Trump limpia su Gobierno de voces críticas

Con un golpe de tuit despidió al secretario de Estado, Rex Tillerson, y lo sustituyó por el director de la CIA

MERCEDES GALLEGO NUEVA YORK.

La Casa Blanca de Donald Trump es una casa de locos en la que cada semana desaparece abruptamente un alto cargo, bien porque lo despida el jefe, bien porque no pueda más con la presión y dimite. Ayer le tocó al secretario de Estado, Rex Tillerson, cuyo puesto era tan alto que le situaba cuarto en línea de sucesión. La sacudida fue mundial cuando la noticia fue difundida por Twitter, el arma de destrucción masiva de este presidente. Tillerson era uno de los pocos que quedaban del equipo original catorce meses después de que se formara el Gobierno.

Las desavenencias eran tan públicas que su despido se especulaba desde hace meses, pero cuando llegó fue tan abrupto y caótico que bien pudo haber sido un capítulo más de la serie de reality show con la que el magnate batió récords de audiencia en NBC. Trump ni siquiera tuvo la decencia de avisarle. Solo le llamó desde el avión cuatro horas después de su intempestivo tuit matutino para asegurarse de que dejaría el cargo. Su portavoz, Steve Goldstein, había contradicho públicamente al mandatario al negar que hubiera hablado con el secretario de Estado sobre su destitución y mientras no se produjera esa conversación dijo que este tenía «toda la intención de seguir en el cargo». Goldstein siguió rápidamente los pasos de su jefe, fulminado horas después que él.

Siempre correcto y reservado, cuando apareció públicamente, Tillerson no se molestó en agradecer al presidente por el honor de haber servido en su Gobierno. De hecho, ni siquiera le nombró. Anoche mismo le traspasó todos los asuntos de Estado a su adjunto, John Sullivan, y anunció que a medianoche del día 31 se habrá liberado definitivamente del cargo, que ha convertido en pesadilla su antigua vida de petrolero al frente de Exxon.

Línea dura

Su partida supone un endurecimiento inmediato de la política estadounidense en el mundo, que Tillerson intentó mantener dentro del orden establecido. Como todos los que tratan contener los instintos nihilistas de Trump, ha perecido en el intento. El presidente no busca una mente pensante, «no valora la experiencia sino la lealtad y se deshace de aquellos dispuestos a darle una opinión independiente», analizó el senador Ben Cardin.

No fue idea de Tillerson dinamitar Oriente Próximo con el traslado de la Embajada estadounidense a Jerusalén. El ya ex secretario de Estado prefería modificar el acuerdo nuclear con Irán en vez de anularlo, como recomienda el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. Y apostó desde el principio por la diplomacia como vía para evitar una guerra con Corea del Norte. «Es una pérdida de tiempo», tuiteó su jefe cuando volvía de Asia de uno de esos viajes diplomáticos. «Es un idiota», le oyeron decir en verano pasado.

Trump le retó por Twitter a medir sus coeficientes intelectuales, «y te puedo asegurar quién va a ganar». Él se negó a desdecirse en público, solo desvió las preguntas y reiteró su compromiso con un presidente al que apenas veía.

Parecía que ahora que había triunfado la diplomacia olímpica su papel sería por fin más necesario que nunca, pero de cara a ese histórico encuentro con el líder norcoreano -del que Tillerson se enteró por las noticias-, Trump quería a su lado a alguien de confianza con quien tuviera «química», dijo ayer.

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