Trump promete «hacer grande a la ONU»

Trump fue recibido ayer por Guterres (izda.) en su primera visita a la sede de la ONU. :: Lucas Jackson / REUTERS

El presidente visita por primera vez la sede de Naciones Unidas, donde hoy interviene ante la Asamblea General

MERCEDES GALLEGO NUEVA YORK.

Hace mucho que Donald Trump le tiene echado el ojo a la ONU, un organismo que a su juicio «tiene un enorme potencial», como dijo ayer en la primera visita a su sede como presidente de EE UU. No está claro a qué se refería, pero sí que pensaba más en sus negocios inmobiliarios que en «los nobles principios» de paz y seguridad sobre los que se fundó, tras haber recortado la contribución norteamericana a los cascos azules en seiscientos millones de dólares (502 millones de euros). «Voy a hacer a la ONU grande», prometió orgulloso al salir de su primera breve reunión en el edificio. «No grande de nuevo», como decía de EE UU en su eslogan de campaña, «sino grande», apostilló. «Tiene un gran potencial».

En 2001 concluyó al otro lado de la calle la construcción de un gran rascacielos de 90 plantas que, según bufó el entonces secretario general de la ONU, Kofi Annan, «va a dejar en la sombra a todos los edificios de alrededor. No sé cómo ha conseguido el permiso». Hoy se entiende. Se lo concedió el Ayuntamiento de Rudy Giuliani, buen amigo de especuladores y turbios negocios inmobiliarios, antes de convertirse en uno de los principales asesores de su campaña. «Vi un gran potencial al otro lado de la calle», reconoció ayer al empezar su primer discurso en el edificio que siempre ha ambicionado. «Para ser honestos la única razón por la que resultó ser tan exitoso es porque estaban aquí las Naciones Unidas».

Como hombre de negocios deslumbrado por el brillo de los rascacielos, no se le pasa uno como ese. En 2005, cuando la ONU acometió la renovación de su icónica sede abierta en 1952, Trump propuso a Annan hacerle el trabajo por la mitad de precio. Y cuando este no aceptó llevó sus quejas hasta el Senado de EE UU, donde se debatía un préstamo de 1.200 millones de dólares (1.003 millones de euros) para acometer las obras. Trump clamaba haber hecho su rascacielos de lujo por 350 (292).

Para ser justos, las obras de renovación de la ONU se dispararon a 2.000 millones de dólares (1.672 millones de euros), pese a los materiales baratos, ya destartalados, por los que dos años después campan las ratas tan pronto como salen los diplomáticos. Nadie disputa que la costosa burocracia de «un sistema bizantino» es un despilfarro que también indigna al nuevo secretario general, Antonio Guterres, un político luso que después de ser primer ministro de Portugal se reinventó como Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados. Sus artes de político astuto, decidido a no pisar ningún callo, permitió su repentino ascenso a la cúpula de la organización por sorpresiva unanimidad, en un año en el que todos esperaban que el puesto recayese en una mujer de Europa del Este.

Lucha contra la burocracia

Guterres ha hilado tan fino como ha podido durante sus primeros nueve meses en el cargo, incluso al precio de minimizar sus críticas al Gobierno de Trump por vetar la entrada de refugiados sirios a los que el nuevo secretario genera de la ONU había prometido defender. Ayer, sentado a la derecha de Trump, sus esfuerzos dieron frutos, alineados al discurso de luchar contra la burocracia de la organización. «Mientras el presupuesto de Naciones Unidas se ha incrementado en un 140% desde 2000 y su personal es más del doble, no vemos resultados en línea con esa inversión», criticó el magnate convertido en presidente. «Pero sé que eso está cambiando bajo el mandato del secretario general, y rápido. Lo hemos visto», añadió.

Guterres aún sigue esperando el prometido almuerzo en la Casa Blanca con el que Trump agasajó a los embajadores del Consejo de Seguridad. Durante este tiempo se ha trabajado a las dos mujeres cercanas al presidente, la embajadora Nikki Haley, más visible estos días que el propio secretario de Estado, Rex Tillerson; y, por supuesto, su hija Ivanka Trump, a la que invitó a la sede de la ONU el 28 de julio para un almuerzo privado. Ante la joven que intenta ser adalid femenina lamentó el costo que tendrá para «las mujeres y niñas vulnerables» el tijeretazo que ha dado el Gobierno de su padre al Fondo de Población». Y no hemos hecho nada más que empezar», apostilló la embajadora Nikki Haley.

En el discurso con el que Trump se estrenará hoy ante los 128 jefes de Estado que han acudido a la 72 Asamblea General de la ONU, Trump renovará su demanda de que la organización presente «resultados» y recupere la confianza de la población. Esta será también su oportunidad de asumir el liderazgo mundial que ha prometido, no solo al frente de la organización de la que EE UU es el máximo contribuyente, con el 22% (1.200 millones de dólares), sino para que lleve a cabo sus proyectos internacionales antes de lo haga el Pentágono. Los líderes mundiales asisten a este primer discurso inquietos por la impredictibilidad de un hombre que ha prometido «abofetear a quién se lo merece», según su embajadora en la ONU.

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