Sangre y muerte entre los casinos

C. CONEJERO NUEVA YORK.

El constante hervidero humano entre gigantes de luces y música permanente para atraer a los visitantes de los casinos en Las Vegas quedó abruptamente interrumpido por las balas en una noche que sin duda tardará tiempo en desaparecer de la memoria colectiva de la ciudad del desierto de Nevada.

El gran corredor del bulevar sur, arteria principal de la urbe, justo en la zona donde normalmente se alzan con esplendor imperial los principales hoteles y casinos de la ciudad, fue el escenario de la matanza. Allí, las luces de los coches de policía y las alarmas de los servicios de paramédicos competían con los gigantes anuncios de neón ante un escenario devastador de cuerpos sin vida y sangre entre objetos abandonados por las miles de personas que asistían al festival en el momento del tiroteo.

Muchos creyeron en un primer momento que se trataba del ruido de fuegos artificiales, comunes en una ciudad con constante atención a los visitantes. «De inmediato supe que se trataba de un tiroteo», señalaba, sin embargo, Tenaja Floyd, de Idaho, que asistía al festival acompañada de su madre Jennifer, quien la empujó al suelo y se tendió encima de ella para protegerla. Más tarde, cuando vieron que la gente corría para huir decidieron marcharse con todos los demás por temor a verse capturadas si el tirador aparecía en el lugar.

Krystal Legette, de Nueva York, se encontraba en la oficina del helipuerto de Helicópteros Sundance esperando un vuelo de recreación para ver las luces de la ciudad cuando de repente tres mujeres entraron gritando «¡están disparando!». Un momento después llegaba una chica sangrando, con una herida de bala en el brazo. Krystal, que es enfermera, tuvo que improvisar un torniquete. En pocos momentos una avalancha de un centenar de personas llenaba la oficina buscando refugio. Un empleado cerró las puertas y apagó las luces mientras la gente se apiñaba en el suelo alejada de las ventanas y esperando en la oscuridad el final de la pesadilla.

Los hoteles, incluido el Mandalay Bay, fueron cerrados por la Policía, dejando a los visitantes virtualmente a merced del tirador. Los ascensores fueron bloqueados y horas después de la masacre todavía la normalidad no fue restablecida.

El Festival Harvest Route 91, dedicado a la música country, celebraba el último de sus tres días de conciertos con todas las entradas vendidas. El recinto, un espacio con capacidad para 40.000 personas, es propiedad de el conglomerado de resorts de Metro Goldwyn Mayer.

Entre las más de quinientas víctimas se encuentran dos policías, heridos mientras se encargaban de la seguridad, mientras un tercero, fuera de servicio, que murió de un impacto de bala. Decenas de vuelos han sido cancelados y los aeropuertos de Las Vegas funcionan con servicios limitados.

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