La televisión rusa justifica el castigo al «traidor»

RAFAEL M. MAÑUECO CORRESPONSAL MOSCÚ.

Algunos de los presentadores de televisión rusa más identificados con el Kremlin consideraban la semana pasada que era normal que el «traidor» Serguéi Skripal pagara por desenmascarar a todos los agentes rusos del GRU (la inteligencia militar) que operaban en Europa, negando a renglón seguido que el presidente, Vladímir Putin, tuviera que ver con ello. Si es cierto además que el agente doble envenenado junto con su hija mantenía aún su colaboración con el MI6 británico, su nombre seguramente estaba en alguna lista de indeseables de la Lubianka, la sede del poderoso FSB, el Servicio Federal de Seguridad que antaño se llamó KGB, el temible Comité de Seguridad del Estado. Putin ha reforzado este órgano con los mismos poderes que tuvo en la época soviética, incluyendo patente de corso para actuar en el exterior.

El analista del bisemanario 'Nóvaya Gazeta', Pável Felgenhauer, está convencido de que el ataque tóxico contra Skripal «tuvo que hacerse sin ninguna duda siguiendo órdenes de Moscú, ya que nadie más podría estar interesado. En el FSB es tradición castigar a los traidores para mantener la disciplina en sus filas». Y tiene lógica que Putin pudiese estar al corriente. El presidente procede del KGB, en donde llegó a coronel.

Alexánder Litvinenko, exagente exiliado en Reino Unido al igual que Skripal, precisamente denunció desde Londres los métodos del FSB. Un encuentro en el Hotel Millennium de Londres con los agentes del FSB, Andréi Lugovói y Dmitri Kovtún, acabó con su envenenamiento. Uno de los dos le echó polonio-210 en el té y Litvinenko murió días después, el 23 de noviembre de 2006.

Sin huella

Gracias a las informaciones facilitadas por 'traidores' como Litvinenko o el antiguo general del KGB, Oleg Kaluguin, también en el exilio, se supo de la existencia del Laboratorio-12, conocido también con el nombre de La Cámara, creado por orden de Stalin durante los años 30 con el objetivo de sintetizar potentes venenos que mataran con rapidez y sin dejar huella en el organismo. Con los compuestos elaborados en el Laboratorio-12 fueron 'ejecutados' personajes como el diplomático sueco Raoul Wallenberg, muerto en 1947; el dirigente nacionalista ucraniano Stepán Bander, en 1959; y el disidente búlgaro Gueorgui Márkov, en 1978, con el que se utilizó la punta de un paraguas para inocularle la ponzoña.

Amir Hatab, uno de los líderes de la guerrilla chechena, murió por una sustancia introducida en el sobre de una carta. El que fue presidente de Ucrania, Víctor Yúshenko, resultó envenenado con una dioxina elaborada en Rusia que no le mató, pero le desfiguró el rostro.

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