Trump completa su Gobierno bélico

Trump, acompañado por el vicepresidente Pence y el secretario de Comercio, Ross, en la Casa Blanca. :: Kevin Lamarque / reuters/
Trump, acompañado por el vicepresidente Pence y el secretario de Comercio, Ross, en la Casa Blanca. :: Kevin Lamarque / reuters

Elige a John Bolton, un ultraconservador partidario de los ataques preventivos, como nuevo consejero de Seguridad Nacional

MERCEDES GALLEGO NUEVA YORK.

Llamar a John Bolton 'halcón' es, en palabras de 'The Washington Post', quedarse muy corto. Adjetivos como extremista, ultraderechista y radical se repetían por doquier, sin que ninguno acertase a explicar el pánico que ha despertado su nombramiento como consejero de Seguridad Nacional.

Donald Trump sabe bien cómo piensa Bolton. Lleva años viéndole en Fox News como comentarista de política internacional. Durante su primer año le ha visitado tanto que el jefe de Gabinete, John Kelly, tuvo que poner coto a su entrada libre en el Despacho Oval. Ahora deberá convivir con él a diario, a no ser que Trump le despida, como avanzan varios medios. Su ideólogo y exasesor Steve Bannon dijo el jueves al 'Financial Times' que si echa a Kelly «no lo reemplazará». A Trump no le gusta tener a alguien que le lleve la contraria y ponga orden en el Ala Oeste. Lo suyo es el caos.

Bolton será perfecto para su causa. El ideólogo de las guerras preventivas puede ser incluso más explosivo que el presidente. Así terminó en un hotel de Kirguistán el desacuerdo que tuvo con Melody Townsel cuando esta dirigía un proyecto de US AID, cuya defensa legal estaba a cargo de Bolton, según contó en 2005 al Comité de Asuntos Exteriores del Senado que estudiaba su nominación para embajador en la ONU. «El señor Bolton procedió entonces a perseguirme por los pasillos de un hotel ruso lanzándome objetos, me metió cartas amenazadoras por debajo de la puerta y, en general, se comportó como un loco. A la vuelta hizo todo lo que pudo para intimidarme y que mi vida fuera un infierno, además de comentarios impensables sobre mi peso, mi vestuario y mi sexualidad, sugiriendo que soy lesbiana (para que conste, no lo soy)».

Química garantizada

La anécdota 'patológica' recuerda a la que describió durante su divorcio la primera esposa de Trump. Ivana se escondió aterrada toda la noche en un baño de su residencia en la Torre de la Quinta Avenida, después de que el ahora presidente intentase arrancarle mechones de cabello para que supiese lo que se siente al perderlo. Según publicó la revista 'Vanity Fair', había montado en cólera por los efectos adversos de un crecepelo que ella le había regalado.

Todo indica que con Bolton tendrá la química que el presidente dice estar buscando en sus nuevos fichajes. Decidido a deshacerse de aquellos que en su primer año de mandato han querido que gobierne de acuerdo a los cánones, Trump se está haciendo ahora con un Gabinete televisivo para un equipo de 'reality show' con el que pretende divertirse y hacer las cosas a su manera.

A Bolton lo descartó inicialmente para secretario de Estado porque su bigote no le parecía adecuado. Tampoco habría pasado la criba del Senado. Como consejero de Seguridad Nacional no necesitará obtener aprobación de los legisladores, solo organizar las fuentes de Inteligencia que a Trump no le gusta leer y contarle en persona los análisis que antes daba en televisión.

«Para detener la bomba de Irán, bombardea Irán», ha escrito. O, hace solo tres semanas, 'El caso legal para atacar primero a Corea del Norte'. Serán estas las ideas que defienda de cara a las conversaciones con Kim Jong-un y la inminente decisión sobre el acuerdo nuclear con el país persa. Bajo su asesoramiento, la guerra parece más inminente que nunca. Fue el punto de contacto de Israel para inspirar a Bush el vértice iraní del Eje del Mal.

Como subsecretario de Armas y Seguridad Internacional convenció al entonces vicepresidente Dick Cheney de que había que atacar a Irak antes de que Sadam Husein utilizase contra EE UU sus inexistentes armas de destrucción masiva. La falta de autorización de la ONU no le importaba, porque «si faltaran las diez últimas plantas» que acogen la dirección del organismo multilateral «no cambiaría absolutamente nada». Al fin y al cabo lo que hay es «una comunidad internacional que ocasionalmente puede ser dirigida por el único poder real que queda en el mundo, Estados Unidos, cuando cuadra con nuestros intereses y podemos convencer a otros de que nos acompañen».

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