El socialista que creó un imperio

Cyril Ramaphosa. :: AFP/
Cyril Ramaphosa. :: AFP

El antiguo sindicalista y hoy millonario Cyril Ramaphosa se ha convertido en el nuevo hombre fuerte de Sudáfrica

GERARDO ELORRIAGA

Cyril Ramaphosa se dejó contagiar la semana pasada por la atmósfera de exaltación revolucionaria que presidió la última conferencia del Congreso Nacional Africano (CNA), en la que fue elegido presidente del partido. Mientras se procedía al recuento de los votos, el futuro candidato a la jefatura del Estado de Sudáfrica, cantó canciones de lucha como 'Mabayek'umhlaba Wethu', que reclama la devolución de las tierras arrebatadas por los colonos blancos, y coreó la frase «Yo soy un comunista», entonada por muchos de los asistentes, posiblemente los más nostálgicos.

No parece apropiado que la futura máxima autoridad del país del arco iris exprese abiertamente su interés por confiscar las granjas de la minoría blanca, pero resulta más difícil creer en el espíritu socialista de uno de los hombres más ricos del continente, al que se estima una fortuna de 570 millones de euros. La élite política del país abunda en contradicciones tan grandes como los recursos y dimensiones de la primera potencia africana.

El encumbramiento del actual vicepresidente sitúa a Jacob Zuma, su actual dirigente, en una tesitura complicada. El rijoso líder africano se halla ahora al servicio de su segundo, quien está destinado a convertirse en candidato oficialista y apoyado por la maquinaría oficial. Pero la gestión del atribulado presidente se ha caracterizado por una sucesión de despropósitos y escándalos que amenazan las aspiraciones de Ramaphosa. Su pérdida de credibilidad, tan contraproducente para el partido, puede impedirle su permanencia al frente del Ejecutivo hasta la celebración de los comicios del 2019.

Además de capear con el desprestigio de su antecesor, Ramaphosa ha identificado a los cuatro jinetes del Apocalipsis de la economía sudafricana. La pobreza que atenaza al 40% de la población, el desempleo de una cuarta parte de la mano de obra, la abismal desigualdad de recursos -la mayor del planeta- y la rampante corrupción constituyen los retos a los que debe hacer frente. Como presidente de la Comisión Nacional de Planificación, encargada de diseñar y planificar el desarrollo, parece la persona idónea para este cometido, pero la realidad, una vez más, enturbia la lógica austral.

Oligarquías locales

La incautación de las propiedades rurales que permanecen en manos de la minoría de origen europeo se ha convertido en un argumento que remite más a lo emocional que a tesis económicas. A lo largo de los últimos 23 años, el régimen ha adquirido el 4% de las tierras para la redistribución entre la mayoría negra. Las propiedades han acabado en manos de oligarquías locales y la reforma ha generado aún más paro.

La crisis económica sudafricana no encuentra soluciones y, durante la primera mitad del año, las agencias internacionales de calificación de riesgos redujeron la condición crediticia a bono basura. El cese del reputado ministro de Finanzas Pravin Gordhan y la actitud de Zuma, empeñado en rodearse de afines y favorecer a sus allegados, han arruinado la credibilidad del Gobierno.

El mundo confía en un cambio de rumbo tras el previsible traspaso de testigo. Pero las credenciales de Ramaphosa tampoco escapan a las paradojas más sangrantes. El hombre que impulsó la Unión de Mineros y la plataforma sindical Cosatu, convertida en su principal sostén, inició una carrera empresarial en 1997 culminada con la creación del holding Shanduka y la adquisición de acciones de la empresa Lonmin, propiedad de la explotación de Marikana, allí donde, hace cinco años, la policía abatió a 34 trabajadores.

El antiguo sindicalista reconvertido en multimillonario ha manifestado su interés por luchar contra el nepotismo, el pago de sobornos y el clientelismo, lacras del sistema sudafricano. El hombre que se hizo con las franquicias de Mc Donalds y Coca Cola, el propietario de más de treinta bienes raíces en Johannesburgo, el presidente de un conglomerado que aglutina servicios financieros, empresas de energía y telecomunicaciones, cree que las prácticas corruptas corroen el modelo sudafricano, único en todo el continente. Pero, tal vez, el acaparamiento de recursos también genere resquemor.

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