Trump recorta las alas al vuelo de May

Un 'castigo' arancelario a la industria aérea abre incógnitas sobre el futuro de las relaciones comerciales 'posbrexit'

ÍÑIGO GURRUCHAGA MÁNCHESTER.

Theresa May dice que siente una «amarga decepción» por la carga que el Departamento de Comercio de Estados Unidos ha dictado contra las futuras importaciones de aviones de fuselaje estrecho de la firma Bombardier, castigando los subsidios de los gobiernos de Canadá y de Reino Unido. Es un asunto con ramificaciones en los dilemas del 'brexit'.

El origen de la sanción es la denuncia de Boeing, la compañía del sector aeroespacial y de defensa con sede en Chicago, después de que la aerolínea Delta, con sede en Atlanta, anunciase el año pasado la firma de un contrato con Bombardier para la adquisición de 175 aviones Serie C por unos 4.750 millones de euros. Boeing, que con Airbus tiene un duopolio mundial en el sector, no pujó por el contrato.

Los aviones para líneas regionales de la Serie C son una aventura de Bombardier en un mercado en el que no operaba. Su especialidad en la aeronáutica son los jets para empresas. En 2008 decidió competir con Boeing y Airbus fabricando un avión para 100 a 135 pasajeros. Bombardier, uno de los mayores fabricantes de trenes del mundo, ha tenido problemas variados con su proyecto.

LA CLAVE EE UU grava con el 220% el precio de un avión que recibió subsidios públicos en Reino Unido y Canadá

El Gobierno federal de Canadá y el de Quebec concedieron a Bombardier préstamos para el comienzo de la Serie C. El de la provincia francófona inyectó 850 millones de euros a cambio de una participación accionarial en 2015. Y el Ejecutivo federal de Ottawa le otorgó un nuevo préstamo de unos 250 millones el pasado febrero para hacer frente a los costes imprevistos en la producción de los aviones.

Las alas de los aviones se fabrican en Belfast, donde, en 1989, Bombardier adquirió Shorts, creada en 1908 y dedicada a la fabricación de pequeñas aeronaves, y concentrada en sus últimas décadas en la provisión de aviones de combate o misiles. Es la segunda empresa de Irlanda del Norte, la mayor industria, con unos 4.500 empleados; de ellos, 1.000 están vinculados a los aviones de la Serie C.

El Gobierno británico le ha concedido préstamos de instalación y reducciones fiscales por innovación tecnológica, y el Ejecutivo norirlandés, subvenciones por investigación y desarrollo y formación de empleados. La Administración de Comercio Internacional (ITA), una agencia del Departamento de Comercio estadounidense, ha decidido esta semana que esas ayudas justifican imponer un arancel de 220% del precio de venta del avión en Estados Unidos. La decisión final se tomará en febrero.

En Canadá, particularmente en Quebec, se prometen venganzas contra Boeing. El ministro británico de Defensa, Michael Fallon, dijo ayer que la sanción «podría poner en peligro» futuros contratos de la compañía estadounidense, un proveedor habitual de las fuerzas armadas británicas. En Estados Unidos, la noticia no ha pasado las fronteras de los especialistas en el sector aeroespacial. Downing Street anotó la preocupación de Theresa May, el día 20, en las minutas publicadas de su entrevista con Donald Trump, en el contexto de la Asamblea General de la ONU: «La primera ministra reiteró al presidente la importancia de Bombardier para la economía de Irlanda del Norte y la importancia de proteger los empleos que la compañía provee». Ni Trump ni sus portavoces mencionaron el caso entonces ni lo han hecho después.

Tampoco lo ha hecho el secretario de Estado de Comercio, Wilbur Ross, del que ahora se recuerdan algunos comentarios, antes de ser nombrado en el Gabinete de Trump y de tener que renunciar a puestos directivos en un banco chipriota por sus conexiones con dirigentes rusos. Dijo que el 'brexit' -«el más caro divorcio de la historia», según él- es una «oportunidad caída del cielo» para que los rivales de la City de Londres le quiten negocios. «Recomiendo a Chipre que adopte y anuncie inmediatamente unas políticas aún más liberales que las que ya tiene en sus servicios financieros para intentar aprovecharse de las inevitables movimientos de sedes que se darán durante el período de confusión», dijo tras el voto británico. Y predijo que la confusión será más larga que lo previsto.

«Durante décadas, la política de Washington sobre el sector industrial se puede resumir en una palabra: rendición», dijo ayer el presidente Trump a una asamblea de empresarios con motivo del Día de la Industria. «Con mi administración la era de la rendición económica ha terminado y el renacimiento de la industria estadounidense ha comenzado. Estados Unidos está ganando de nuevo y está siendo respetado de nuevo».

A Theresa May le han llegado la noticia y la retórica en un momento inoportuno. Este fin de semana ha comenzado la conferencia conservadora en Mánchester, donde aspira a que los miembros de su partido reaviven su optimismo sobre la capacidad del 'brexit' de liberar el espíritu comercial británico más allá de la Unión Europea. Y su débil Gobierno depende además del apoyo en el Parlamento del Partido Unionista Democrático (DUP) de Irlanda del Norte.

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