La vida que esconde el último puente

Uno de los grupos instalados bajo la estructura del puente del Carmen, cerca del mar.
Uno de los grupos instalados bajo la estructura del puente del Carmen, cerca del mar. / Salvador Salas
  • Bajo el Guadalmedina habita en penosas condiciones una parte del centenar de indigentes que pasan la noche a la intemperie en Málaga

«Mi vida aquí es mejor que en Marruecos». Cuesta imaginar cómo debía ser el mundo para un chaval de 14 años, el menor de siete hermanos, que se crió desde muy pequeño sin padre en la ciudad de Fez. «Estuve un año encerrado porque me acusaron de un robo que no cometí». Al salir, cruzó la frontera y se enrocó en la escollera de Melilla, donde una comunidad de imberbes –se les conoce como ‘menas’, el acrónimo de menores no acompañados– malvive oculta entre las piedras esperando una oportunidad para colarse en el Melillero. Hamza lo intentó nueve veces. A la décima fue la vencida.

Tenía 15 años y allí, en las tripas del ‘ferry’, empezaba a acariciar con las manos el sueño del inmigrante, la promesa de un futuro lejos de la pobreza y el hambre. «La vida en Marruecos es mala. Aquí... mejor», repite en el silencio de la noche un chaval de 18 años con cuerpo de adolescente, de apenas metro setenta y delgado como un fideo, vestido con una camiseta raída de color verde y unos pantalones donde se adivina, descolorido, el escudo del Real Madrid, apoyado en una vieja bicicleta naranja sobre el puente que es, desde hace tres años, su morada.

Hamza es uno de los diez indigentes –según la época, porque la población fluctúa– que viven bajo el último de los viaductos de la desembocadura del río Guadalmedina, el que comunica la explanada de San Andrés con la pescadería y la estación marítima, por la que desfilan a diario cientos de cruceristas, cámara en ristre, buscando la mejor estampa de Málaga sin saber que, a un par de kilómetros, tienen la peor. La cara más dura de la inmigración, cuando el sueño se hace añicos, está bajo el puente del Carmen y yace sobre las rocas, a escasos metros del agua, hoy en calma, pero que el martes por la noche, en una riada traicionera, estuvo a punto de engullirlos.

Los habitantes del puente se reparten en dos comunidades. La chabola de la orilla Este, en la que vive Hamza, es más bulliciosa y está poblada principalmente por jóvenes, la mayoría marroquíes, aunque también hay un par de españolas. La del Oeste es algo más tranquila. Allí duerme Chouaib, un argelino de 30 años avejentado por la calle y de sonrisa permanente que llegó adolescente a España en una «goma» (lancha neumática) que zarpó de Asilah, en el norte de Marruecos, y arribó a una de las playas de Algeciras con 25 inmigrantes a bordo.

Chouaib, cinco años bajo el puente, se presta a mostrar su morada como el que invita a pasar a una casa sin puertas. Para llegar, hay que saltar el muro que delimita el cauce del río y andar unos 50 metros junto al agua sobre las afiladas piedras, que ellos transitan con agilidad felina. Cualquier parecido con los espigones de la playa es pura ficción; caminar entre esas rocas, cargados con el equipo, es casi un ejercicio de escalada. Un amigo de Hamza, de la misma edad y aún más menudo, las recorre descalzo a toda velocidad. «Tengo los pies acostumbrados», bromea.

La chabola del Oeste

La visita dura un par de minutos. «Estoy cansado y además vamos a molestar al compañero», se justifica Chouaib, incomodado por las fotos, delante de otro indigente que duerme sobre un colchón viejo rescatado de la basura, que aquí se acumula en el suelo y se confunde con el barro de la última tromba. El tradicional olor pestilente de la desembocadura se mezcla con un leve tufo a orín, disipado por la brisa de esta noche. «La vida aquí es dura, pero no hay otra cosa. En invierno, cuando hace mucho frío, intentamos alquilar un garaje entre varios», confiesa el argelino, que pasa algunas temporadas fuera del puente cuando, con suerte, le dan trabajo como temporero.

El contraste, al volver a la superficie, es brutal. La verja ya no es sólo la barrera entre el puerto y la ciudad. Ahora, después de la primera visita al subsuelo, parece la frontera entre dos mundos. «En Málaga, en 2015, a 500 metros de la noria y a un kilómetro del Muelle Uno, es una vergüenza que haya personas viviendo en estas condiciones de insalubridad», afirma un agente de la Policía Portuaria que también ha estado en las entrañas del puente.

En la otra chabola están de fiesta y sólo el paso constante de los camiones sobre sus cabezas silencia las voces. Un individuo de unos 50 años y ojos saltones se cuela sin invitación, descendiendo por la cara sur –sólo apto para expertos– del puente. El fotógrafo se asoma para verlo bajar y él cree que ha disparado el flash. Reacciona con agresividad. Trepa la pared en dos segundos y se encara, vociferando, al redactor gráfico. «¡Te he dicho que no quiero fotos!», grita, con unos ojos que ahora parecen aún más grandes mientras hurga en el bolsillo de un chaleco ajado de color azul como si buscara algo que no llega a sacar gracias a la intervención de los chavales del puente. La Policía Portuaria termina expulsándolo. «Ese no vive aquí», aclara Mercedes, madrileña (33 años), una chica amable y bien conservada; sólo su dentadura y sus pies, llenos de arañazos de caminar por las piedras, delatan los estragos de la calle. Sus ojos, de noche, parecen del color del agua del río.

Sentada sobre el muro, Mercedes cuenta su historia, la más cruda de todas. Su madre, relata, los abandonó a ella y a sus tres hermanos cuando sólo eran unos niños y las diferencias con la actual pareja de su padre la llevaron a distanciarse de la familia. Acabó en la calle y decidió mudarse a Benalmádena con su entonces compañero sentimental. Tampoco salió bien y se vio de nuevo sola y durmiendo en el albergue.

Allí, Chouaib, el vecino de enfrente, le habló de las chabolas del puente, donde vive desde hace algo menos de un año. «Ahora son mi familia. Si no fuera por ellos, yo ahora estaría hundida, sola como un perro. Desprenden alegría, a pesar de lo duro que es vivir en la calle», explica mientras atusa con cariño el pelo de Hamza, que se sienta al lado. La versión de los policías portuarios sobre la convivencia es menos romántica. «De vez en cuando tenemos que intervenir en alguna pelea entre ellos. Duermen con un ojo abierto y otro cerrado para evitar que les roben», detalla un agente, que recuerda un incidente reciente. Dos chavales atracaron a otro en un parque cercano. La víctima era un indigente del puente y, al parecer, esa noche se encontró con los autores del robo: vivían en la chabola de enfrente.

Abdul (36 años) escucha con atención a Mercedes. Su caso es el contrario que el de Hamza. «Yo no estaba mal en Marruecos –es de Marrakech–, pero viendo que la gente emigraba, creí que podía mejorar». Sonríe todo el tiempo, pero tiene la tristeza tatuada en los ojos. Se coló en un remolque en el puerto de Tánger y en seis horas estaba en Algeciras. «Perdí mi oportunidad de ser futbolista en Zaragoza. Un entrenador me lo ofreció, pero tenía que ayudar a mi familia en la venta ambulante», se lamenta.

El extraño vecindario no se pone de acuerdo sobre la posibilidad de invitar a dos periodistas y varios de ellos emergen de entre las rocas, escalando por un hueco imposible entre una escalera oxidada y la estructura del puente, pasando a un palmo de una conducción eléctrica con un letrero amarillo que dice, bien grande, «peligro de muerte». Hamza convence al resto y muestra el camino más accesible para llegar a la chabola de la orilla Este, iluminada únicamente por un par de velas apoyadas sobre una improvisada barra de bar. A su alrededor se celebra algo parecido a un botellón en el que comparten un litro de ron Negrita. Tienen radio y luces de colores. «Cuidado por dónde pisas, aquí te puedes encontrar cualquier cosa», advierte uno de ellos, con el rostro tapado por una camiseta, animando sutilmente a los visitantes a marcharse lo más pronto posible.

La morada se reparte en tres estancias, a modo de habitaciones, aprovechando la propia estructura del puente. «Aquí–en la del centro– duermen las chicas», señala Abdul, «y nosotros, a los lados». Sonríen, aunque el ambiente es tenso porque les incomodan las visitas, y más aún las fotos. Hay media docena de colchones viejos por el suelo, mantas y ropa desperdigada. Aparte de Mercedes, conviven con una muchacha marroquí y una joven de acento malagueño, ebria, que salta de una piedra a otra con una copa en la mano. «¡Guapo!», le dice una y otra vez al fotógrafo, al que primero prohíbe hacerle fotos para, después, cruzarse en todas ellas.

La riada del martes ha sacado a flote su vida en el subsuelo. «Pasamos mucho miedo, el agua casi llegaba hasta nosotros», reconoce Abdul. No han escuchado hablar de Tony, el supuesto indigente inglés –las versiones sobre su desaparición son contradictorias, según la Subdelegación– al que Salvamento Marítimo ha buscado desde entonces, pero sí de Nadia, una indigente española de origen marroquí, de 38 años, que dormía en otro de los puentes. Aquella noche apareció golpeada por las piedras, cubierta de barro y sin zapatos en la garita de la Policía Portuaria, acompañada por un guardia civil. Contó que se había despertado en el agua mientras era arrastrada por la corriente, pero pudo agarrarse a una especie de red y salir por las rocas. «He visto mi muerte», le dijo al agente de la puerta, que la puso al lado de la estufa para que entrara en calor antes de acompañarla al albergue municipal.

El ‘dueño’ de la chabola

Pero la chabola del Este no es nueva. Ni mucho menos. «El ‘dueño’ –así se refieren a él– lleva 40 años en España y siempre ha estado en la calle. La construyó hace 20 años. Ahora está en Marruecos». Abdul habla de él como una «buenísima» persona que los acogió sin conocerlos de nada. «Tiene unos 70 años y ha vivido de todo aquí. Se dedica a vender chatarra. Lo que saca, lo envía a su país para dar de comer a sus ocho hijos».

Ellos, entre tanto, se alimentan con lo que pueden. Cada día es un manual de supervivencia. «Unas veces compramos algo de pollo en la carnicería y lo cocinamos –tienen hasta una hornilla y una bombona de gas–, otras veces pescado... Lo compartimos todo», resume Abdul. El reto de cada mañana es conseguir dinero. «Buscamos objetos abandonados para venderlos en el rastro de la feria», explica Hamza. En un día bueno pueden sacar 40 euros con lo que otros tiran a la basura. La chabola, a la luz de un teléfono móvil, parece un bazar. Hay, al menos a la vista, alguna maleta vieja, bolsas de ropa, varias bicicletas y hasta juguetes. «¡Todo lo que se pueda vender!», añade. Consiguen agua potable de un grifo que hay dentro del recinto del puerto, «pero el aseo es lo más complicado», responde Mercedes, que se queja de la comida y la higiene del Centro de Acogida Municipal; y, sobre todo, «de la falta de oportunidades». En verano recurren a las duchas de la playa; «en invierno, prefiero el albergue», apostilla Chouaib mientras muestra la tarjeta azul que lo acredita como usuario. «La vida bajo un puente es difícil, pero es mejor que dormir en la calle. Si nos echan de aquí, ¿dónde vamos a ir?», se pregunta Mercedes.