sería la proporción?

Sería horrible, porque he perdido más que ganado. Bueno, es un decir... es broma. Se sufre cuando se pierde, y cuando ganas otro no compensa el disgusto primero. Los pleitos se me olvidan, por secreto profesional, que es algo muy importante.

¿Lo mejor de la profesión de abogado ahora?

El despacho colectivo. Es muy positivo y los hay muy importantes en Málaga. La parte negativa es cuando se convierte en una empresa con alguien al frente que ni siquera es abogado, y tiene cientos por el mundo que son sólo números. Esta profesión requiere honorabilidad, señorío. Me gusta que vengan a buscarme.

Con todo lo que dice que ha perdido, es un abogado de prestigio

Bueno, me acuerdo más de los que perdí. Soy un buen perdedor, porque me da sentimiento.

¿Y cuál es su espinita clavada?

Un caso. Nada más. Del despacho de don Antonio Pedrol Rius me encomendaron un asunto hipotecario muy difícil y muy bonito, en Marbella. Lo gané, pero la Audiencia de Granada me lo revocó. Esa sentencia es la que más admiro, del magistrado Ruiz Rico. Era todo un tratado de derecho hipotecario, y me convenció. Era maravillosa. En asuntos ganados, está un asesinato en calle Selene. Una señora apuñalada. El presunto culpable me aseguraba que no había sido, pero había 15 pruebas contra él. Al final encontramos una a favor: el tiempo que habría empleado en desplazarse desde Ciudad Jardín al lugar del crimen. No cuadraba. Me ayudó un detective amigo, y por ahí lo saqué. Acusaba Apalategui, que para mí es el mejor penalista de Málaga, aunque con seis mil abogados no los conozco a todos.

El derecho civil no parece tan atractivo como el penal

Pero me satisface más. Todo esto que tengo aquí -señala la mesa- es penal. Es algo que lo estudias, pero en un juicio penal puede que tengas que improvisar porque te rebaten in voce. No basta trabajar durante el sumario. Está también esa posibilidad de reaccionar. En derecho penal me interesa la defensa, más que la acusación.

En época de Franco la corrupción existía, pero apenas llegaba a los tribunales. ¿ Tuvo contacto con algún caso?

Que había corrupción, indudable. Me acuerdo cuando hicieron la carretera de la Costa que un cliente mío denunció la expropiación de su finca. Fui a Obras Públicas y el funcionario me dice: vas a cobrar mucho más. Se había inventado que mi cliente tenía un pozo, lo cual era mentira, pero permitía obtener más dinero. Ahí se quedó. Yo no sigo el asunto. Ahora la corrupción está al descubierto. Es una ventaja de la democracia.

También para el corrupto que se invaliden pruebas.

Ya, pero hay principios esenciales, garantías que benefician al reo y al perjudicado. Si hay pruebas obtenidas ilegalmente hay que rechazarlas.

Pero el crimen organizado suele ir por delante de las garantías.

El derecho tiene que procurar su realización aunque sea desagradable que por cuestión de forma...

¿Si Gil hubiera estado vivo no habría habido 'caso Malaya' como dijo el juez Torres?

No lo sé. Conocí a Gil defendiendo al Atlético de Madrid, en el caso camisetas. A Gil lo condenaron, pero al club no como responsable civil subsidiario. Y el club me pagó muy bien. En alguna ocasión, cuando no se hablaba con 'Cachuli', me decía: Fernando habla con Del Nido. Gil hizo muchas cosas malas y buenas, como el alcalde de Alcaucín. La Junta de Andalucía es la responsable de que no se aprueben planes urbanísticos cuando son lugares que crecen, y luego se tratan como delitos algunos temas que son sólo administrativos, una idea en la que comparto con Bernaldo de Quirós.

¿Por qué se presentó a decano del Colegio en el 77?

Me proclamaron en diciembre de ese año. Fue mero azar. Ese mes se produjo el crimen de Atocha, cinco abogados y una empleada asesinados. Yo estaba de bibliotecario del Colegio con Francisco García Grana, que esos días estaba enfermo, y yo tenía costumbre de ir muy temprano. Fui el primero en enterarme del atentado. Celebramos una junta espontánea, que la presidía un hombre de la antigua escuela. Han matado a cinco abogados y en la profesión no puede haber colores, recuerdo que planteé. Tenemos que pronunciarnos en apoyo a las víctimas. Y aquello convenció a muchos. Como no hablaba nadie, hablé yo. Los jóvenes vinieron a decirme: preséntate y apacigua la junta. Una de las mayores dificultades entonces fue desvincular la política y la profesión. Los más de izquierdas tenían una corrección tremenda, pero las juntas eran un parlamento político. Los convencí de que había que evitar que los colegios desaparecieran para defender la profesión. Había muchas tensiones políticas. Imagínese convencer de la democracia a un señor que había estado en la división azul. Lo peor era romper el colegio, y podía desaparecer. A mí me pidieron ser decano, y económicamente me perjudicó. La cuota eran 250 pesetas y había 500 abogados. Cuando lo dejé eran mil. En la junta nos teníamos que pagar los gastos.

En una concentración que convocó el Colegio contra los recortes a abogados de oficio se le ve a usted. ¿Es la única en la que ha estado?

Sí, y no fui a otra porque era ir por la calle con togas. Pienso que la toga no debe salir a la calle junto a sindicatos y grupos. Es sólo para actos profesionales o en el Palacio de Justicia y ésa a la que usted se refiere. Hubiera sido politizar el Colegio.

Eso fue cuando las tasas de Gallardón, ¿no?

El ministro más nefasto que ha habido. Cobrar tasas, concentrar los juzgados en la capital... En fin. Lo conocí porque ejerció en Málaga seis meses como fiscal, pero parece que no ejerció. Nuestro decano actual ha actuado muy bien y se lo cargó.

¿Cómo ve el nivel de los abogados?

Muy alto. Me llama la atención lo preparados que están. Cualquier joven sabe mucho más que yo porque no es fácil estar al día con tanta diarrea legislativa. La Escuela de Práctica Jurídica ha tenido que ver en esa formación. Andrés Oliva me encargó organizarla en Málaga.

¿Le convence la cadena perpetua revisable?

La veo bien. Yo no soy partidario de la pena de muerte. La vida sólo la da y la quita Dios. Soy creyente y practicante. Ese que ha descuartizado a un matrimonio y sus hijos o Bretón, que hagan vida social... no puede ser.

Los delitos graves de tráfico tienen poco castigo.

Pues sí, y no hay derecho que un individuo bajo el efecto de alcohol mate a dos personas y le caigan cuatro años. Otra cosa es una imprudencia, que se pena sin embargo en exceso sin que haya resultado de muerte.

¿Y el jurado?

A mí no me gusta. Si alguna vez me tuvieran que juzgar preferiría un juez. Yo creo en los jueces. Por ahora el jurado no funciona bien. Fíjese el 'caso Waninkhoff'.

En el que Apalategui luchó hasta el final por la inocencia de Vázquez

Cuando apareció aquella colilla clave, recordé que era el único tabaco que se fumaba en un bar del Chaparral, de ingleses. Tuve la intuición.

¿Y eso?

Yo tengo una casita allí. Es mi playa, y ese tipo me había servido a mí. Tuve esa intuición, que se la comenté a Pedro. Se confirmó cuando vi su foto. Ese juicio fue un fallo del jurado y del juez, y gracias a otro crimen y al empeño de Apalategui, se consiguió que se revocara la sentencia.