«Es como si todo el mundo supiera qué hacer»

Voluntarios excavan en los escombros de un edificio de Ciudad de México. :: RONALDO SCHEMIDT / afp

El pueblo mexicano, resignado ante una historia de catástrofes, ha vuelto a dar una lección de solidaridad

ARANTZA FURUNDARENA COZUMEL.

«Las cosas me volaban por encima. Reventaron las ventanas que dan a la calle. Las lámparas bailaban y se caían. Yo estaba frente al refrigerador y veía cómo se abrían las paredes y se resquebrajaba el techo. El frigorífico se movía como loco. Los cajones de la cocina salieron volando. Todo lo que había en la alacena me cayó encima. Los marcos de las puertas se partían...». Si alguien quiere aproximarse a la experiencia de sufrir un violento terremoto que imagine la secuencia más aterradora de una película de 'poltergeist' y la multiplique por cien.

Lo que acaba de relatar Naiki, 'chilanga' (o sea, natural de la capital) de 43 años, no es ninguna pesadilla. Es lo que vivió en su propio domicilio el martes, cuando la capital mexicana registró un seísmo de más de siete grados. Ella al menos ha podido contarlo. Así se lo describía en un whatsapp esa misma tarde a su amiga Angelines. «Ha sido la experiencia más terrorífica de mi vida. Ayer justo había venido el perito para ver los daños que dejó en mi 'depa' (piso), el temblor de la semana pasada y eran como de 50.000 pesos (2.300 euros). Y yo me quejaba... Ahora lo de la semana pasada es nada. Creo que mi edificio ya no es habitable».

El temple, la resignación y la apabullante solidaridad con que el pueblo mexicano se enfrenta a sus peores catástrofes naturales solo puede explicarse desde una peculiar idiosincrasia que hunde sus raíces en esta cultura ancestral de terremotos y huracanes, la de un país que hasta en su himno nacional proclama «que retiemble en sus centros la Tierra».

LAS CLAVES «Lo único bueno es que nos saca de la indiferencia en la que vivimos las sociedades posmodernas» «No sé si duró un minuto, pero se me hizo eterno. Te abrazas y deseas con todas las fuerzas que pare»

Angelines, la amiga de Naiki, tiene 48 años y vivió su primer sismo a los ocho, en aquel temblor nocturno que derrumbó la Universidad Iberoamericana del D. F. La sacudida la despertó a la una de la madrugada en el chalé familiar de la zona de Las Lomas, una de las áreas residenciales más «duras y seguras» de Ciudad de México. La niña brincó de la cama y se dirigió de inmediato al dormitorio de sus padres: «¡Mamá, mamá, la casa está temblando!». «Tranquila -le respondieron-. No pasa nada. Vuelve a dormir».

Pero unos años después, en 1985, nadie pudo conciliar el sueño. Aquel descomunal terremoto segó la vida de 10.000 personas y quienes a duras penas sobrevivieron tiemblan ahora de terror cada vez que el suelo se mueve bajo sus pies. «Mucha gente de mi edad tiene la sombra del 85. Y son las más vulnerables a las crisis nerviosas», explica Angelines. Ella no tanto. Quizá porque lo sufrió levemente con 16 años y más que el temblor recuerda lo que vino después... Una oleada de solidaridad que la llevó a pasar días preparando sandwiches y repartiendo comida y ayuda por toda la ciudad junto a sus compañeros de clase. Treinta y cinco años después son sus cuatro hijos, tres de ellos universitarios, los que se han movilizado y donado sangre. «El único lado bueno del terremoto -reflexionó esta mexicana- es que nos saca de la indiferencia en la que vivimos las sociedades posmodernas».

Bajo los marcos

Como cada día laborable, Angelines acudió el martes a trabajar en la notaría de su padre. La oficina ocupa un vetusto edificio en una calle céntrica de la ciudad, muy próxima al Zócalo, la emblemática plaza rectangular de la capital mexicana sobre la que se levanta la catedral. «Licenciada, ¿va a participar en el simulacro?», le preguntó a eso de las once de la mañana su secretaria en referencia al rutinario ensayo de evacuación previsto ese día, como cada 19 de septiembre, aniversario del siniestro seísmo de 1985. «No -dijo ella, sin levantar la vista de los papeles-. Tengo demasiado trabajo». Lejos estaba de imaginar que solo un par de horas después se vería a sí misma recordando paso por paso el protocolo.

«En ese momento no piensas en casi nada. Apenas hablas. Te abrazas al que tienes al lado, consuelas al que llora y deseas con todas tus fuerzas que pare», detalla. Mientras lo cuenta, un día después de la catástrofe, nota una extraña vibración en las ventanas de su vivienda... «Tal vez sea una pequeña réplica», observa con aplomo antes de retomar el relato. «A eso de la una y media sentí de pronto que el edificio brincaba de arriba abajo. Fue antes de que sonaran las alarmas. Es un terremoto trepidatorio, pensé. Los más dañinos. Salió mi padre de su despacho y nos fuimos todos corriendo al patio. Ahí noté que la tierra se deslizaba bajo mis pies de un lado a otro. Ahora es oscilatorio... Tratas de caminar hacia delante y el movimiento te avienta hacia atrás. No sé si duró un minuto, pero se me hizo eterno».

Angelines, su padre y otros cuatro empleados se refugiaron bajo el marco de una puerta. El edificio de su notaría tiene 350 años de antigüedad y unos muros de piedra de un metro de ancho. «Yo abrazaba a la recepcionista, que estaba muy nerviosa, mi padre me tomaba del brazo... Desde allí veía columpiarse los cuadros y las lámparas, que se encendían y apagaban. Pero para consolarme pensaba que este caserón lleva siglos soportando peores embestidas». De pronto cesó todo. Había gente llorando y una clienta octogenaria tendida en el suelo. La había acostado allí su hijo para que no la tumbara el temblor. Comenzaron las llamadas. El inevitable recuento de familiares y amigos. Todos bien.

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