Diario Sur

Aquel fatídico día de la muerte de Alejandro: Así se vivió en SUR

Aquel fatídico día de la muerte de Alejandro: Así se vivió en SUR
  • En el anuario de 2015 sobre un año de Periodismo en SUR se detalla el trabajo periodístico paralelo a la investigación, que desembocó en la publicación de la noticia que nadie quería oír a las seis y media de la mañana

Era media tarde y el día –un 9 de febrero que nunca olvidaré– transcurría tranquilo hasta que sonó el timbre del whatsapp de mi compañera Ana Pérez- Bryan. «Ha desaparecido un niño en el centro comercial de Rincón de la Victoria», me dijo. «¿Es fiable?», le pregunté, un tanto escéptico. «Bueno, es un mensaje que han puesto en el grupo de los padres del cole», respondió. Nuestras dudas sobre la veracidad de la información se despejaron muy pronto.

«Tiene mala pinta», recuerdo que me dijo la primera fuente con la que hablé aquella tarde.

Para la Guardia Civil siempre fue una desaparición inquietante. Los investigadores lo supieron apenas media hora después de que Antonio Fernández se acercara a un vigilante del centro comercial de Rincón y le advirtiera de que había perdido allí al pequeño Alejandro, de tres años, el hijo de su novia. Al mirar las cámaras de seguridad del recinto, vieron a Antonio llegar solo al volante de su coche y subir a la carrera las escaleras mecánicas que van desde el ‘parking’ a la zona comercial.

A partir de ese momento, el sospechoso fue cambiando de versión (dio hasta siete diferentes), llevando a la Guardia Civil, y también a los medios, de un lado a otro en busca del menor. El periodista Álvaro Frías y los redactores gráficos Salvador Salas y Pedro Quero trataron de seguir el dispositivo, que saltaba de ubicación al ritmo de las mentiras de Antonio. Primero contó que habían ido a la playa de La Cala y que se lo quitó una ola, pero no había ni rastro de arena en sus zapatillas.

Después, que lo perdió en unos columpios del lugar. Y por último, sobre las diez de la noche, dijo que se le había caído en el acantilado del Cantal. Desde ese instante, los investigadores perdieron cualquier esperanza de encontrar al menor con vida. Aun así, los bomberos se jugaron el tipo para bajar a inspeccionar las grutas, azotadas por el Levante.

Poco antes de medianoche, Antonio diría la primera verdad de aquel día. Llevó a los agentes hasta una balsa en Los Montes de Málaga. Justo después de cerrar la edición, nos llegó aquella pista imprecisa. Ana y yo nos subimos en mi coche y esa noche recorrimos, por todas las variantes posibles, la carretera hacia Colmenar y también hasta Rincón. A las cinco de la madrugada, nos cruzamos con el furgón de la funeraria, la comisión judicial y media docena de coches de la Guardia Civil. El levantamiento del cadáver había terminado.

La noticia, con el peor de los desenlaces, se actualizó en la edición digital del periódico a las seis y media de la mañana.

Tres horas después nos citamos en La Mosca, última barriada donde, según nos habían dicho, residió la pareja.

El fotógrafo Álvaro Cabrera se incorporó al equipo. Después de tirar de todas nuestras agendas, conseguimos una dirección.

Y a partir de ahí, fuimos profundizando en la historia. Ana Pérez- Bryan y Pedro Quero se fueron a El Palo, donde entrevistaron a la familia de Antonio, a los profesores de Alejandro y a todo el que se cruzó en su camino y que pudiera saber algo de los implicados; Álvaro Frías y Salvador Salas hicieron otra parte del trabajo de campo en La Balsa, describiendo el lugar donde se encontró el cadáver; y yo me quedé con Álvaro Cabrera en el domicilio familiar para intentar reconstruir la vida de la pareja, una relación de altibajos que pilló por medio a la víctima más inocente de todas. Un niño de tres años.