La leyenda se resiste a dejar de brillar

El expresidente brasileño con Fidel Castro, en La Habana. :: efe/
El expresidente brasileño con Fidel Castro, en La Habana. :: efe

Lula fue aceptado por los países desarrollados sin renunciar en sus dos mandatos a las promesas de mejora social hechas a sus seguidores

M. VALENTE BUENOS AIRES.

La historia de superación que lo tiene como protagonista es casi una leyenda. Luiz Inacio Lula da Silva huyó de la sequía y el hambre del nordeste brasileño con su madre y hermanos cuando tenía siete años. Migraron al cordón industrial de Sao Paulo donde el niño hizo apenas la escuela primaria y se fue a trabajar como tornero en una fábrica. La inexperiencia la pagó con un dedo meñique a los 17 años. Pero sus cualidades de líder lo colocaron enseguida al frente de las huelgas de los operarios metalúrgicos. Se casó, pero su primera esposa falleció en el parto al año de la unión.

En 1980, en medio de una huelga masiva, fue arrestado por la dictadura. «Si los militares hubieran sabido lo que iba a ocurrir durante mi detención no me habrían prendido», recuerda siempre. Junto a otros reos, Lula llevó a cabo una huelga de hambre en solidaridad con los operarios. Tras su liberación fundó el Partido de los Trabajadores (PT), que acabaría siendo la mayor fuerza izquierdista de América Latina. Y después de varios intentos, el obrero sin estudios fue elegido presidente de Brasil. Para eso tuvo que moderarse y hacer alianzas con otros partidos.

Durante sus dos mandatos (2003-2011) la economía creció junto al empleo y los salarios y al menos 30 millones de pobres se elevaron a la clase media. El Gobierno acompañó el progreso económico con becas y medidas de estímulo a la educación de los más desfavorecidos.

El entonces presidente de EE UU Barack Obama se lo encontró en Londres en vísperas de la cumbre del G-20 y le dijo al traductor: «Me encanta este tipo». Obama comentó con su colega australiano que era «el político más popular del planeta». Lula había logrado ser aceptado por los países desarrollados sin renunciar las promesas de mejora social hechas a sus seguidores.

Respeto al legado

Uno de los magistrados del Supremo lo reconoció ayer. Luis Barroso sostuvo que no estaba en discusión el legado de Lula. «No me es indiferente que se trata de un expresidente que dejó el cargo con elevados índices de aprobación popular y al país en un período de relevante crecimiento económico y expresiva inclusión social», admitió el juez antes de votar en su contra.

Al final de su mandato -con una popularidad del 89% en las encuestas- designó como candidata del PT a Dilma Rousseff. Así como él había sido el primer obrero en llegar a la presidencia de su país quería que el partido llevara por primera vez a ese puesto a una mujer. Su varita mágica hizo el milagro y fue elegida dos veces. Pero en la segunda gestión de Rousseff empezaron los problemas. Lula tuvo que tratarse por un cáncer. El peor momento económico y las malas decisiones restaron apoyo a la mandataria y los aliados políticos no solo la abandonaron sino que promovieron un juicio político que derivó en su destitución.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos