Diario Sur

Los terremotos, una asignatura pendiente de Europa

Los terremotos que están azotando Italia desde agosto están siendo de los más fuertes vividos en Europa en toda su historia, también en la propia Italia han pasado siglos en que no se vivía algo así. Hace un par de días, tras el terremoto doble de Visso 5,5 y 6,1, adelantábamos que la zona de Peruggia, la que hoy está sufriendo un golpe sísmico sin tregua, seguiría siendo vapuleada, también que allí se vivió un terremoto de 6,7 en enero de 1915, entonces la energía acumulada mató a 32.000 personas. Hoy los habitantes de prácticamente todo el país se han despertado con un nuevo impacto de 6,6.

Europa desde hace prácticamente un siglo y medio vive algo despistada inmersa en una realidad que ha esculpido parte de su personalidad. ¿Pero cómo llegó a labrarse esta amnesia sísmica europea?

Los mayores éxitos europeos para paliar estos desastres son bastante modernos y, aunque muchos españoles no lo sepan, es España la pionera en luchar contra los efectos adversos, catastróficos y letales de este fenómeno natural. Pero ese brillante y valioso conocimiento se aprendió lejos de Europa. La más moderna de dichas experiencias comenzó tras los terremotos de Santa Marta, de 1773, paralizaron el desarrollo de la ciudad de Santiago de los Caballeros, capital del Reino de Guatemala (hoy la Antigua Guatemala); el entonces Presidente y Capitán General, Martín de Mayorga, decidió como conveniente el traslado de la ciudad a otro lugar.

Era el primer urbanismo que contaba con una incipiente mirada geotécnica; luego se comprobó como una providencial decisión muy positiva. En la búsqueda del nuevo emplazamiento se localizaron varios lugares; un paraje en Chimaltenango, un valle en Jalapa y el valle de la Ermita en Guatemala; a fines de agosto de 1773 se determinó que provisionalmente sería el Valle de La Ermita o de Las Vacas el nuevo asiento de la capital.

El 21 de julio de 1775, casi veinte años después del mayor terremoto y tsunami que sacudirían Europa (Lisboa, 1 de noviembre de 1755), y que especialmente se ensañó con Portugal y España (Mw 8,8) con cerca de 100.000 muertos, se emitió en España la Real Cédula aprobatoria del cambio de lugar, la cual llegó a Guatemala el día 1 de diciembre, entonces toda Europa, consternada aún, empezaba a despertar a su mortífera realidad telúrica de una manera más moderna, casi científica. Pero poco a poco la mayor parte de la población ya caía en el recurrente olvido europeo de la sismicidad europea, habían pasado dos largas décadas tras el terremoto de Lisboa.

Algo más se dilató entre los europeos la tregua sísmica y el olvido se extendió por casi tres décadas, pero enseguida, ocho años después de comenzar el nuevo proyecto de la ciudad de Guatemala, en 1783, también Italia desde Calabria, se lo recordó a toda Europa. Poco a poco Europa se sumiría en su particular amnesia sísmica, y ya volverían a ser pocos los brotes que despertaran a semejante realidad la memoria europea: 1802 en Vrancea (Rumanía), Almería en 1804, en Alicante, Torrevieja en 1829 cuya reconstrucción siguió los pasos de Guatemala, el gran terremoto napolitano de 1857, en 1881 en Chios (Grecia), en 1884 en Colchester (Inglaterra) y ese mismo año en Arenas de Rey, conocido como el terremoto de Andalucía rubrica y pone fin a una época de algo más de un siglo en la que los temblores de tierra formaron parte de la cultura europea, se estudiaban en colegios y universidades y se daban pautas de qué hacer si brotaban. Esa cultura popular nunca más volvió.

Desde entonces, hace ya 132 años, tan sólo las desgracias, como las recientes italianas y españolas, nos recuerdan a los europeos la realidad sísmica de nuestras tierras, no la prevención, la resistencia o las políticas resilientes, como en Centroamérica; hoy ese olvido ha traído las lamentables imágenes italianas y españolas que todo el orbe ha visto alarmado en 2009, 2011, 2012 y 2016. Son las instantáneas de la incapacidad para sobreponerse, de la amnesia, de la dejadez, de esa falta de cultura (en especial sísmica) que en pleno siglo XXI sigue siendo letal en Europa. Decenas de miles de millones de euros son el coste de un olvido que frustra un futuro brillante. Lorca, Nursia, Peruggia, Asís, Amatrice..., y otros tantos lugares que albergan patrimonios y tesoros de la humanidad parecen encontrarse a merced de los caprichos de una naturaleza vehemente. Las imágenes de la basíslica de San Benito de Nursia, destruida esta mañana, están dando la vuelta al mundo dejando un poso de tristeza e impotencia.

¿Y qué pasó con la España de ultramar? Aquellos centros urbanos que todavía eran españoles vivieron una innovación protectora: el patrón de agrupamiento característico de Europa aunque, salvo casos muy aislados ya no adoptaba murallas, se diseñó de acuerdo a un trazado urbano “moderno”, reticular, de manzanas cuadradas. Es admirable cómo semejante experiencia de ultramar hubo de ser importada en 1829 a Europa (Torrevieja), el modelo con pocas reservas o variabilidad llegó a ser aplicado en la mismísima piel de toro de Iberia.

Cuando el terremoto de Torrevieja (Alicante 1829 M6,7) destruyó varias villas y asentamientos que fueron posteriormente sometidos a similares planes urbanísticos "anti-sísmicos", la experiencia ya vivía en la genética cultural española y por lo tanto europea. A la sazón pudo materializarse tras ser pensada, proyectada, y puesta en escena en Guatemala con un éxito que aún hoy nos sorprende gratamente a los mismos españoles, aunque muchos, incluso tristemente en círculos de estadistas que distribuyen nuestro estoico territorio, lo ignoren. La especulación y la voracidad constructiva de finales del siglo XX y principios del XXI nos reservan unas cuantas desavenencias, y aunque sea duro decirlo, más de una desgracia.

El haber roto con aquella valiosa experiencia y tradición del incipiente urbanismo geotécnico, tarde o temprano pasará factura. Sin embargo, los estamentos científicos y los geólogos que trabajamos en la recuperación de las comunidades azotadas o amenazadas por cualquier amenaza, incluida la sísmica, no somos bien comprendidos. Al igual que Casandra fue castigada por Apolo para ver el futuro y no ser escuchada cuando los troyanos aceptaron el regalo del caballo de los aqueos e hicieron caso omiso de sus advertencias, muchos científicos hemos sido castigados por Mercurio, dios del comercio y la codicia, para no ser escuchados y tachar nuestras advertencias como agoreras, alarmistas o enemigas del desarrollo. Las normas de construcción sismorresistente no han sido suficientes, no lo son y nunca lo serán. ¿Por qué sufrimos los europeos tanta desgracia a pesar de que nuestros terremotos se producen con mucha menos violencia? ¿Quién paga un coste tan alto? Impredecibles y destructivos al igual o peor que en Centroamérica, los desastres sísmicos europeos son muy costosos, pero el problema es que siguen pesando sobre las economías y las sociedades mucho tiempo después, las comunidades europeas quedan afectadas por años, por décadas, a veces para siempre.